Rosario, martes 24 de marzo de 2026
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Rosario, martes 24 de marzo de 2026

Los Rengos de Perón: la memoria «disca» que la dictadura no pudo desaparecer

A 50 años del golpe de Estado, Alejandro Alonso, sobreviviente del Frente de Lisiados Peronistas y autor de Los Rengos de Perón, reconstruye una militancia invisibilizada. A través de la escritura transformó el trauma en reparación histórica y advierte sobre el regreso de un modelo que hoy vuelve a excluir a las personas con discapacidad
foto antigua de personas con discapacidad motriz reclamando por sus derechos
Fuente: Frente por la Dignidad - Jose Poblete

Por Daiana Travesani/ Especial para El Ciudadano

Cuando Alejandro Alonso se escapó de Buenos Aires hacia el norte de la Argentina, se fue sin nada más que su identidad y con el miedo pegado a la espalda, junto a su camarada Miguel “el Rengo”, en medio de la última dictadura militar. Su delito: haber militado en el Frente de Lisiados Peronistas.

Se escaparon perdiéndolo todo, sin casa ni trabajo. Mientras viajaban Alejandro sintió que estaba solo como nunca.

—Frente a la desolación que experimenta el sobreviviente se produce una experiencia que se llama vivencia del fin del mundo. Sentí que se me descomponía la cabeza, se me fragmentaba.

Años después, entendió la similitud con la vivencia de un pibe de la calle, que no tiene más que el afuera como referencia y ningún lugar adonde ir: vive en un estado de alerta constante, despojado de todo.

***

Alejandro nació el 1 de junio de 1957. A sus 68 años, condensa una síntesis de oficios y pasiones: es psicólogo social, escritor y tanguero, pero ante todo, un acérrimo poeta y militante, herencia que arrastra desde la cuna.

Actualmente vive en Buenos Aires junto a su perrita Jeiza y a su compañera Silvana, con quién comparte un vínculo de mucha complicidad, risas, militancia y compañerismo que alivianan un poco la carga de vivir con el pasado a cuestas. Se conocieron en 2004 y rápidamente sintonizaron por los gustos musicales y la poesía. Desde entonces, no se soltaron más.

Alonso creció entre dos fuegos. Su madre, Ethel Margarita Semino, era una mujer sensible, insolente y sin filtros: decía las cosas como se le antojaba. Fue su compañera de marchas y el pilar que lo sostuvo cuando quedó ciego.

Su padre, Antonio Alonso, era un ateo idealista, de personalidad parca y rígida, atravesado por la militancia política desde una lealtad inquebrantable. Ambos, a su modo, eran brillantes y revolucionarios.

Creció bajo la premisa de que los ideales a veces se pagan con el cuerpo, la libertad o el exilio. En 1955, su padre fue perseguido por la Revolución Libertadora. Tuvieron que irse a Mendoza en busca de una salida. Fue su primer despojo.

De pronto, la seguridad de una casa fue reemplazada por una procesión de habitaciones de hotel, que muchas veces no podían pagar, porque el oficio de joyero de su padre no alcanzaba para cubrir las deudas.

En 1958 estaban viviendo en Salta. Allí, Antonio conoció a Sayo, dando inicio a una amistad profunda, tiempo antes de que ella fuera esposa de Mario R. Santucho y una de las masacradas en Trelew.

La ruta continuó hacia Santiago del Estero, donde la demanda de orfebres le permitió a Antonio conseguir trabajo.

La primera detención de Antonio ocurrió en 1964, en Tucumán, junto a Santucho, debido a sus actividades de propaganda política. De aquel entonces, Alejandro recuerda con dolor ver cómo extraños vaciaban su casa, mientras él y su madre quedaban en el más absoluto desamparo.

Tras un embargo judicial, sin gas ni luz, y con apenas una vela encendida para enfrentar la oscuridad, comprendieron que no les quedaba más opción que irse una vez más.

A fines de 1964, el deterioro de la salud del padrino de Ethel los hizo volver a Buenos Aires, ya que su mujer necesitaba ayuda para cuidarlo. Tras su muerte, la viuda les ofreció que se quedaran a vivir con ella.

Luego de un tiempo y de una nueva detención de Antonio, se fueron a una pieza de hotel en Floresta, “una pocilga a un precio usurario” recuerda Alonso.

