La lucha por los Derechos Humanos en Argentina despidió este viernes a una de sus figuras más singulares y resistentes. María Takara de Oshiro, madre de Jorge Eduardo y referente fundamental para la comunidad japonesa en el país, falleció a los 95 años. Su partida deja un vacío en el movimiento de Madres de Plaza de Mayo, pero también un testimonio inquebrantable de que la búsqueda de justicia no conoce fronteras ni idiomas.
El hijo y la semilla de la lucha
La historia de María cambió para siempre en noviembre de 1976. Su hijo, Jorge Eduardo Oshiro, tenía apenas 18 años. Era un estudiante de una escuela técnica en Villa Ballester y militaba en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Fue secuestrado en plena dictadura y, según testimonios recogidos tras la reapertura de los juicios en 2006, fue visto con vida en el centro clandestino de detención que funcionaba en Campo de Mayo.
Desde aquel momento, María inició un camino de búsqueda que duraría 50 años. Sin embargo, su historia tuvo una particularidad: cuando comenzaron las primeras rondas de las Madres, María apenas hablaba español. Ese aislamiento lingüístico no impidió que su reclamo se mantuviera firme dentro de su comunidad.
El pañuelo blanco y la identidad nikkei
Jorge Eduardo fue uno de los 17 detenidos-desaparecidos de origen nikkei (primera generación de japoneses nacidos fuera de Japón) en la Argentina. María se convirtió, casi sin buscarlo, en el puente entre esa colectividad y la lucha nacional por Memoria, Verdad y Justicia.
Aunque su búsqueda fue solitaria durante décadas, en 2018 protagonizó un momento que quedó grabado en la historia de los organismos de Derechos Humanos: se sumó formalmente a la organización de la mano de Nora Cortiñas. Fue «Norita» quien le entregó y le anudó el pañuelo blanco, simbolizando la integración definitiva de su dolor al colectivo de las Madres.
Un legado de resistencia
La Subsecretaría de Derechos Humanos de la Provincia destacó en un comunicado su «lucha ejemplar», subrayando cómo María y su generación sostuvieron la memoria de sus hijos frente al terrorismo de Estado.
Su fallecimiento, ocurrido a pocos días de un nuevo 24 de marzo, refuerza la necesidad de mantener vivos estos relatos. María Takara de Oshiro no solo buscó a un hijo; ayudó a visibilizar que el horror de la dictadura alcanzó a todos los estratos y comunidades de la sociedad argentina, y que la respuesta, ante todo, fue el amor convertido en militancia.