Rosario, miercoles 07 de enero de 2026
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Rosario, miercoles 07 de enero de 2026

A 50 años del Golpe: «Es una oportunidad política, cultural y pedagógica para volver a preguntarnos cómo llegamos hasta acá»

El director del Museo de la Memoria de Rosario compartió los proyectos de trabajo para este nuevo año en que se cumple el 50° aniversario del último golpe de Estado cívico-militar en Argentina. Destacó que el Municipio, a contrapelo de la oleada negacionista de Nación, invierte y profundiza el trabajo en esta agenda
A 50 años del Golpe: "Es una oportunidad política, cultural y pedagógica para volver a preguntarnos cómo llegamos hasta acá"

Medio siglo: en 2026 se cumplen 50 años del inicio en Argentina de la peor represión ilegal que vio el país e incluso las dictaduras de Latinoamérica. Cincuenta años del inicio del genocidio, un parteaguas en nuestra vida política, en nuestra cultura y en nuestro sistema productivo. Desde ese ángulo enfocan su trabajo desde el Museo de la Memoria de Rosario, el primero de Sudamérica.

En diálogo con El Ciudadano, Lucas Massuco, director del Museo, comparte el trabajo que realizan desde esta institución pública, dependiente de la Municipalidad, de cara a este nuevo aniversario en un contexto de fuerte avanzada contra las políticas de la memoria y un creciente negacionismo de parte de muchos dirigentes pero también de una parte de la sociedad.

¿Cuáles son las propuestas del Museo en el marco del 50° aniversario del último golpe de Estado en Argentina? ¿Con qué coordenadas están pensando esta nueva conmemoración?

—El Museo de la Memoria está trabajando en una agenda que llamamos “50 veinticuatros”. No la pensamos como una actividad puntual ni como una conmemoración ritual, sino como una campaña anual que nos permita abrir preguntas, generar debate y construir colectivamente una agenda de memoria para el presente y el futuro.

Hay un objetivo que atraviesa toda la agenda: activar el Museo y su edificio —que fue sede del II Cuerpo del Ejército— como un territorio vivo de memoria y como un verdadero laboratorio de la democracia. No se trata solo de recordar lo que pasó acá, sino de preguntarnos qué hacemos hoy con ese pasado. Pensamos el Museo como un espacio para repensar nuestro lazo social en el presente y para imaginar colectivamente cómo queremos que sean los próximos 50 años de democracia.

Lucas Massuco es el director del Museo de la Memoria

Las coordenadas desde las que pensamos este aniversario son claras. Por un lado, partimos de una definición fuerte: en Argentina hubo un genocidio, y ese genocidio no fue solo un hecho del pasado, sino un proceso que reorganizó profundamente nuestra sociedad. Por otro lado, asumimos una paradoja que sigue siendo incómoda: la condena judicial al terrorismo de Estado convive con la vigencia de muchos aspectos del proyecto social, económico y cultural que ese terror impuso. Elaborar colectivamente esa tensión es central si queremos que el “Nunca Más” no sea solo una consigna, sino una práctica democrática cotidiana.

Llegamos a este aniversario en un contexto complejo, atravesado por discursos de odio, negacionismo y fragmentación social, pero también con una enorme potencia acumulada en las luchas por memoria, verdad y justicia. Por eso el 50° aniversario no lo pensamos como un cierre, sino como una oportunidad política, cultural y pedagógica para volver a preguntarnos cómo llegamos hasta acá, qué del pasado sigue operando en el presente y qué futuro estamos dispuestos a construir juntos.

El fiscal adjunto del Juicio a las Juntos en 1985, Luis Moreno Ocampo, estuvo presente en en el Museo en 2025.

¿Cómo fue este 2025 para el Museo? El año pasado contaste que había planes de reformas o de ampliación de espacios y pisos ya existentes en el Museo, como el de las Infancias, y también el de la creación de, por ejemplo, una mediateca. ¿Se pudo avanzar en este sentido? ¿Tienen datos acerca de la cantidad de visitantes?

—Fue un año de crecimiento, consolidación y transición para el Museo. Hablo de crecimiento porque por tercer año consecutivo las visitas (en todo sus tipos, es decir, público general, público que asiste a las actividades de agenda cultural y las visitas vinculadas al sistema educativo) crecieron respecto al año anterior. También tuvimos visitas destacadas como las de Daniel Feierstein, Ana Longoni y Luis Moreno Ocampo que fueron aprovechadas para tener diálogos de formación interna del equipo. Por otro lado, pudimos consolidar lo construido en 2024 con el proyecto Palabras Semilla: en marzo inauguramos la sala Encuentros, una sala dedicada a pensar desde el arte contemporáneo y situado a las infancias, no sólo durante la dictadura sino también en este presente y de cara al futuro. Es la primera sala que se renueva íntegramente (tanto en su diseño como en su temática) desde la inauguración del Museo en 2010. A partir de esto logramos incorporar definitivamente a las infancias como público estable del Museo. Y también vivimos este año como una transición porque gran parte de nuestro esfuerzo estuvo dedicado a pensar los proyecto para el 2026 en el marco de los 50 años del último golpe de Estado. Uno de esos proyecto incluye continuar con el plan de reformas en la muestra estable y concretar la incorporación de la mediateca que servirá para poner a disposición del público parte de nuestros acervos documentales y las producciones que el Museo ha realizado en los últimos 20 años como así también formas innovadoras de ingresar a la temática desde las nuevas tecnologías.

El enorme campo de los derechos humanos fue un sector muy golpeado desde ciertos discursos sociales y muy denostado desde el propio Estado nacional, también hubo algunas sentencias en lesa humanidad que quizá marcan una nueva relación con estos temas, ¿qué les parece importante recuperar, qué les parece importante responder? ¿qué les preocupa más? ¿qué les da esperanza?

