Por Adolfo Abraham
Un verdadero gladiador spartano acaba de pasar a la eternidad.
Lo conocí hace unos tres años, cuando me empecé a interesar por los destinos del club. En muchas ocasiones pude sentarme a charlar con él. En la puerta de su casa, por la calle, en el buffet del club, detrás del alambrado de la cancha de once… y la última, hace veinte días en el sanatorio, cuando por distintos motivos ambos esperábamos en la misma sala.
Don Juan me hablaba de autos, de mujeres, de Obras Sanitarias (porque trabajó ahí), de las piletas de natación (con una mirada técnica de su llenado y vaciado, de las bombas de extracción, de filtros), del río, de la natación y, por supuesto, del fútbol.
Ese fútbol que practicó durante muchos años, porque atravesó las inferiores de Sparta y llegó a jugar en la primera. En otros tiempos, desde luego. Cuando Sparta era de primera y los rivales eran todos los grandes de la ciudad y de ciudades vecinas. Y Sparta, el más chico entre esos grandes, les daba batalla en desigualdad de condiciones.
Don Juan vivió durante casi toda su vida a tres casas del club. Fue socio, socio vitalicio, jugador de fútbol, miembro de muchas comisiones directivas y, siempre, un gran colaborador.
Tengo varias imágenes que puedo revivir en mi mente, pero hay dos que me resultan sumamente agradables. Verlo sentado detrás del alambrado de la cancha grande viendo un partido de la primera, reclamando e instando a los jugadores; y la otra, sentado en el buffet, tomando un refresco y una picadita, mirando hacia el predio, por donde está la pileta y comentando: «No hay chicas hoy».
Una de las anécdotas que más le gustaba contarme databa de 1959. Y narraba Don Moya: «Jugábamos un partido contra Alba Argentino de Maciel. Tenían un equipazo. Y nosotros íbamos últimos en la tabla de posiciones. Ese día jugábamos de local. Nos cancherearon desde los vestuarios y durante casi todo el partido. En el primer tiempo, nos ganaban 1-0 y cada vez que íbamos a tocar una pelota nos decían de todo. Yo no contestaba. Pero me daba mucha impotencia. Apenas empezó el segundo tiempo, tuvimos un córner a favor. El tiro venía desde la izquierda y pateado por el siete, que era derecho. La pelota venía en el aire cada vez más arriba y yo la vi haciendo la curva, así que aproveché mi largo metro noventa y la martillé con la cabeza. Cuando mire de nuevo, el arquero la estaba sacando de adentro y salí corriendo con mis compañeros hasta la media cancha para gritar el empate».
«Ese gol los apaciguó un poco, pero siguieron atacando, aunque ya no nos cargaban. Cuando faltaban unos diez minutos para terminar el partido, nuestra defensa, que estaba muy retrasada, logró despejar hacia arriba y yo que era el más adelantado la tomé y entré a correr entre el medio y la derecha. Al primero que me salió lo pude dejar en el camino y al segundo me lo llevé a la carrera. Cuando vi que sólo me quedaba el arquero le disparé abajo, bien a un costado, pero la pudo sacar, aunque me quedó para la revancha, así que le pegué con alma y vida. Tan fuerte fue el disparo que terminó con pelota y todo adentro del arco. Lo festejamos como nunca y los muchachos de Maciel me empezaron a decir: EL CAÑONERO DE GILES (como la película). Finalizamos ganando 2-1 y fue un día memorable», terminó contando Don Juan.
Y yo, que hoy lo fui a despedir para siempre y lo vi vestido con su camiseta de Sparta, decidí cambiarle el apodo y llamarle: EL CAÑONERO DE SPARTA.
Hasta siempre, mi estimado Juan Moya. Su Sparta, lo lleva en el alma y guarda los mejores recuerdos de su paso por la institución. Porque los hombres y las mujeres pasamos. Las instituciones quedan.