En ese contexto de precariedad, él peregrinó de escuela en escuela, cargando con una pobreza que sus compañeros de primaria no tardaron en convertir en objeto de burlas.

Alonso perdió la visión del ojo izquierdo a los tres años, en Santiago del Estero, cuando tuvo un accidente doméstico con una mesa. Once años después, a sus 14, a las horas de haber cabeceado una pelota en un partido de fútbol escolar, tuvo un desprendimiento de retina en el ojo derecho.

Luego de dos operaciones, recuperó parcialmente la vista, hasta que en 1972 perdió la visión completa. Sus amigos de la infancia se alejaron.

Fue por consejo de su padre que se acercó a la Biblioteca Argentina para Ciegos, en Almagro. La consigna era clara: debía aprender Braille.

Mientras su madre le leía todas las noches algún libro, con su padre tejía un vínculo distinto, forjado por la militancia, la ideología y el duelo silencioso de ir perdiendo amistades en el camino.

Habían pasado tres meses desde que estaba ciego: el encierro pesaba y urgía la necesitaba de salir solo a la calle.

En 1973, mientras dejaba atrás la escuela y el silencio de los amigos que ya no estaban, aprendió a confiar en el tacto de un bastón para recuperar la calle. Entusiasmado por volver a andar, volvió a su vida social en el club de Floresta. Allí, conoció a Carlitos Lezcano, un compinche de andanzas, quien le presentó a un amigo de estudio que se volvería una pieza clave en su historia: Aníbal Perón, sobrino nieto de Juan Domingo Perón.

Mientras la Triple A empezaba a sembrar de sangre las calles, Alonso intentaba terminar la escuela. Tenía 16 años cuando en una visita a la Biblioteca escuchó el rumor de una chica ciega muy hermosa. Junto a Aníbal, buscaron el nombre en la guía telefónica y llamaron. Pactaron un encuentro. Fueron los dos a la casa de Mónica, quien estaba acompañada por su amiga Trudy. Se volvieron a ver los cuatro, luego, Alonso tuvo una cita a solas con Trudy: llegó el primer beso y un breve romance de un mes.

La primera desilusión amorosa hundió a Alonso en la depresión. Su madre preocupada por su tristeza, encontró un posible incentivo en la televisión: un grupo de jóvenes con discapacidad alzaba la voz por el derecho al trabajo mediante la aprobación de una ley laboral. Anotó el teléfono de contacto que aparecía en pantalla con la convicción de que ahí quizás su hijo podía encontrar un grupo de amigos.

Alonso se comunicó y, a los días, fue a una reunión en la Paternal. No necesitó mucho tiempo para notar que los hilos los movía un pibe en particular: “Pepe”. Le comentaron que, de aprobarse la Ley Laboral 20.923, harían un festejo en el local de la UNSEL (Unión Nacional Socio Económica del Lisiado). Ese día conoció a Norberto Scarpa (el flaco), a Claudia, a Chiche, a Hugo y a José Poblete (Pepe).

La UNSEL se fundó con el propósito de tener una organización mediante la cuál tener mayor legalidad, luego de que por miedo a la represión, se produjera un desbande de integrantes del Frente de Lisiados Peronistas. Pasaron de ser más de 100 integrantes a ser solo unos pocos. Este frente nació a fines de 1972 y duró hasta la masacre de Ezeiza, que se produjo el 20 de junio de 1973, cuando Perón regresó a la Argentina.

Aquel 30 de septiembre de 1974, en el Congreso se alcanzó la unanimidad de las dos cámaras para promulgar la Ley Laboral 20.923. El artículo que prometía cambiar la historia señalaba que toda empresa estatal, mixta o privada debía tener el 4% de su personal con discapacidad. Salieron a buscar trabajo con la convicción de que no era solo un sueldo, sino la entrada a un mundo que los había mantenido al margen.

La inserción laboral se volvió una carrera de obstáculos tras el Rodrigazo de 1975. Entre la asfixia económica y una creciente tensión sindical, el protagonismo de la UNSEL comenzó a desdibujarse.

En marzo de 1976, la orden de Pepe fue que los integrantes del Frente de Lisiados debían pasar a territorio. Los barrios se convirtieron en el nuevo escenario. Alejandro entonces comenzó a militar en Cristianos para la Liberación (CPL), un grupo de la JP. Su identidad se redujo a un alias: eligió “Pío” como nombre de guerra. El anonimato era la mejor garantía de seguridad.

