Las naves espaciales
Ese jueves, Paloma volvió a faltar. Al pasar lista, la maestra de lengua preguntó si alguien sabía algo de ella y nadie dijo nada. Yo no sabía, pero sospechaba. El salón estaba lleno de diarios y revistas viejas. La consigna era recortar palabras y formar oraciones. Yo había recortado la palabra galaxia y la palabra beso.
Paloma se sienta en la fila de al lado, tres bancos más adelante. En el centro de la mejilla, tiene ese lunar negro que es como una mancha de tinta. Nadie lo sabe, pero a veces pienso en ella, imagino que estamos solos, Paloma y yo, nadie más. Parece un sueño, pero no es un sueño. No importa si tengo los ojos cerrados o abiertos; no importa si estoy en la cama o en la escuela. Es un secreto. Una película, eso es. Una película mía:
Ya están acá. Las naves espaciales están acá. La nave nodriza flota sobre la plaza central. Es hermosa y terrorífica. Su sombra oscurece los pinos, el busto de San Martín, la bandera argentina. Como esto no es un sueño, puede pasar lo que yo quiera y yo quiero que empiece la invasión. Ya. Los extraterrestres atacan Cañada Sur. Paloma y yo estamos en la biblioteca de la escuela, debajo de la mesa. No sé cómo llegamos hasta acá, pero acá estamos. Ella y yo, solos. Afuera se escuchan gritos, vidrios, rayos extraterrestres. Paloma quiere decir algo. Gatea, se acerca, se acerca más. Se acerca tanto que puedo ver el brillo de la saliva adentro de su boca.
Ese jueves, Laura Ríos, Germán Prato y yo tuvimos que juntar los diarios y las revistas desparramados por todo el salón. Al final del día, nos fuimos caminando juntos. Íbamos adivinando las comidas de las casas según los olores que salían de las ventanas. Germán Prato nunca acertaba porque siempre decía almóndigas. Laura Ríos se burlaba. Decía milanguesas, alverjas. Cuando llegamos a la esquina de la ferretería, ellos doblaron para un lado y yo para el otro. Aunque hacía calor y tenía hambre, caminé hasta la calle del zanjón y me senté en el cordón de la vereda. Al rato, lejos, en el fondo de la calle de tierra, apareció Paloma.
Acá, en Cañada Sur, nadie se hace la chupina en séptimo grado, ¿para qué? Cuando no tenemos ganas de ir a la escuela, pedimos faltar. Si nos dicen que sí, faltamos; si nos dicen que no, vamos a la escuela sin ganas. ¿Dónde vamos a ir?, ¿al bar del club?, ¿al monte de eucaliptus? Paloma no venía ni del bar ni del monte, venía de otro lado. La calle del zanjón desemboca en la ruta. En esa zona no hay nada. Algunos lotes vacíos, dos o tres casitas y el chalet de los Stoco. Yo sabía: el chalet de los Stoco. ¿Qué hacía Paloma en el chalet de los Stoco? Volví a mí casa pensando en eso, pero antes de entrar me acordé de Germán Prato. Almóndigas. Comí rápido. Después, salí al patio con dos mandarinas. Sentado bajo la sombra de la parra, pensé en el chalet de la familia Stoco, pensé en Paloma entrando al chalet de la familia Stoco, pensé en mi yendo tras ella, saltando la reja, abriendo la puerta. ¿Qué hacía Paloma, toda la mañana, sola, en una casa ajena?
Desde el techo de la escuela, Paloma y yo miramos el barrio. Vemos árboles caídos, autos chamuscados y casas derrumbadas. No hay gente, no hay perros, solo gallinas buscando comida. Más allá de los tanques de agua y las antenas de televisión, flotan las tres naves espaciales. La más grande está sobre la plaza central; las otras dos, sobre la cancha de Sportivo y sobre la usina eléctrica. Oscurece. El cielo se llena de estrellas y Paloma dice “tengo hambre”. Yo no sé cocinar, pero acá, en mi película, si sé cocinar.
