Rosario, lunes 18 de mayo de 2026
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Rosario, lunes 18 de mayo de 2026

Robert Plant en Rosario: la sustancia de una leyenda que conserva intacta su voz y su asombro y fe en la canción

Ante un público entusiasta que colmó el Metropolitano, quien supo ser la voz del mejor hard rock-blues tocado por una banda británica, Led Zeppelin, mostró el álbum "Saving Grace" junto a una formación compacta llena de matices y colores. Folk inglés y norteamericano; country, blues rural, bluegrass y versiones de hits de Zepp se transformaron en melodías exquisitas sobre las que brillo el virtuosismo vocal del cantante
Robert Plant en Rosario: la sustancia de una leyenda que conserva intacta su voz y su asombro y fe en la canción

Para quienes tuvieron su punto alto rockero con las grandes bandas inglesas, la noche del sábado 16 de mayo fue un guiño del destino si en él se cree, y si no, una combinación de azar y mística con que tal vez algunas estrellas de aquella época se sienten a gusto y llevan consigo y, si siguen sobre los escenarios, descargan allí donde vayan con una energía arrolladora, como si aquel fuego devastador de su juventud siguiera intacto.

Fue lo que pasó en el Metropolitano cuando el cantante Robert Plant, que supo ser la voz del mejor hard rock-blues tocado por una banda británica, Led Zeppelin, mostró para un público entusiasta de conocedores y no tanto –una pila de padres de 60 con hijos de 30 promedio–, Saving Grace, el álbum grabado con una formación compacta llena de matices y colores para servir una música que abreva en el folk inglés y norteamericano; el country, el blues rural, en ese subgénero del country llamado bluegrass y hasta, por momentos, en algunas líneas tradicionales del góspel, todo a partir de un enfoque acústico con segmentos eléctricos y melodías exquisitas y sumamente armónicas.

Con el sofisticado agregado de versionar algunos de los gloriosos temas de Zepp, en combinaciones estratégicas que los vuelven hitos en sus nuevos y acuciantes nervios tonales. Esta poderosa banda está integrada por la cantante y acordeonista Suzi Dian, con quien Plant comparte el protagonismo vocal; el guitarrista Tony Kelsey; el bajista Matt Worley, y el violonchelista Barney Morse-Brown, todos oriundos de Reino Unido y con un sello distintivo –a diferencia de otras formaciones del Plant solista–: una  evidente sonoridad británica de folk-rock con banjo y laúd incluidos.

«Wellcome to Saving Grace, wellcome Rosario»

El arranque en un set de cuidadas luces y un fondo de tela donde la portada del disco aparecía y desaparecía entre tenues rugosidades, la banda arrancó con “The very day I’m gone”, de la joven banjista norteamericana Nora Brown, para dar una idea del tenor emotivo que iba a tener el show y con Worley dándole al banjo imitando el estilo “clawhammer”, con su mano curvada como garra sobre las cuerdas. Plant cierra el tema sosteniendo una larga nota y haciendo alarde de que los años no mellaron su virtuosismo vocal.

Apenas después sigue “The Cuckoo”, una canción de reminiscencias célticas con el guitarrista haciendo uso y abuso de una mandolina y el bajista exprimiendo su banjo para que sonara como una lira, un entramado de cuerdas que cristalizan un territorio musical bien definido. Entre atónito y flasheado por lo que comenzaba a escuchar, el caliente público rosarino hizo gala de su primera ovación y poco después Robert, a sus 77, enfundado en unos lienzos negros de cuero y camisa mangas cortas al tono, se presentó en un clarísimo castellano con un “Damas y caballeros welcome to Saving Grace, welcome Rosario” y muchas voces saludaron con un “Welcome Robert”.

Seguramente no a pedido del público, que ya iniciaba su cantinela rogando por temas de Zepp, pero luego de “Higher Rock”, de la delicada cantante folk norteamericana Martha Scanlan, favorita de T. Bone Burnett, se vino la inteligente y creativa versión de “Ramble on”, aquel temazo de Led Zeppelin II, donde a Worley le tocó reemplazar el melódico bajo de John Paul Jones, ayudado por el batero para crear ese portentoso ritmo frenético, al tiempo que el chelista Morse-Brown remedaba ese arco de violín del que se valió Jimmy Page en el original y el acordeón de Dian secundaba con gracia. Incluso en su lírica fantástica “Ramble on” es contundente cuando cuenta el viaje épico en busca de un amor perdido mientras se lidia con criaturas surgidas de la pluma de El señor de los Anillos, de (J.R.R.) Tolkien, y se pregunta sobre el verdadero sentido de la búsqueda y la libertad, resumiendo un espíritu bien de época que Zepp exponía con elegancia y eficacia.