Aquel 24 de marzo de 1976, la Junta Militar formalizó el golpe a través de un comunicado por cadena nacional. Afuera, las fuerzas conjuntas tomaban el mando, adentro, Alonso y sus padres buscaban respuestas en el fondo del plato, los tres con los cubiertos inmóviles, devorando el silencio.

La caída en enfrentamiento de Mario Santucho, el 19 de julio, marcó el inicio del fin para Antonio Alonso. Al enterarse, el viejo se hundió en un abatimiento absoluto del que nunca regresó. Apenas dos meses después, en septiembre, su corazón dejó de latir. Oficialmente fue un paro cardiorespiratorio, para su mujer, murió de tristeza.

Claudia se había vuelto una hermana. Por eso, cuando su madre llamó buscándola y, poco después, Chiche dio aviso de que Claudia había caído, el mundo de Alonso se detuvo. No hubo tiempo para procesar el dolor, solo para el instinto: limpiar la casa de libros y documentos prohibidos. Con el sueldo recién cobrado en el bolsillo y lo puesto, Alonso se despidió de su madre. Claudia conocía datos que los ponían en la mira.

En ese momento perdieron los trabajos Alonso, Pepe y Mónica. Alejandro tenía un buen sueldo y el último que había cobrado le permitiría vivir unos meses administrándolo. Transitó por casas de compañeros de militancia. Su contacto con el afuera era escaso: una llamada semanal a su madre y el contacto con Aníbal, su único puente con el mundo real. Llegó un momento en el que el refugio entre conocidos se agotó y no quedó más opción que buscar habitaciones en alquiler. Todo estaba podrido: seguían cayendo compañeros en manos de los militares.

Para sobrevivir, el Frente salió a vender en la calle. Por consejo de Fernando, el hermano menor de Pepe, comenzaron a vender en la calle, luego en los colectivos y, finalmente, en los trenes. Tenían un punto de encuentro en una galería en la calle Sarmiento, entre Pasteur y Uriburu. Se cruzaban al mediodía para intercambiar noticias breves mientras extremaban los cuidados. Hacía un mes que habían abandonado sus zonas habituales y el silencio sobre el destino de los otros era total. Para Alonso, la cuenta era amarga: hacía cuatro meses que no veía a su madre y llevaba siete meses fuera de casa.

Hartos de deambular, compraron garantías legales y alquilaron una casa en Guernica, al sur del Gran Buenos Aires. Corría mayo de 1978. Allí se instaló con dos compañeros del Frente, en un clima de absoluta reserva. Pero el panorama cambió a finales de mes tras un encuentro con Poblete. Al saber que su familia perdería el techo, el destino de la casa viró: en pocos días, la familia de Pepe se instaló en la casa de Guernica.

Había transcurrido un año desde que el vacío se instaló en el grupo. Claudia Inés Grumberg (la Rusa), fue la primera compañera del Frente de Lisiados Peronistas desaparecida. Tenía 23 años aquel 11 de octubre de 1976, cuando un Ford Falcon la arrancó de la cotidianidad en las Barrancas de Belgrano. Sin rastro de ella en los centros clandestinos, les quedó la amarga sensación de no saber nunca qué pasó con ella.

En el año nuevo del ‘78, la felicidad tenía nombres propios y venía por partida doble: eran los embarazos de Mónica, la compañera de Chiche, y de Trudy, la compañera de Pepe. La vida se abría paso entre tanta muerte.

Mantener la lucha exigía recursos: había que cubrir alquileres y aportar al fondo para la causa. En medio de una reunión, Poblete les hizo una propuesta: vender banderas para el Mundial. Aunque el evento les resultaba ideológicamente cuestionable, decidieron que iban a sacar provecho de la fiebre mundialista.

Aquel 2 de junio de 1978, las banderas se agotaron. Con el triunfo de Argentina, la alegría fue un refugio: por unos minutos, el país fue otro y la realidad quedó en pausa.

En medio de los festejos, Miguel, Hueso, Alejandro subieron a la parte trasera de un camión. Con ellos iba Patricia, la hermana menor de Pepe, que apenas 15 días atrás había empezado a salir con Alonso.