Al otro día, me levanté solo, temprano, tomé la leche rápido y salí. En la esquina de la ferretería, en vez de doblar para un lado, doblé para el otro. El corazón me latía fuerte, era la primera vez que faltaba a la escuela sin permiso. Cuando llegué a la calle del zanjón, me senté en el cordón de la vereda. Hacía calor. Muy lejos, en el centro del pueblo, sonó la campana de entrada y me dieron ganas de hacer pis, pero me aguanté. Al rato, una cuadra más allá, apareció Paloma. El guardapolvo blanco era una nube sobre la calle de tierra. La seguí. Ella no me vio. Caminó junto al zanjón hasta un baldío y cruzó el yuyal. Llegó al chalet de los Stoco por la parte de atrás.
Los Stoco son una familia de plata, como los Fosati, como los Di Prinzio. El chalet tiene dos pisos y techo de tejas. Está rodeado por un tapial bajo, con rejas altas, de hierro. En el jardín, hay ceibos y lapachos. Cuando florecen, la gente pasa y mira el chalet como si fuera un paisaje de otro lado. Paloma no se sacó la mochila. Trepó el tapial y saltó la reja. La vi caminar entre los ceibos y los lapachos, la vi cruzar todo el jardín. Parecía un gato. Cuando llegó al ventanal, empujó el vidrio y entró. Yo esperé. Hice pis entre los yuyos y fui hacia la reja.
En la sala de maestras, un extraterrestre se quita la ropa. Paloma y yo miramos por el ojo de la cerradura. Estamos arrodillados y nuestras manos se tocan. El extraterrestre está de espaldas. Se quita el casco. Después, el chaleco negro y el traje rojo. Su piel es gris. Lisa. Ahora, se quita el pantalón: tiene rabo. Es corto y parece durito. Yo no aguanto la tentación y hago «¡oinc, oinc!». Paloma se ríe con la boca cerrada, el extraterrestre gira hacia la puerta y ella me agarra la mano. Fuerte. Muy fuerte.
Si tengo que elegir entre saltar un tapial y saltar una reja, elijo saltar una reja. Es mucho más fácil. Podés agarrarte bien, podés apoyar el pie, podés ver qué hay del otro lado: un árbol con flores rojas, un jardín con el pasto alto, un cantero enorme junto al ventanal. Me saqué la mochila y calculé las distancias. Debía trepar y bajar, correr hacia el árbol, gatear hasta el ventanal. Parecía difícil, pero fue rápido. Ahora estaba afuera, ahora estaba adentro.
Por esos días, Hugo, Sara y Fabricio Stoco estaban en México, no había nadie en el chalet. Últimamente viajaban mucho. Esta vez, habían llevado a la novia de Fabricio, la chica de la farmacia. Desde el cantero junto al ventanal, podía ver el living de los Stoco. Había un sofá largo, una mesita de vidrio, una alfombra blanca. Arriba de un mueble había un televisor y un equipo de música. En el piso, latas de Coca Cola, bolsas de papas fritas y una caja de zapatos. Paloma estaba descalza. Tenía puesta una remera verde que le llegaba hasta las rodillas. Decía Brasil. Fue hasta el equipo de música y puso un cidí. Después, agarró una camiseta de fútbol, la apretó contra su cuerpo y bailó. Bailó sola, arriba del sofá, con los ojos cerrados. Abrazando fuerte la camiseta de Fabricio Stoco.
–Paloma gusta de ese pibe –dijo Laura Ríos, el día de la primavera. Estábamos en la puerta de la Sociedad Italiana. Habíamos organizado un asalto. Esa vez, el papá de Natalia Espíndola trajo un radiograbador con parlantes y muchos casetes, pero eran viejos y nadie conocía las canciones. Las chicas empezaron a quejarse y salieron a la calle. Al rato, salimos nosotros. Paloma y Fabricio estaban en la vereda de enfrente. Ella, sentada en el tapial, él, arriba de la moto. Los dos, tentados de la risa.
