Por Carlos Gómez (*)
Docente patagónico
Al fin llegó la lluvia que tanto hacía falta. Llueve con ganas desde ayer y uno no puede evitar pensar que el planeta, a su manera, siempre intenta salvarse a sí mismo. Lo hace solo, sin ayuda de hombres ni de dioses. Siempre es así.
Sin embargo, frente a esa resiliencia natural, la mano humana no da tregua. La megaminería, la industria del pino invasor (megapinería) y el fracking avanzan destruyendo todo. El hombre no para porque detrás hay negocios inmensos de empresarios y políticos. Los eslóganes que inventan, como “minería sustentable” o “forestación controlada”, no son más que una falacia cínica.
Desde la década del 70, los políticos —sin excepción— han sido socios y cómplices de los empresarios en esta cronología de desastres ambientales y entrega del territorio. Son tantos los responsables que, a veces, parece que ya no se puede señalar a nadie en concreto: presidentes, senadores, diputados, gobernadores e intendentes; una cadena de complicidades que ha vuelto el mal casi irreparable.
Los negociados están firmados, las coimas cobradas y la tierra arrasada, vendida al mejor postor. Mientras tanto, los especialistas que advierten el peligro a tiempo terminan perseguidos o sin trabajo, obligados a irse. En las aulas se enseña conciencia ambiental, pero a veces se siente como un esfuerzo en vano frente a la realidad del terreno.
En la patagonia sabemos verdades irrefutables: el pino renace con más fuerza después de un incendio, desplazando especies nativas. El agua subterránea no se purifica nunca más después del fracking. La fractura de las placas no se suelda. El cianuro de la minería no desaparece después de que se llevan el oro.
No hay vuelta atrás en el daño que el Hombre le está haciendo al planeta y a las futuras generaciones. La lluvia de hoy alivia el fuego, pero no borra la firma de quienes entregaron nuestra tierra.
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(*) Residente de Lago Puelo, Chubut. Profesor en Ciencias Sociales. Docente de Lago Puelo y Cholila.