Ante eventos climáticos cada vez más intensos, las ciudades enfrentan un desafío, cómo enfrentar las lluvias que muchas veces pueden provocar inundaciones. En este contexto, la doctora arquitecta y directora de la Maestría en Arquitectura del Paisaje de la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño (UNR), Ana Valderrama plantea un cambio de enfoque: “No se trata de evitar completamente las inundaciones, sino de amortiguar sus efectos a partir de cómo se diseñan las ciudades”.
“Las ciudades ocupan apenas el 2% de la superficie terrestre, pero históricamente concentraron gran parte del consumo energético y de las emisiones”, explica. Sin embargo, advierte que este escenario hoy está en revisión por el impacto creciente de tecnologías como los data center, que también generan altos consumos de energía y agua.
Más allá de ese debate, Valderrama pone el foco en el funcionamiento ambiental de las ciudades. Retoma el concepto desarrollado por el investigador Elio Di Bernardo, quien definía al territorio urbano como un “ecosistema en mosaico”: una red interconectada donde conviven áreas naturales, productivas y urbanizadas.
Ese entramado no es solo una idea teórica. Según la especialista, cumple un rol clave en la regulación del agua. “Los corredores verdes, los ríos urbanos y los espacios naturales no solo aumentan el confort para los seres humanos, sino también permiten la biodiversidad y funcionan como áreas de absorción”, sostiene.
El rol clave del suelo y la vegetación
Uno de los puntos centrales es la capacidad del suelo para absorber e infiltrar agua. Cuando llueve, una parte del agua se evapora, otra es absorbida por la vegetación, otra se infiltra y aporta a los acuíferos y otra se escurre. Pero ese equilibrio se rompe cuando predomina el cemento.
“Las investigaciones científicas entorno a la arquitectura del paisaje y la ecología del paisaje, incluyendo las realizadas localmente por ejemplo por el equipo del Centro de Estudios del Ambiente Humano, han demostrado que existe una relación directa entre la cobertura vegetal y la capacidad de absorción e infiltración del agua”, explica Valderrama. Por eso, mantener bordes de arroyos con vegetación, sumar árboles y generar una red de espacios verdes con vegetación puede reducir significativamente el riesgo de inundaciones.
En ese sentido, también cuestiona modelos tradicionales de diseño urbano: “El césped uniforme no alcanza. La diversidad de especies, con árboles, arbustos y pastizales, mejora los servicios ecosistémicos”.
El caso Rosario: verde, pero desigual
La especialista pone como ejemplo a Rosario, una ciudad reconocida por la cantidad de espacios verdes: cuenta con alrededor de 11 metros cuadrados por habitante. Sin embargo, advierte que el problema está en la distribución.
“En el Distrito Oeste hay apenas 5,93 metros cuadrados por habitante. Esa desigualdad no solo afecta la calidad de vida, también incrementa los riesgos hídricos”, señala.
La falta de espacios verdes en determinadas zonas implica menor capacidad de absorción e infiltración del agua y mayor escurrimiento, lo que puede agravar inundaciones en episodios de lluvias intensas.
Soluciones concretas para ciudades más resilientes
Frente a este escenario, Valderrama propone una serie de estrategias que ya se aplican en distintas ciudades del mundo:
.Uso de materiales permeables en veredas y calles
.Incorporación de jardines de lluvia
.Desarrollo de reservorios y parques inundables
.Fortalecimiento del arbolado urbano y periurbano
.Promoción de parques huerta y vegetación nativa
“El objetivo es reducir la impermeabilización y favorecer la infiltración del agua”, finaliza.