–Paloma gusta de ese pibe –repitió Laura Ríos. Después, apuntándome con el dedo, dijo–: Y vos gustás de Paloma.
Yo me quedé mudo ¿Qué sabe ella? ¿Vos qué sabés?, pensé, pero no dije nada. Se me atragantaron las palabras y me puse colorado. Por suerte, vino el papá de Natalia Espíndola y dijo que teníamos que entrar. Que la matiné era en el salón, no en la vereda. Estaba enojado. Justo antes de entrar, escuché la moto. Me di vuelta y los vi yéndose. Fabricio adelante, Paloma atrás. Abrazándolo.
Después, el papá de Natalia Espíndola cerró la puerta con llave y no salió nadie más. Algunos chicos bailaron. Yo no. Me quedé parado cerca de las ventanas, tratando de escuchar la moto. Más tarde, alguien apagó las luces de colores y prendió las luces blancas. El asalto terminó. Cuando salimos, ya era de noche. Paloma estaba en la vereda de enfrente, pero sola. Tenía la ropa llena de pasto seco y los ojos llorosos. Laura Ríos cruzó la calle y yo la seguí.
–Vos, andate –me dijo–. Son cosas nuestras. Dejanos solas.
Al otro día, en la escuela, todos hablaban del asalto, menos Paloma. Ella se pasó los tres recreos en el baño de mujeres. Después de eso, empezó a faltar.
Desde el ventanal del living de los Stoco, Paloma parecía una chica de quince años bailando el vals con su novio invisible. Cuando terminó la canción, tiró la camiseta de Fabricio al piso y destapó una lata de coca. Se sentó en la alfombra y abrió un cuaderno. La caja de zapatos estaba llena de fotos. Paloma empezó a recortar y pegar fotos, como si estuviera haciendo la tarea de actividades prácticas. De tanto estar quieto, mirándola, se me acalambró una pierna. A media mañana, Paloma cerró el cuaderno y salió del living. Agarró otra lata de coca, una bolsa de papas fritas y subió las escaleras. Yo esperé un rato. Como ella no volvió, tomé coraje y entré.
El extraterrestre da un grito. Nos vio. Paloma y yo salimos corriendo. Cruzamos el pasillo hasta la calle y la calle hasta la esquina. El grito parece una sirena. Peor: una alarma. Atrás nuestro, hay un grupo de extraterrestres armados. Disparan. Los rayos pegan en los autos y en los postes. Paloma entra a un garaje. Hay dos bicicletas cross. Saltamos a la calle como los bici voladores y pedaleamos sin parar, hasta que las chispas de los rayos desaparecen.
No era la primera vez que entraba a una casa ajena. Cuántas veces habré saltado un tapial para robar naranjas. Pero una cosa es entrar a un patio y otra cosa es entrar a un living. Tenía miedo, quería salir corriendo (volver a la escuela, abrir el cuaderno). Y, sin embargo, estar adentro era mucho mejor que afuera. La luz, el aire, la música… todo era fresco, limpio, nuevo. En la pantalla del equipo, unas barras brillantes subían y bajaban. No había casetes, había cidís. La cajita del cidí que estaba puesto tenía el dibujo de una cruz con cinco calaveras. Todas con pelo largo. Parecían calaveras de mujeres, pero eran hombres. La que estaba en el centro, tenía un gorro azul y lentes oscuros. Sobre la alfombra, estaban las fotos. Eran de los Stoco: los Stoco frente al mar, los Stoco bajo un Cristo, los Stoco en la aerosilla, subiendo al avión, montando caballos, esquiando. Abrí el cuaderno de Paloma donde marcaba el señalador. Había tres fotos de Fabricio y un montón de corazones. Decía F y P; decía para siempre, vos y yo, juntos.