Un espíritu inquieto

El clima musical en el Metro se ponía cada vez mejor y muchos encontraron en la propuesta del “viejo”, pero enterísimo Plant, una prueba de su vitalidad y empuje para animar este nuevo artefacto sonoro, que deja la sensación de ser un manifiesto sobre cuánto mejor resulta dejarse llevar por un espíritu inquieto que quedarse en un pasado de esplendor pero ya sin sorpresas. El agradecía con un gracioso “…Ahora señores pasajeros…”.

Con un tono más introspectivo pero siempre desbordante, pasaron la tradicional balada irlandesa “As I roved out” y la más melancólica “Too far from you” y a esa altura algunos entre el público ya tenía ganas de invitar a unas copas a ese señor de pelos muy largos todavía, que por momentos adquiría las poses –aunque ahora menos kinéticas– que tantas veces se le vieron en escena al frente de aquella banda con potencia sin precedentes. Pero sobre todo tenía ganas de invitarlo porque el tipo derrochaba simpatía en sus breves comentarios, sonriendo a la gente, invitando a las palmas, corrigiendo un coro público.

Poco después la viola de Tony Kelsey se mostró optimista y ambiciosa en los acordes del rymth & blues “Let the four winds blow”, alguna vez patentada por Fats Domino, y para seguir en camino cayó la hipnótica “Four sticks” de Led Zeppelin IV, dejando sentada esa sensibilidad folk del insigne Plant, en la que centellearon los arreglos laberínticos y las progresiones inherentes de esta, desde luego, enérgica versión. Maravilloso.

A esa altura la noche estaba hecha, podría haber terminado ahí que muchos tendríamos suficiente, pero había bastante más, como la psicodélica y tierna “It’s a Beautiful day today”, de la sesentera banda californiana Moby Grape, con un dúo vocal de Robert y Suzi tan depurado como eficaz; seguida en un tono similar por “Calling to you”, del álbum del propio Plant que tituló Fate of Nations; pero otro plato fuerte vendría algo después con la hermosa balada de Neil Young “For the turnstiles”, en una versión brillante, aunque sin dramatismo alguno cuando menciona cómo la fama arruina las vidas.

Devoción y fecunda potencia

Y para los que pedían más Zepp vino la estupenda “Friends”, donde el folk nutrió la noche influenciado por rítmicas hindúes y caribeñas, destacándose el banjo rasgueado de modo alucinante sobre la guitarra de Kelsey y la pátina densa que otorga el chelo de Morse-Brown, que construyen una plataforma de cuerdas donde la voz de Plant tiene una urgencia casi confesional.

Y, entonces, ¿todos querían seguir inmersos en esa experiencia de sonidos de tanta expresividad? Síiiii!, parecían decir muchos, deseosos de continuar ese diálogo de intercambios de ideas y sentimientos musicales. Pero indefectiblemente todo termina en algún momento y “Everybody’s Song”, de la banda yanqui de slowcore, Low, con su atmósfera introspectiva y minimalista, de la que Plant dice que es “una canción grandiosa”, fue el inicio del fin de una noche también “grandiosa”.

El cierre sería con “Bron-yr-au”, la del álbum Physical Graffiti (hay otra versión en Led Zeppelin III), otra balada que la banda hace con pulso sutil y las cuerdas dan el carácter que define su impronta. Así se iba una noche poblada de pasajes sonoros con seductoras capas y texturas y definitivamente armada para dejar que se cuelen las emociones más variadas.

La voz del cantante –con la afiatada compañía de Suzi Dian– no hizo más que mostrar su capacidad para sostener las notas más altas con presteza única. Esa noche solo pudo darla la sustancia de Robert Plant –y, desde ya, la banda que le hace el juego–, que surge de la devoción por una música que se despliega como si fuera un mapa de afinidades entre generaciones y cautiva con fecunda potencia, tal vez una «gracia salvadora» para aquel joven cantante de Zepp, que conserva intacta una parcela de asombro y fe en la canción.