El 28 de noviembre de 1979, Alonso despertó con el tiempo en contra. Sus compañeros ya habían salido a vender y él dudó si valía la pena arrancar el día tan tarde. Pero un presentimiento extraño le decía que se fuera de la casa. Así lo hizo. En el camino se cruzó con Trudy, que regresaba.

Más tarde, tras rendir la recaudación con el grupo, pactaron un encuentro con Pepe y su hermano menor Lolo a las 21 hs, en el hall de la estación de Once. Pero aquella cita bajo el reloj nunca se concretó: Poblete nunca llegó.

Alonso, el Cabezón y Lolo -que entonces tenía 14 años-, regresaron a la casa con la cautela de alguien que presiente la tragedia. La casa estaba reventada. Ni Trudy ni su hija Claudia Victoria estaban allí: solo el vacío.

Los tres huyeron por adentro del barrio, cruzando un campo hasta ganar la ruta. Allí se dividieron. Lolo tomó su propio camino, mientras que Alonso y el Cabezón, sin poder volver ni a la casa de su madre ni a los puntos de venta, buscaron refugió en un parque.

Tras varios días de vagabundeo junto a Miguel, Alonso vislumbró la única salida: el Norte y la frontera. Llamó a Aníbal y le pidió que hablara con su madre para que juntara toda la plata posible. El plan era desesperado: escapar en tren hacía Tucumán.

Pactaron un encuentro fugaz antes de la partida. Allí, tras veinte días sin verla, Alonso se despidió de su madre, quién le dio un sobre de dinero y un abrazo en un silencio que lo decía todo.

Hoy, Alejandro se pregunta cuánto habrá sufrido su madre el día que él tuvo que escapar para salvar su vida.

Se colaron en el tren como quien roba tiempo al destino: sin boletos, con el aliento contenido y la etiqueta de fugitivos quemándoles la piel.

Llegaron a Jujuy y, desde allí, regresaron en colectivo hasta Santiago del Estero, donde encontraron refugio en antiguos contactos de su padre.

Corría el inicio de 1979 y Miguel ya no aguantaba más: quería volver. Alonso le facilitó el dinero para el viaje, pero no siguió. Poco después, recibió una carta de Patricia, quién le avisaba que había pedido permiso para viajar a verlo.

Patricia se instaló en Santiago a finales de enero. Alquilaron una casa, pero la nostalgia no tardó en pesar. Apenas aliviada por la llegada de su hermano Lolo, en abril, Patricia vuelve hacia la capital. Para mayo, Alonso y Lolo regresaron a Buenos Aires.

El regreso estuvo marcado por noticias duras sobre compañeros detenidos –  sobrevivientes. Se trataba de Chiche, Mónica y el Boli.

En medio de ese escenario, la vida volvió a abrirse paso: Patricia estaba embarazada. Se instalaron en Villa Maipú, donde nacieron sus dos hijas: el 13 de diciembre de 1979 llegó Eva Alejandra Soledad y, el 18 de enero de 1982 María Florencia. Con los años, ellas completarían el árbol familiar de Alonso con sus propios hijos.

En 1981, el último gobierno de facto derogó la Ley 20.923 y sancionó la 22.431. Aunque mantuvo el cupo del 4%, limitó su obligatoriedad al Estado, liberando al sector privado.

En Febrero de 1982, el reencuentro con un amigo que había estado en el extranjero, trajo la noticia sobre un informe de Amnistía Internacional en el que un sobreviviente del Centro clandestino «El Olimpo», describía a un detenido que tenía una particular forma de andar y que un día vio su silla sola en el patio, era José Poblete. Pepe continúa desaparecido junto a su pareja, Gertrudis Hlaczic (Trudy). Claudia Victoria, sería años después una nieta restituida.

Durante el Juicio a las Juntas, los testimonios de sobrevivientes como el Boli, Chiche y Mónica ayudaron a reconstruir la verdad.

El dolor no siempre se entiende: a veces simplemente se habita. En Alonso, ese peso tiene la forma de amigos que quedaron detenidos en su juventud, asesinados por un país que no supo qué hacer con ellos, con ellas.

