Rosario, sábado 18 de abril de 2026
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Rosario, sábado 18 de abril de 2026

Funes y la idea de un modelo que trasciende la ciudad

Hay ciudades que crecen y otras que se transforman. La diferencia no siempre está en la velocidad, sino en el sentido. Funes, en estos años, parece haber elegido lo segundo: un camino menos estridente, pero más profundo, donde cada avance se apoya en una lógica que se repite y se sostiene
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Por Heriberto Perfumo

No hace tanto, el punto de partida era otro. Calles sin consolidar, servicios incompletos, sectores enteros degradados. Una ciudad que, en palabras de muchos vecinos, se parecía más a un basural a cielo abierto que a un lugar pensado para desarrollarse. Ordenar ese escenario fue el primer movimiento. Silencioso, poco épico, pero imprescindible.

Después vinieron los hechos. Más de 1.300 cuadras pavimentadas que empezaron a tejer una trama urbana más integrada. Veinticuatro plazas nuevas que devolvieron espacio público y encuentro. Escuelas, jardines, dispensarios renovados. Luces LED que cambiaron la noche. Y una central de monitoreo que no sólo observa, sino que organiza una idea de seguridad distinta: más preventiva que reactiva, más cercana que distante.

En ese entramado, la seguridad dejó de ser una consigna para convertirse en política. La presencia de Gendarmería Nacional Argentina —inexistente años atrás en la localidad— no fue casualidad, sino resultado de gestiones concretas y de una decisión de abrir la ciudad a una lógica de trabajo conjunto.

Hoy hay 14 patrulleros de dicha fuerza nacional, hay coordinación con la policía provincial y hay una red de videovigilancia municipal que alcanza una proporción poco habitual: una cámara cada 89 habitantes. Pero, más allá del número, lo que se construye es otra cosa: una percepción de orden.

Nada de esto aparece aislado. Hay una idea de fondo que atraviesa la gestión: sin infraestructura no hay desarrollo, y sin desarrollo no hay trabajo. Agua, energía, gas, conectividad. Lo básico, lo muchas veces postergado, lo que no siempre se ve en la foto pero define todo lo demás.

Sobre esa base, la ciudad empezó a mirar más lejos: incorporar tecnología, atraer empresas, consolidar un perfil productivo, dejar de ser sólo un lugar donde se vive para convertirse también en un lugar donde se trabaja.

Y ahí aparece una clave silenciosa: la confianza. La relación con el sector privado, la previsibilidad, la idea de que hay reglas claras y continuidad. Sin eso, no hay inversión que se sostenga.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿puede una experiencia así decir algo sobre una escala mayor?

Santa Fe es un territorio diverso, casi fragmentado en identidades propias. El sur industrial, el centro agrícola, el norte con deudas históricas. Pretender una receta única sería desconocer esa complejidad. Pero hay principios que, como las buenas ideas, no dependen del tamaño del mapa: planificar, invertir en infraestructura, incorporar tecnología, cuidar la seguridad, generar trabajo.

En ese punto, el contraste se vuelve evidente. Mientras algunas ciudades ordenan y avanzan, hay deudas estructurales que siguen ahí, inmóviles. Las rutas —sobre todo las nacionales, pero también muchas provinciales— son una postal incómoda: trazas deterioradas que no sólo complican la circulación, dejan pérdidas irreparables. Pero, además, condicionan la producción y el desarrollo. No es un problema técnico; es la ausencia de políticas sostenidas.

Algo similar ocurre con áreas sensibles como la educación, la salud o la propia seguridad. Cuesta imaginar un proyecto de futuro sin empezar por lo básico: salarios dignos, paritarias respetadas, condiciones de trabajo que no dependan de decisiones unilaterales o decretos. Infraestructura escolar y sanitaria acorde, sistemas que funcionen, que acompañen. Pensar una educación a la altura de estos tiempos, una salud integral, una seguridad que prevenga, que patrulle, que entienda el territorio y esté cerca de la gente.

No es una discusión nueva, pero sí una deuda persistente.

Por eso, más que un caso aislado, lo de Funes funciona como una señal. No como modelo cerrado, ni como fórmula mágica, sino como evidencia de que cuando hay planificación, decisión y continuidad, las cosas pasan. Incluso en contextos adversos.

Santa Fe tiene todo: producción, ubicación estratégica, capacidad humana. Tiene puertos, campo, industria, conocimiento. Tiene, en definitiva, un potencial que no encuentra techo. Lo que falta —o lo que todavía no termina de consolidarse— es una forma de ordenar ese potencial, de darle dirección y persistencia.

Quizás de eso se trate. No de copiar experiencias, sino de entender qué las hace posibles. Porque el desarrollo no es un anuncio ni una consigna. Es una construcción paciente, muchas veces invisible, que empieza en lo básico y se proyecta en el tiempo.

Y en ese recorrido, algunas ciudades y modelos como el de Funes —sin hacer demasiado ruido— empiezan a marcar el camino.