Paulo Menotti / Especial para El Ciudadano
En el marco del Primer Congreso sobre Historia de la última dictadura militar que se realizó entre el 18 y el 20 de marzo pasados en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), a 50 años del Golpe de Estado de 1976, El Ciudadano entrevistó a Marina Franco, una destacada historiadora que estudió los principales conceptos y desarrollo histórico del periodo dictatorial. En dicho evento que reunió a investigadores nacionales e internacionales para debatir sobre las dimensiones políticas, sociales y culturales del periodo, y que fue organizado por la Escuela de Historia de la UNR y el Conicet, la historiadora habló sobre su reciente libro La última dictadura argentina 1976–1983, un texto que con ilustraciones de Pablo Lobato busca acercar explicaciones a los jóvenes. Además, Franco se refirió a los temas que están en debate en el presente como la mentada “batalla cultural”, el negacionismo y el enorme rechazo de la sociedad argentina a la última dictadura militar.
—¿Por qué la necesidad de explicarle la dictadura a los jóvenes?
Hay varias necesidades distintas. Por un lado, hay un contexto en el que crecen discursos negacionistas o justificatorios del terrorismo de Estado. Yo no creo ni siento que toda la juventud argentina está virando hacia esos discursos, en absoluto. Pero si que tienen fuerza y fuerza política, y que una buena manera de combatirlos y enfrentarlos es volver a narrarlos y volver a contar lo que fue la dictadura. Volver a explicar todo de cero. Volver a contar lo que fue la represión. Volver a mostrar lo que fue el proyecto dictadorial en términos políticos, sociales y económicos.
Por lo tanto, es combatir al negacionismo con información, con datos duros y con evidencia. Es decir, la manera de responder a las mentiras y los montajes ideológicos es con información y evidencia. Porque si estos discursos negacionistas existen lo hacen porque hay un espacio de desinformación. Entonces, el único instrumento que tengo es responder a esos discursos con información, evidencia y explicación histórica. Esta permite contar que, si aún las organizaciones armadas durante los años 70 cometieron hechos violentos, eso no explica la dictadura y ésta, a su vez, no es consecuencia de la violencia en los años 70. Por eso digo que mostrar la evidencia, lo que fue el proyecto dictatorial es una manera de responder a esos discursos.
La segunda cuestión es que estamos descubriendo durante los últimos años que hay mucho desconocimiento y desinformación de lo que fue la dictadura de lo que creíamos. A veces hay mucha información suelta. Los desaparecidos, las madres, la Guerra de Malvinas, pero esos símbolos no siempre constituyen una idea o comprensión clara de lo que fue la dictadura. Entonces, el libro trata de ofrecer eso, una mirada de conjunto, organizada, donde todas las piezas del rompecabezas se explican entre sí y construyen una mirada clara y compleja de lo que fue la dictadura. Entonces, en síntesis. El libro responde a los discursos negacionistas y a la necesidad de saber y de conocer que sigue existiendo.
—¿Dijiste en un video que más que negacionismo hay justificación?
En el lenguaje cotidiano y político se habla de negacionismo porque, incluso, es un término de uso internacional para designar a los discursos que niegan ciertas cuestiones, por ejemplo, el holocausto. En el caso argentino no hay discursos que nieguen la existencia de desaparecidos, que nieguen el aparato de la represión o la dictadura. En absoluto. Lo que tenemos son discursos que primero relativizan la importancia y la brutalidad de la represión, por ejemplo, el discurso no son 30.000. y después tenemos, y esto es mucho más grave, discursos que justifican a la represión.
Cuando se dice que las guerrillas o las organizaciones revolucionarias de izquierda generaron la respuesta de la represión porque fueron violentas. Que fueron la causa de la represión y de la dictadura, es decir una causa y consecuencia, están justificando a la represión porque están diciendo estas guerrillas nos plantearon una guerra y el Estado tuvo que defenderse y también la población a través de la represión.
Este planteo justifica la represión y a mi me parece que es muchísimo más grave que un discurso que negara a la represión o a los desaparecidos. Porque justificar la represión es justificar cómo se sostiene el orden social por la vía autoritaria y violenta. Eso no habla del pasado sino del presente, del proyecto de sociedad que proponen las derechas. Que es un proyecto autoritario y represivo donde no hay espacio para la protesta social ni para el cambio social.
—¿Hay nuevos discursos de la derecha?, ¿se está armando un nuevo relato o es el mismo de siempre?
Hay un nuevo que es la “batalla cultural”, un paquete ideológico que incluye toda una serie de vectores distintos que tienen que ver con la idea que las izquierdas han ganado la batalla cultural, la mente y los corazones y que hay que recuperar a la sociedad de esos discursos marxistas, de izquierda o comunistas. Dentro de esa “batalla cultural” hay una serie dimensiones como la impugnación de derechos sociales y económicos, la impugnación de los derechos de las minorías, la impugnación de los derechos de género, la impugnación de los derechos humanos.
Todo eso que corresponde a la construcción del progresismo en las últimas décadas en la Argentina y en el mundo. Yo creo que el discurso sobre la dictadura y sobre los derechos humanos forma parte de este conglomerado general. Ahora. Dicho esto, hay algo que no es novedad y es que, vinculado a la dictadura estos discursos que podemos llamar de “memoria completa” existen desde la época de la dictadura o incluso antes.
La idea de que la Argentina estaba en una guerra, que la subversión había planteado una guerra, que el Estado debía defenderse, son discursos que existen desde hace cincuenta años. Lo que pasa es que después de la dictadura estos discursos estuvieron, y sobre todo por las políticas de Estado, de crecimiento de la cultura de los derechos humanos, estas posiciones tuvieron poco espacio para expresarse.
Estas posiciones quedaron circunscriptas al mundo militar, al de las organizaciones de las llamadas víctimas de la subversión, el entorno militar. Ahora, en este momento lo que encontraron es una nueva ventana de oportunidad, anexada al discurso de la extrema derecha sobre la “batalla cultural”, quedaron ahí en un espacio para volver a reivindicar. Entonces, hay algo que es nuevo y algo que es viejo en este proceso.
—Hay nuevas encuestas que dicen que un 60 por ciento de la población rechaza de plano la idea de una dictadura como solución política. Y entre un 70 u 80 por ciento está en contra de la última dictadura. ¿Qué te parece eso?
Son encuestas muy tranquilizantes en el sentido que es un alivio saber que para la mirada social una dictadura es inadmisible y es condenada como proyecto político. Ahora, eso tiene que ver con las largas construcciones sociales sobre lo que fue el terrorismo de Estado en la Argentina. Es una construcción que le da legitimidad a la democracia.
El problema es que no estoy segura de cuánto de ese discurso habla sobre el presente. Es decir, tenemos un presente en el que están avanzando políticas enormemente autoritarias, regresivas, excluyentes, y no tienen el mismo rechazo social que tiene una dictadura. Entonces, la pregunta es: estamos condenando a las dictaduras porque son modelos rechazados del pasado, pero qué estamos haciendo con el presente. ¿Se construyó el lazo suficiente entre pasado y presente?
Para que esa condena a las dictaduras del pasado sea una condena al autoritarismo del presente. No estoy segura. Entonces parece que la relación entre pasado y presente no está tan activa como fuese necesario que esté. Para mí recordar y discutir y movilizarse por el pasado dictatorial tiene que tener sentidos en el presente. Si no, es el pasado por el pasado.