Rosario, lunes 16 de marzo de 2026
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Rosario, lunes 16 de marzo de 2026

Fito Paéz en el Monumento Nacional a la Bandera: el gran cierre de unos días de gloria en los que fue profeta en su tierra 

Con un show multitudinario enfocado en los clásicos y luego de recorrer escenarios de la ciudad que lo vio nacer en versión sinfónica, a solo piano y con el estreno mundial de su disco “Novela”, el artista regaló este domingo otra de sus noches inolvidables 
Fito Paéz en el Monumento Nacional a la Bandera: el gran cierre de unos días de gloria en los que fue profeta en su tierra 

Miguel Passarini

El furor renacentista de Fito Páez, un artista que hace mucho tiempo excedió los límites de un compositor y cantante, porque además de un músico notable es cineasta, escritor, pero sobre todo un intelectual que todo el tiempo se interpela a sí mismo e interpela a los demás con la profusión de su obra, se hizo presente en Rosario con Casa Páez.

Fueron unos días en los que Fito demostró que es una parte esencial de la cultura de Rosario. Y que cada vez que viene, expresa y contagia esa rara sensación que conjuga amor, felicidad y nostalgia, ligada con su historia en la ciudad de los “pobres corazones” que tan bien describió alguna vez, donde el gran cierre, después de una saga que podría pensarse que comenzó a gestarse hace unos meses cuando la UNR lo ungió con su título máximo, el de Doctor Honoris Causa, tuvo lugar este domingo desde las 20, cuando caída la tarde en el Monumento Nacional a la Bandera, el lugar de todos los festejos y todas las batallas, con entrada libre y gratuita y una cifra descomunal: alrededor de 300 mil espectadores que lo aplaudieron y ovacionaron a lo largo de dos horas de un show de clásicos en el marco de un encuentro que quedará en la historia.   

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Con su banda habitual y los coros de Emme Vitale, tras el paso de Luisina Cali y Coki & the Killer Burritos, desde las 18, el desembarco de Fito en el escenario, con sus flamantes 63 años que también festejó en la semana en Rosario, fue con una especie de aguafuerte de canciones inolvidables, el comienzo de un reencuentro del hijo pródigo que vuelve a la patria de la infancia, entre otras cosas, a poner blanco sobre negro lo que realmente importa, que no es otra que “la verdadera libertad”, diría el músico a poco de comenzar. Y si bien no fue al hueso de la cuestión política, a lo largo de la noche, dejó una serie de claros mensajes a través del poder indiscutible de la mayoría de sus canciones, porque si alguien dice que no hace política con su arte, lo más recomendable es cruzarse de vereda. 

Si había un clásico que debía estar en el comienzo para que no quedaran dudas de que Fito estaba jugando de local era de “Tema de Piluso”, y así fue, una vida que transformó tantas otras. Y porque la vida “como viene va”, ese fue apenas el puntapié de una seguidilla de esas canciones “que sabemos todos”.

De un reciente repaso por Tercer mundo reapareció “Haste fama”, con ese momento tan del Parakultural que la identifica. “Lejos de Berlín”, para ir un poco hacia atrás en el tiempo y con un final épico y el músico convertido, como a lo largo de todo el concierto, en un gran director de orquesta, dio paso a “Tráfico por Katmandú” y su inquietante vigencia, para cerrar ese primer momento con la belleza eterna y conmovedora de “11 y 6”, esa canción que pareciera ponerle música a un collage de Antonio Berni, coreada por miles bajo la luz de la luna, en un momento de extrema belleza y de ojos brillando como el río.   

Poco después, “Lo que el viento nunca se llevó” de Circo Beat y la desgarrante “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, en uno de los mejores diálogos entre poética y política del cancionero popular argentino de todos los tiempos, sirvieron para recordar que aquello “Fue amor”, porque el amor fue una constante, un tema transversal a lo largo de todo el concierto.

“¿Saben qué? Estoy poco parlanchín; quiero que esto sea hermoso (y vaya si lo fue…) y que disfruten muchísimo”, dijo el músico y cambió radicalmente el clima de concierto. Así, después de grandes momentos de lucimiento de una banda de enormes talentos que lo acompaña desde hace tiempo, el músico, que apeló a la complicidad con un público que lo ama, dio paso a lo que llamó un “piano bar”, un tiempo para el show de profunda belleza e intimidad como si hubiese querido subir al escenario a cada uno de los presentes y abrazarlos, en una noche de amigos entrañables que se vuelven a encontrar. 

Sentado a un piano que referenciaba a Rosario y al Monumento a la Bandera, pasaron casi como un Mashup musical extendido, “She’s Mine”, “Cable a tierra” y “Al lado del camino”, una canción que se adelantó en el tiempo y que hoy suena casi como un rezo. También, “Buena estrella”, y para cerrar, antes del regreso de la banda y coreada casi como un mantra, “Y dale alegría a mí corazón”, otros de sus mayores himnos. 

“Nunca podrás sacarme mi amor” dio paso a la continuidad de otros clásicos como “La rueda mágica”, y los dorados 80 volvieron a decir presente con la icónica “Polaroid de locura ordinaria”, “Circo Beat” y su misterio de amor y soledad, “con los Monos devastando esta ciudad”, aunque ya es tiempo de pelear “por la verdadera libertad”.           

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Tras cartón, otras piezas clave en medio de un repertorio complejo de definir porque se trata de cuatro décadas de clásicos, regalaron momentos bien arriba, como el de “El amor después del amor”, y el perfume que lleva el dolor, dejando en claro otro de los mantras de la noche en la platea, que sostiene que “nadie puede y nadie debe vivir sin amor”, sumando luego una de las imágenes más bellas de la noche, con las linternas encendidas de los celulares en reemplazo de los viejos encendedores, para volver a corear masivamente la magnífica “Brillante sobre el mic”.    

Ya para los bises, entre más, una versión de la demoledora “Ciudad de pobres corazones”, porque siempre es bueno recordar que el dolor, aunque está, ya pasó, dejó en el aire un clima de nostalgia mientras la marea humana empezaba a moverse cantando unas últimas estrofas y respirando esa posible idea, más allá del sensible y necesario silencio, que sostiene que nadie se salva solo, que siempre, todo, es desde lo colectivo.   

El apagón de una puesta de luces a escala urbana y en diálogo con la dimensión de semejante montaje y escenario, con más de una veintena de canciones en el haber, con el Propileo del Monumento teñido de un rojo furioso (uno de los colores predominantes de la noche) y el mural del Pasaje Juramento con el retrato de Belgrano como testigo de semejante regalo de Páez a su público en el lugar que rinde tributo a la bandera, el de Fito con Rosario se trató de un encuentro necesario, casi imprescindible, de comunidad, de un tiempo compartido en paz y particularmente dedicado al amor en sus distintas formas, en medio del reinado del odio, la indiferencia y la violencia. 

Tanto es así que en medio de la letra de “Circo Beat”, corte del disco homónimo que ya cumplió más de tres décadas, cuando a lo Cassavetes dice la icónica frase “yo me muero con Gena Rowlands”, se lo escuchó decir “yo me muero por Sofi Gala”, confirmando el romance que mantiene con la actriz desde hace un tiempo. Es que “el amor después del amor” en la obra y en la vida de Fito es como un loop saludablemente inagotable.