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Un perro muerto encerrado en un auto: el reinado de la irresponsabilidad, el “no te metás” y el odio en las redes sociales

Este martes, una mujer dejó a su mascota en un auto con 30 grados y sin ventilación. La tragedia devino en escándalo: denuncia policial, justificaciones sin sentido y una legión de haters y espectadores que hicieron poco y nada para salvarle la vida

Miguel Passarini

Un perro muere encerrado en un auto luego de varias horas de quedar abandonado a su suerte por su dueña que se “olvidó” de él. Es el centro de Rosario, es Corrientes al 600. Cientos de personas pasan cerca de ese auto que incluso está mal estacionado y muchas ven al perro pero no hacen nada o casi nada para ayudarlo. Horas después alguien llama a la policía que llega cuando ya es demasiado tarde: el pobre Coco ya está muerto, su dueña, comerciante de la zona, se entera de la situación, se descompensa y termina el día detenida y con una causa por maltrato animal.

Las conjeturas circularon y circulan por las redes sociales casi a la par de las maldiciones hacia la dueña de un perro que tuvo un final horrible, injusto, doloroso; de eso no hay duda. Incluso no tiene sentido cualquier explicación posible respecto de qué fue lo que determinó ese acto irresponsable de abandono en la frenética Rosario pre fiestas de Navidad y Año Nuevo, donde los comercios venden poco y nada en unos días que solían ser salvadores.

Lo que quizás sí tenga sentido revisar es el otro acto, el cobarde, la actitud de muchos de los que vieron al perro encerrado y no hicieron nada, a nadie se le ocurrió romper el vidrio y rescatarlo para no tener «un problema», en una época donde reinan la irresponsabilidad y el “no te metás”, en un momento aciago donde el individualismo imperante, el narcicismo de mirarse el ombligo y salvarse solo, se llevó puesto el sueño de cualquier posible salvación colectiva, incluso desde una política fogoneada desde el gobierno nacional con un Estado pulverizado y en retirada: antes el Estado éramos todos, ahora el Estado es mala palabra.

De este modo, cuando las identidades comunitarias perdieron la batalla frente a las individuales, en tiempos de la muy anunciada modernidad líquida que es ahora y que carcome y correo, del otro lado, de ese lado que mira y critica un acto que de la irresponsabilidad termina dando paso a la falta absoluta de sentido, una fuerza arrasadora de haters hizo de las suyas por varias horas y “el perro muerto encerrado en el auto” fue tendencia nacional, en otra nota negra en la ciudad de la furia, los comegatos y los pobres corazones que se lleva el río donde siempre es la tragedia la que ordena.

¿Quién es el abogado que calificó de «error» la muerte de un perro por sofocación?

Pero sin duda, algo hay en esa búsqueda de cancelar o destruir al otro, y se trata de un fenómeno que va mucho más allá de una de las tantas problemáticas contemporáneas que se dirimen en las redes y, supuestamente, su vuelo es de corto alcance y “terminan ahí”.

Hay algo más profundo en ese regodeo frente al fracaso ajeno, en la batalla perdida de una sociedad cuyos valores están en peligro hace tiempo, donde pasar de largo, desafectarse de todo y de todos, se presume como algo positivo, un acto de “libertad”, cuando muchos de aquellos fantasmas del pasado que le pusieron una mortaja están intentando un doloroso regreso.

Nadie puede dudar que el de este martes es un caso de maltrato animal, nadie puede pensar que está bien que una mascota pase 8 o 9 horas encerrada en un auto mientras su dueña trabaja o hace lo que sea y se “olvida” de ella. Tampoco nadie puede suponer que es atinada la respuesta de un abogado defensor que dice que es algo que “le puede pasar a cualquiera”; en todo caso le puede pasar a cualquiera que tome decisiones de semejante nivel de irresponsabilidad. Todo lo que se dijo irritó más y más a las y los proteccionistas y hasta el frente del local de la dueña de Coco terminó vandalizado y con sus puertas cerradas.

Pero tampoco nadie puede negar que quienes tuvieron la posibilidad de salvarle la vida al perro miraron para otro lado, como aquellos que registran con su celular una golpiza entre pibes y pibas a la salida de un colegio, un “linchamiento” al que se robó una manzana, el ataque feroz entre los involucrados detrás de un siniestro vial, el enojo con aquellos que dejan basura alrededor de los contenedores donde intentan comer, y la lista sería interminable.

Nadie puede negar que el individualismo si no es la guerra, en los últimos meses lleva ganadas varias batallas y pone de manifiesto que involucrarse, aunque para muchos se trate sólo de la vida de un perro, puede volverse un problema que la gran mayoría considera «ajeno».

La muerte trágica de Coco en una calurosa tarde rosarina es una muestra más del maltrato que sufren a diario los animales, pero también del desinterés que nos habita, de la ausencia de empatía, de la falta de humanidad de la que hoy no sólo son víctimas las mascotas sino más de la mitad de las y los argentinos que viven por debajo de la línea de la pobreza, muchos de ellos pasando hambre en un país lleno de riquezas, y tristemente se trata de algo que parece haber llegado para quedarse.

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