***

A 50 años del golpe, lo invade una desazón inevitable. Cree que es un sentimiento compartido con sus compañeros y con los militantes actuales que observan el derrumbe de la patria. Pese a todo, siente que lo vivido no fue en vano. En su juventud pensaba que el mundo se solucionaba rápidamente. Luego el tiempo le enseñó que los procesos sociales son complejos y con muchos matices. Para quienes sobrevivieron al horror del encierro y para quienes lo resistieron desde afuera, sin celdas pero con miedo, llevan consigo una sensación inenarrable. Aún así siguen acá, dando el amor que les resta y sosteniendo, a pesar de todo, la ilusión.

Escribir Los rengos de Perón, más allá del relato histórico, fue su propio refugio. En la escritura encontró la reparación simbólica necesaria para saldar una deuda interna con el pasado y con aquellos amigos que la historia había dejado en los márgenes y el tiempo amenazaba con borrar.

La idea de narrar lo acontecido lo acechaba casi desde que puso un pie en Buenos Aires tras la huida. No era solo el deseo de rescatarla del olvido, sino también la necesidad de procesar una experiencia que tuvo una naturaleza delirante. Sus amigos estaban escépticos, intentaron disuadirlo diciendo que quizás no se vendería o la gente no lo entendería. Aquellas voces, en lugar de frenarlo, lo dejaban cada vez más intranquilo.

Una tarde lo consultó con su entrañable amigo, Héctor Ramón Cuenya, y ese día acordaron empezar a escribir. Tardaron siete años en ver el libro publicado. Alonso lo vivía como una misión casi sagrada: debía dejar constancia de la lucha del colectivo de personas con discapacidad en los ‘70. Encarnaban el deseo universal de ocupar un lugar en la sociedad con dignidad.

Aunque la idea de contar era como destapar un fantasma, también era necesario sacarlo a ventilar y que se transforme en recuerdo y aliviane el dolor en el pecho. En lo personal, era una especie de duelo, en lo social, un acto de memoria. Argentina necesitaba saber que en los setenta las personas con discapacidad no solo se organizaron, sino que disputaron el poder. Se volcaron a la política como herramienta de cambio y lograron la ley del cupo laboral del 4%, la más importante de América Latina en aquel entonces.

Ejercer la memoria y combatir el silencio es, en última instancia, un acto de justicia y la condición indispensable para pensarnos como especie. Es el acto que nos permite reconocernos como sociedad y, sobre todo, como humanidad. Es el espejo donde nos miramos para entendernos como proyecto colectivo.

—Hoy atravesamos un clima de época dirigido a naturalizar la cultura del odio, la reforma laboral, lo que significa volver simbólicamente al siglo 19. Este escenario, sumado al desfinanciamiento de la ANDIS y su traspaso al Ministerio de Salud, marca un quiebre para la comunidad: pasamos de un enfoque de derechos a uno donde el modelo médico vuelve a imponerse en la política pública.

En aquella época, la lucha laboral instaló la figura de las personas con discapacidad como un sujeto político activo, capaz de dictar su propio modo de habitar el mundo.

Esa convicción los llevó a confrontar las estructuras sociales, estaban dispuestos a patear las puertas de la historia para abrirlas de par en par, impulsados por una conciencia política que señalaba al verdadero enemigo: la desigualdad estructural. Sabían que su exclusión no era un error del azar, sino una construcción deliberada.

Entendían que la desigualdad no era una casualidad histórica sino una decisión política. Esa misma línea de pensamiento guía a los grupos actuales. En un contexto de ajuste y de retroceso en materia de derechos, la organización política se vuelve la única herramienta para resistir el desmantelamiento del estado y en particular de las áreas de discapacidad a nivel nacional. La pelea actual es por sostener lo conquistado y por la urgencia de defender la dignidad diaria frente a un sistema que intenta volverlos invisibles por medio de las necropolíticas.

Alonso está convencido de que entre su generación y la actual no hay punto de comparación. Para él, la locura y la disposición que tuvieron los suyos no coincide con las formas de los jóvenes de hoy, los contextos no son los mismos, hay un abismo de por medio. Sin embargo, en el centro de ese abismo hay un punto de contacto trágico: “un país que no daba, no quiso, no pudo, no entendió y hoy pasa lo mismo”. Es la incomprensión de una Argentina que se empecina en repetir sus errores.

—Antes había desaparecidos físicos, ahora hay desaparecidos sociales.