Cuando se cortó la música, el cuaderno se me cayó de las manos. Fue como si alguien hubiera desenchufado todo. Pero no, solo había terminado una canción. Así, de golpe. En ese silencio, escuché un ruido en el jardín. Me levanté y fui hacia al ventanal. El portón estaba abierto. Entraron un hombre y una mujer. Yo me desesperé. Subí las escaleras corriendo y abrí la puerta de la pieza.
–Viene alguien –dije.
Paloma estaba en la cama. Tenía las manos rojas, manchadas con pintura. Abrió los ojos bien grandes, pero no gritó. Actuó como si hubiésemos estado juntos toda la mañana. Ella y yo, solos. Fue hasta la ventana y cerró las cortinas. Miré alrededor. Vi los posters de rock, la patineta rota, las zapatillas topper. Vi tres frascos de perfume, revistas pornográficas, calcomanías. Un corazón rojo pintado en la colcha blanca. Otro en el espejo. Otro en la pared. En el centro de ese corazón decía para siempre. Vi un despertador. Talco. Gel.
–Vamos –dije.
Bajamos las escaleras agarrados de la mano. Paloma tiró un aerosol en el tacho de basura y apagó el equipo de música, yo busqué las mochilas. Una llave giró en la cerradura, cuando la mujer abrió la puerta del living, nosotros salimos al patio por la puerta de la cocina. Afuera, el hombre prendió la máquina de cortar pasto. Paloma y yo corrimos hasta la reja, sin mirar atrás, y saltamos.
De pronto, las naves espaciales se van. Como llegaron, se van. Ahora, Cañada Sur es un pueblo fantasma y nosotros dos, los únicos sobrevivientes. Estamos en la plaza central. Debajo del mástil hay una moto. Funciona. Antes de partir, izamos la bandera argentina. Es un día de sol. Yo subo adelante, Paloma, atrás. Ella apoya su cara en mi espalda, me abraza y partimos.
El ruido de la máquina de cortar pasto tapa todo. Paloma y yo cruzamos el baldío atropellando cardos y langostas. Cuando llegamos a la calle del zanjón, la máquina se mezcla con los ladridos. Con las chicharras. Con las cotorras. Ahora, estamos en las vías del tren. Saltamos de madera en madera, hasta el puente que cruza el Arroyo Chico. Dos torcacitas buscan cereal entre las piedras. Apenas nos ven venir, salen volando. Paloma y yo nos sentamos en mitad del puente. Tenemos el sol justo encima y nuestras piernas cuelgan en el aire.
Paloma no dice nada. Abre la mochila y saca una lata de coca. Tiene un matapiojos en la rodilla: verde, brillante, de ojos grandes. Por decir algo nomás, por hablar con ella, digo:
–Mirá… parece un extraterrestre.
Con mucho cuidado, Paloma acerca un dedo y el matapiojos se para en dos patas.
–¿Vos crees en los extraterrestres? –dice Paloma.
Yo no sé qué contestar. Ella me mira. El matapiojos se tira hacia atrás.
–¿Creés en los extraterrestres?
–No sé –digo–. No.
–Yo tampoco –dice Paloma. Y espanta con la mano al matapiojos, que abre las alas y vuela. Se hace chiquito y desaparece.
Allá lejos, veo el monte de eucaliptus. Detrás, está Cañada Sur: el chalet de los Stoco, la escuela, mi casa. Bajo nuestras piernas, en el agua, se refleja el cielo vacío. No hay pájaros, no hay nubes, no hay nada.
***
Juan Manuel Blanco nació en el año 1979, vive en Rosario, aunque es oriundo de la ciudad de Pérez. Estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y actualmente asiste a los talleres de escritura creativa de Pablo Colacrai y Lila Gianelloni. Ha publicado cuentos en “El Eslabón” (Periódico semanal hecho en Rosario por la Cooperativa La Masa), “Rosario 12” (Suplemento local del Diario Página12) y “Ubik” (Revista digital).