—Es cierto que el campo de los derechos humanos ha sido muy golpeado en los últimos años, tanto por discursos sociales que buscan desacreditarlo como por posicionamientos explícitos del propio Estado nacional. Eso no es un dato menor ni coyuntural: forma parte de una disputa más profunda por el sentido de la democracia, de la igualdad y de la justicia social en la Argentina de hoy.

En ese contexto, lo primero que nos parece importante recuperar es que los derechos humanos no son un patrimonio de un sector, ni una agenda del pasado. Son una conquista colectiva que tuvo, y sigue teniendo, un enorme potencial transformador y liberador. El movimiento de derechos humanos en la Argentina no solo logró verdad y justicia frente a un genocidio, sino que amplió el horizonte democrático, instaló nuevos lenguajes, nuevas sensibilidades y nuevas formas de pensar lo común. Volver sobre esa experiencia es clave, no para idealizarla, sino para aprender de ella con espíritu crítico.

El Museo de la Memoria se renueva de cara al 50° aniversario del último golpe militar: cuáles son los proyectos

También creemos que es necesario responder a los ataques con más democracia, no con repliegue. Eso implica animarnos a revisar nuestras propias prácticas, reconocer errores, evitar la repetición de consignas y volver a proponer los derechos humanos como una herramienta viva para leer y transformar el presente. Derechos humanos no es solo hablar del pasado, es hablar hoy de desigualdad, de violencias, de exclusión, de juventudes, de ambiente, de trabajo, de la calidad de nuestra vida democrática.

¿Qué nos preocupa? Nos preocupa que la deslegitimación de los derechos humanos venga acompañada de una naturalización de la crueldad, del individualismo extremo y de la idea de que lo colectivo es un obstáculo y no una potencia. Nos preocupa que se intente reducir el “Nunca Más” a una consigna vacía, desligada de las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible la repetición.

¿Y qué nos da esperanza? Nos da esperanza, justamente, la capacidad de aprendizaje colectivo que nuestra sociedad ha demostrado otras veces. Nos da esperanza ver a nuevas generaciones que, aun habiendo nacido en democracia, buscan sentidos, hacen preguntas incómodas y no aceptan respuestas cerradas. Nos da esperanza el arte, la educación, los espacios de encuentro, y la posibilidad de volver a ofrecerle a la sociedad un rol transformador y emancipador de los derechos humanos, no como un discurso moralizante, sino como una práctica que amplía libertades y fortalece el lazo social.

Desde el Museo creemos que la memoria no es un refugio frente al presente, sino una herramienta para intervenir en él. Y en tiempos difíciles, sostener esa apuesta colectiva es, también, una forma concreta de esperanza.

Forman parte de la Coalición Internacional de Sitios de Memoria, la Red Latinoamericana. Además, también trabajan con el Instituto Auschwitz para la Prevención del Genocidio y las Atrocidades Masivas. Mi pregunta es si en esos ámbitos han puesto en común análisis o han elaborado estrategias para trabajar y comunicar en un contexto internacional que en algunos puntos se parece al argentino, me refiero sobre todo al “giro a la derecha” que vemos en tantos lugares en simultáneo.

—Sí, sin duda. El Museo de la Memoria de Rosario forma parte de la Coalición Internacional de Sitios de Conciencia, de la Red Latinoamericana, y trabaja de manera sostenida con el Instituto Auschwitz para la Prevención del Genocidio y las Atrocidades Masivas, entre otros espacios. Esos ámbitos no son solo redes de intercambio institucional, sino espacios de análisis político y de construcción colectiva de estrategias frente a desafíos que hoy son claramente transnacionales.

No puedo hablar en nombre de esas redes o instituciones amigas pero sí puedo contar con qué espíritu articulamos allí: lo que ocurre en la Argentina no es una excepción, sino parte de un clima de época global, con particularidades locales pero con matrices comunes. Compartimos con muchas otras regiones un corrimiento de amplios sectores sociales hacia discursos autoritarios, el cuestionamiento a consensos democráticos básicos y una situación de acoso por parte de Estados nacionales hacia las políticas de memoria y derechos humanos.

A partir de ese diagnóstico compartido, una de las cuestiones centrales que estamos trabajando es cómo comunicar en este nuevo contexto. Coincidimos en que ya no alcanza con apelar solo a marcos narrativos construidos en las décadas anteriores. Hay un aprendizaje colectivo en curso: necesitamos lenguajes más abiertos, menos autocelebratorios, capaces de dialogar con públicos diversos, de interpelar a quienes no se sienten convocados de antemano y de conectar la memoria con problemas concretos del presente.

También hay un consenso fuerte en torno a la idea de que los sitios de memoria no pueden replegarse frente al avance de estos discursos. Por el contrario, deben asumir un rol activo en la defensa de la democracia, funcionando como espacios de encuentro, de formación cívica y de construcción de pensamiento crítico. En ese sentido, la experiencia argentina —con sus avances y también con sus tensiones actuales— sigue siendo una referencia importante a nivel internacional, no como modelo cerrado, sino como campo de aprendizaje compartido.

Y en ese contexto quiero destacar algo que no es menor: la ciudad de Rosario y su gestión municipal han tomado una decisión política clara de sostener y fortalecer al Museo de la Memoria. En un escenario adverso a nivel nacional e internacional, esa apuesta al crecimiento del Museo, a su programación y a su proyección pública es una señal concreta de compromiso con las políticas de memoria, con los derechos humanos y con la democracia. Esa decisión no solo nos permite seguir trabajando, sino también proyectar el Museo como un actor relevante en el debate público local y global, en diálogo con otras experiencias del mundo.