Por Julio César Luna*, especial para El Ciudadano
En estos últimos días hemos escuchado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hablar de la Doctrina Monroe. Se resumía en la frase “América para los americanos”, que explicitaba la intención de controlar todo el hemisferio. Al intento de remozarla se lo bautizó también Monroe 2.0.
Para ser honestos, pretender resucitar una doctrina que tiene más de 200 años resulta imposible en razón de los profundos cambios que se produjeron en todo el mundo. Entre ellos, y nada menos, la Revolución Industrial, dos guerras mundiales, la perestroika, la globalización. Y otros tantos acontecimientos que cambiaron no solo el continente americano, sino la configuración del mundo entero.
Sin embargo, se lo ha escuchado decir a Trump que, mientras él va a controlar toda América —incluyendo ya no solo a Venezuela, sino también a México, Colombia, Cuba y Groenlandia— le cedería Taiwán a China y entregaría Ucrania a Rusia, con un destino incierto para Volodímir Zelenski.
Tal como está planteada esta idea, insinuada por el propio Trump y reafirmada por analistas allegados al presidente, se trata de un escenario más cercano a lo onírico que a una realidad factible.
Visto de esta forma, da la impresión de que intenta recrear una nueva conferencia como aquella en la que, en 1945 en Yalta, las potencias emergentes de la Segunda Guerra se repartieron el mundo. Eso parece estar en el deseo del republicano, más que un retorno imposible a los postulados de la Doctrina Monroe.
En efecto, en la Conferencia de Yalta, celebrada en Crimea en febrero de 1945, se reunieron los tres líderes del sector aliado: el presidente Franklin D. Roosevelt de los Estados Unidos, el primer ministro Winston Churchill del Reino Unido y el primer ministro Joseph Stalin de la Unión Soviética. Allí planificaron la derrota final y la ocupación de la Alemania nazi.
Ya se había decidido que Alemania sería dividida en zonas ocupadas, administradas por fuerzas estadounidenses, británicas, francesas y soviéticas.
Se trazaron las fronteras favorables a Stalin para Polonia, incluyendo hacia el oeste una profunda franja de Alemania hasta la línea Oder-Neisse. Se respaldó a los polacos de Lublin como base para un gobierno provisional y se comprometió a los Tres Grandes a reconocer a esta administración antes de la celebración de elecciones para un gobierno permanente.
Los juegos que definen el futuro: ¿ajedrez o go?

Así planteadas las cosas, para cualquiera de los dos escenarios que parecen estar en la cabeza de Trump —ya sea la Doctrina Monroe o un nuevo Yalta— resulta difícil imaginarlos exitosos. En ambos falta un actor fundamental: el gigante asiático.
En los comienzos de la Guerra Fría, en 1949, el Partido Comunista toma el poder en China y comienza un proceso de unificación del lenguaje y de crecimiento económico. Con altibajos, por cierto, pero con una firmeza que no se detuvo hasta hoy.
Mientras Estados Unidos y Rusia hacían famosos sus campeonatos de ajedrez como metáfora de su enfrentamiento —por ejemplo, el Mundial de 1972 entre Boris Spassky y Bobby Fischer, seguido en todo el mundo—, en 1978 China estableció un sistema profesional de go, preparando el terreno para futuros campeonatos y el resurgimiento de este antiguo juego.
Pero ¿qué tienen que ver el ajedrez y el go con el futuro de Trump y de Estados Unidos?
La respuesta es simple, y los juegos la ofrecen.
El ajedrez y el go son dos juegos de estrategia muy profundos, pero difieren notablemente en su lógica, ritmo y forma de pensar.
Una de las claves está en el objetivo del juego: mientras que en el ajedrez se basa en la confrontación, en dar jaque mate al rey rival (cualquier parecido con Venezuela y Maduro no es caprichoso), el go busca controlar más territorio que el oponente y capturar piedras. Importan el equilibrio, la influencia y el largo plazo. Nada más parecido a la estrategia de la “Ruta de la Seda” y al BRICS.
Hoy China es la primera potencia mundial (aunque formalmente no esté reconocida como tal) y Estados Unidos se encuentra en una etapa de decadencia que difícilmente encuentre un piso. Los acuerdos comerciales que lleva adelante Xi Jinping en todas las geografías están haciendo peligrar, por primera vez en la historia, al dólar como moneda de referencia de las transacciones globales.
El panorama que se avizora para la aún primera potencia es incierto. La torpeza con la que se maneja el presidente Trump, desconociendo el Derecho Internacional y afirmando que su único límite es el moral —justo cuando proliferan detalles e imágenes de los archivos Epstein—, sumada a la brutalidad rayana con la ilegalidad puesta de manifiesto en cada uno de sus actos o directivas, dan la impresión de que, en el mejor de los casos, es un pésimo jugador de TEG.
*Director del Laboratorio de Sociología Clínica de la UNR