La fisonomía de la Costanera Norte de Rosario se ha transformado en el epicentro de un intenso debate político, social y ambiental. La proyectada construcción de un megacomplejo recreativo con piscinas artificiales sobre la playa pública ha encendido las alarmas de vecinos, deportistas y ambientalistas, abriendo una profunda grieta entre la visión de desarrollo urbano del oficialismo y el reclamo por la preservación del espacio público de la oposición y las organizaciones civiles.
El proyecto, impulsado en conjunto por la Municipalidad de Rosario y el Gobierno de la Provincia de Santa Fe, contempla una intervención de gran escala que incluye la instalación de dos grandes piletas de hormigón a metros del Paraná, áreas de servicios, gastronomía y la parquización del entorno. Sin embargo, lo que para las autoridades representa una «puesta en valor histórica» de la zona de la Rambla Catalunya y La Florida, para sus detractores significa la pérdida irreversible del último tramo de playa libre y gratuita de la ciudad.
La defensa oficial: «Un salto de calidad para la costa»
Desde el Ejecutivo municipal, el intendente Pablo Javkin ha salido a defender con firmeza la iniciativa, asegurando que el parque acuático no privatizará la costa, sino que ordenará y jerarquizará un sector que hoy muestra signos de deterioro.
De acuerdo con los informes técnicos y los renders difundidos por el Municipio, la obra contempla la incorporación de canteros con especies nativas, mejoras en la absorción del suelo y una infraestructura moderna pensada para el disfrute de las familias trabajadoras. Las autoridades sostienen que el acceso a la arena seguirá garantizado y desmienten de forma categórica que se vaya a destruir la vegetación autóctona o el paisaje natural.
Ante la escalada de las protestas, el propio Javkin ratificó la continuidad del proceso licitatorio y cruzó con dureza a los sectores que rechazan la obra, acusando a la oposición de montar una campaña de desinformación basada en «imágenes falsas generadas con inteligencia artificial» para sembrar alarma en la población.
Vecinos y ambientalistas: «La mejor pileta es el río»
En la otra vereda, la resistencia social ha ganado volumen de la mano de agrupaciones vecinales, colectivos ambientalistas como la Multisectorial Humedales y El Paraná No Se Toca, y comunidades de deportistas como la Asociación de Kayakistas. Para estos sectores, el proyecto es considerado un «contrasentido ecológico y urbano».
«Construir dos piletas de hormigón a un paso de uno de los ríos más caudalosos del mundo es un absurdo. La mejor pileta es el río Paraná», argumentan los usuarios habituales de la costa. El núcleo del reclamo radica en que la obra avanzará sobre un territorio de arena de uso común, transformando un entorno natural en un espacio con lógicas comerciales y de acceso restringido.
Asimismo, las organizaciones denuncian un impacto ambiental irreversible en la dinámica ribereña y cuestionan severamente la falta de instancias previas de participación ciudadana y de estudios de impacto ambiental transparentes y abiertos a la comunidad. Las protestas ya se han hecho sentir con fuerza en las calles, trasladando el descontento incluso a las puertas de actos oficiales.
La arena política: El debate en el Concejo
El conflicto también paralizó las discusiones en el Palacio Vasallo. Desde los bloques opositores señalan que no se puede disponer de la última playa pública y gratuita de Rosario sin un consenso amplio, y advierten que el modelo de desarrollo costero no puede someter el patrimonio natural de la ciudad a intereses que prioricen la explotación comercial por sobre el derecho al espacio público de los rosarinos.
Con las posiciones rígidamente enfrentadas y la licitación en marcha, el destino de la Costanera Norte permanece en suspenso, abriendo un interrogante clave sobre qué modelo de ciudad y de relación con el río prevalecerá en el Rosario del futuro.