Por Julio Luna*
Desde mi trabajo en el Laboratorio de Sociología Clínica de Rosario, venimos observando desde comienzos de 2024 una transformación muy profunda en la subjetividad social argentina. Lo que inicialmente aparecía como un ajuste económico severo, pero todavía tolerable para amplios sectores de la población, terminó derivando en una crisis mucho más compleja: un proceso que atraviesa la salud mental, los vínculos sociales, la estabilidad familiar y la percepción misma del futuro.
A comienzos del gobierno de Javier Milei, predominaba una narrativa de espera y sacrificio. Existía la idea de que «había que aguantar» y que el deterioro económico sería transitorio.
Señales primero silenciosas
Sin embargo, incluso entonces, en nuestros grupos de estudio ya comenzábamos a detectar señales preocupantes. Los primeros síntomas no aparecían en grandes estallidos sociales, sino en la vida cotidiana: familias cancelando plataformas de streaming, personas dejando consumos básicos considerados “no esenciales”, jóvenes abandonando actividades recreativas y adultos experimentando culpa por realizar gastos mínimos vinculados al ocio.
Parecían pequeños cambios, pero sociológicamente funcionaban como indicadores de algo mucho más profundo: el comienzo de una economía del repliegue y de la supervivencia emocional.
El deterioro en los cuerpos y las mentes
Lo más preocupante era que el ajuste no solo afectaba el bolsillo, sino también la estructura psíquica cotidiana de las personas. Cuando una sociedad entra en un estado prolongado de incertidumbre aparecen fenómenos muy claros: ansiedad, irritabilidad, insomnio, agotamiento mental y pérdida de proyectos.
En aquel momento advertíamos que, si no existían mecanismos de contención social y perspectivas concretas de mejora, inevitablemente aparecería un incremento de patologías vinculadas al estrés crónico y la depresión.
Pruebas materiales visibles de la implosión social todavía invisible
Hoy los datos muestran que ese proceso efectivamente ocurrió.
El aumento sostenido del consumo de ansiolíticos y antidepresivos no puede leerse solamente como una cuestión médica; es también un indicador social.
Detrás de cada crecimiento estadístico, aparece una sociedad sometida a niveles permanentes de angustia e incertidumbre económica.
A diferencia de otras etapas históricas, esta crisis tiene una característica singular: gran parte del sufrimiento permanece invisibilizado.
En 2001 el desempleo era brutal y visible. Las fábricas cerraban y eso generaba una reacción colectiva inmediata. Hoy el escenario es distinto. El monotributo, la economía de plataformas y las nuevas formas de precarización laboral funcionan muchas veces como un “amortiguador estadístico”. Muchas personas aparecen formalmente ocupadas, pero viven en condiciones de extrema fragilidad.
Un plan que juega con lo que no tiene repuesto
Ya no se trata solamente del desempleado visible, sino del trabajador agotado, endeudado y emocionalmente colapsado.
Por eso uno de los núcleos más críticos de la situación actual es el endeudamiento familiar.
Cada vez más hogares utilizan tarjetas, préstamos o billeteras virtuales para financiar gastos corrientes.
El problema es que cuando la deuda deja de ser una herramienta ocasional y se convierte en la base de la supervivencia cotidiana, comienza una espiral extremadamente peligrosa. Detrás de la fragilidad económica aparece luego la angustia psíquica.
La procesión (destructiva) va por dentro
Creo que uno de los fenómenos más alarmantes de este período es lo que denomino una «implosión social silenciosa».
A diferencia de otros momentos históricos, donde el conflicto se expresaba hacia afuera mediante protestas o estallidos sociales, hoy gran parte del sufrimiento se dirige hacia adentro.
La angustia se interioriza y el individuo termina sintiéndose responsable de su fracaso económico, aunque las causas sean estructurales. Esto genera aislamiento, culpa, depresión y una enorme sensación de impotencia.
Imposición simbólica de la crueldad
En este contexto, también resulta necesario pensar las formas contemporáneas de violencia simbólica, en el sentido planteado por Pierre Bourdieu.
No se trata solamente de un daño material, sino también de mecanismos culturales y políticos que naturalizan el sufrimiento de los más vulnerables.
La descalificación discursiva hacia jubilados, personas con discapacidad o sectores dependientes de políticas de asistencia instala la idea de que quienes no logran sostenerse plenamente en el mercado constituyen una carga social.
La violencia deja entonces de expresarse únicamente en el ajuste económico y comienza a operar también en el plano simbólico, afectando la dignidad y el reconocimiento social de millones de personas.
Sin futuro, presente autodestructivo
En este escenario, el aumento de los suicidios y de las conductas autodestructivas debe ser entendido como un síntoma social extremadamente grave.
Cuando una sociedad pierde expectativas de futuro, se debilitan también los mecanismos simbólicos de resistencia. Muchas personas sienten que trabajan sin progresar, que estudian sin garantías y que proyectar una vida estable se volvió casi imposible.
También observo una modificación profunda en los vínculos sociales. Las crisis prolongadas erosionan la vida comunitaria y los espacios de contención afectiva. Las personas salen menos, se aíslan más y comienzan a vivir en un estado permanente de alerta y preocupación. Esa fatiga emocional colectiva es uno de los rasgos más característicos del momento actual.
Olla a presión y posibles traducciones políticas
Sin embargo, desde una perspectiva sociológica, ningún proceso de implosión social es ilimitado.
La acumulación prolongada de frustración, endeudamiento y pérdida de expectativas puede permanecer durante un tiempo encapsulada en el ámbito privado, pero llega un punto en que las sociedades producen movimientos inversos de exteriorización del conflicto.
La aparente pasividad actual no necesariamente implica aceptación permanente, sino más bien una etapa de acumulación silenciosa de tensiones.
La historia argentina demuestra, además, que muchas veces los procesos de transformación social comienzan en sectores inicialmente invisibles o subestimados. Las rondas de las Madres de Plaza de Mayo fueron minimizadas en su momento y terminaron convirtiéndose en uno de los símbolos éticos más potentes de resistencia frente a la dictadura.
En la actualidad, los reclamos de jubilados, personas con discapacidad y sectores vulnerabilizados podrían adquirir una centralidad similar como expresión moral del límite social frente al sufrimiento y la exclusión.
Durante 2024, muchas personas sostuvieron la esperanza de que el sacrificio tendría una recompensa futura. Pero cuando el deterioro económico se prolonga y la recuperación no llega, esa expectativa comienza a quebrarse.
Y cuando una sociedad pierde la capacidad de imaginar un futuro mejor, la crisis deja de ser solamente económica para transformarse en una crisis civilizatoria, cultural y subjetiva.
* Sociólogo clínico e investigador de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), director del Laboratorio de Sociología Clínica en la Facultad de Humanidades y Artes