Roger Stone es un hombre cercano a los ochenta años que no pasa inadvertido. Suele vestirse pomposamente y en sus redes sociales hace gala de su colección de corbatas de seda y de sus trajes de lino de Egipto cosidos a mano. Sombreros, bastones y largos sobretodos con cuello de piel suelen completar sus atuendos cuando se pasea por Nueva York, Washington o Miami.
Está acostumbrado a trajinar los pasillos del poder, lo hace desde la década del 60, cuando puso a prueba su capacidad de lobby e hizo campaña por sí mismo en la escuela secundaria: persuadió al más impresentable de la clase para que sea su antagonista en la elección de representante del curso, y luego convenció a todos los demás de que su opositor propondría al consejo escolar que haya clase los sábados. Ganó por paliza.
Lo que puede considerarse una picardía de estudiante fue un método durante toda su vida de lobbista. Con ese antecedente se afilió al Partido Republicano, a contramano de sus padres que eran obreros y de izquierda, y empezó su militancia activa a favor de Richard Nixon, al punto de involucrarse directamente en el Caso Watergate. Zafó de ir preso con los demás por su capacidad para ser sinuoso a la hora de esquivar complicaciones. Durante la campaña de 1972, Stone realizó actividades de espionaje, pues contrató a un infiltrado en la campaña de Hubert Humphrey, el rival de Nixon. También realizó donaciones a la campaña demócrata en nombre de una organización socialista para luego filtrar el recibo a la prensa. Él mismo admitió que, por las noches, «traficaba con las artes negras». Los grandes medios estadounidenses no ahorraron adjetivos y lo llaman, simplemente, un “sucio embaucador”.
Su obsesión con Nixon viene desde entonces. No solo se tatuó su rostro en la espalda, sino que su oficina es descrita como “El Salón de Nixonia”, pues está decorada con toda parafernalia del expresidente, junto a posters de stripers y fotos con la actriz porno Nina Hartley.
Durante los ochenta cofundó Black, Manafort y Stone, una firma dedicada al cabildeo que alcanzó un enorme poder en Washington, con la que representó tanto a corporaciones estadounidenses como a gobiernos extranjeros. La empresa utilizaba métodos tan contundentes que se la conoció como el «Lobby de los Torturadores» por su disposición a representar a dictadores brutales como Mobutu Sese Seko del Congo y a Ferdinand Marcos de Filipinas.
Por entonces fue su primer contacto con Donald Trump: el por entonces desarrollador inmobiliario tenía algunos de sus tentáculos empresariales en la industria del juego. Stone facilitó a Trump varias concesiones y licencias para el funcionamiento de casinos en Nueva York, oficio que lo sentó de lleno en la mesa chica del ahora presidente. Son amigos desde entonces, la noche y las fiestas son, también, algo que tienen en común.
Tan es así que en 1996 y cuando Stone estaba en plena organización de la campaña de Bob Dole, tuvo que renunciar precipitadamente porque estalló un escándalo en la prensa que le daba de lleno: se reveló que tanto él como su esposa Nydia Bertrane, socia también en algunas iniciativas políticas de extrema derecha, habían publicado la década anterior anuncios en revistas del universo swinger en las que buscaban parejas sexuales.
Los avisos incluían fotos y detalles de apetencias y deseos que él, hablando en primera persona, atribuía a su nunca satisfecha esposa. Cuando su intimidad quedó expuesta, negó todo y culpó a un sirviente despedido de su mansión quien, supuestamente por despecho, hizo esas fotocomposiciones. Finalmente, cuando aparecieron otros avisos y testimonios de personas que habían compartido lecho y fiestas con el matrimonio, terminó por admitir la autenticidad de los avisos. Eran los ochenta de las noches de NY, el poderío de Donald Trump, y las fiestas del incipiente Jeffrey Epstein que nucleaban a unos y otros.
Como consultor del Partido Republicano trabajó en las campañas de Nixon, Ronald Reagan, Bob Dole y por último, de Donald Trump, a quien propició para presidente en el 2000. En todas ellas usó la manipulación de terceros partidos para sabotear a los demócratas, infiltró campañas como la de Al Sharpton y hasta la del mismísimo Trump en el Partido de la Reforma con tal de beneficiar a los republicanos.
A veces, quizá producto del desvelo, cometía torpezas imposibles. En 2007 nuevamente fue obligado a renunciar al comité de campaña porque una noche se le ocurrió llamar al padre de Eliot Spitzer, un competidor demócrata en esas elecciones. Bernard Spitzer, de 83 años, no atendió los llamados pero en su contestador quedaron grabados decenas de llamados con insultos de bajísima estofa y sobre todo, amenazas del tipo “si tu hijo no se baja de la candidatura…” . La voz era inconfundible: la de Roger Stone. Pero si había alguna duda, enseguida la justicia la disipó. Los llamados se hicieron desde la línea telefónica hogareña del lobbista. Puertas afuera, Trump simuló indignación y tildó el acto de “ridículo y estúpido”, aunque siguieron siendo amigos.
Tan es así que en 2016 creó el grupo “Stop the Steal” con el que pergeñó una campaña de intimidación de sus oponentes: revelar cada uno de sus movimientos, direcciones, números telefónicos y vínculos familiares de cada uno de los delegados que se opusieran a Trump, un método que luego se trasladó a redes sociales y se conoce como “doxxeo”, algo que en Argentina incorporaron “Las Fuerzas del Cielo”.
Como lo que importan son los fines más allá de los métodos, tampoco fue muy prolijo con algunas tareas y alianzas y terminó tras las rejas. Fue en 2019 y por una causa que se remontó a 2016, cuando fue investigado por su posible coordinación con Julián Assange y el hacker Guccifer2.0, vinculado a la inteligencia rusa, para publicar correos electrónicos que perjudicasen a Hillary Clinton.
En 2019, en una redada del FBI ampliamente cubierta por todos los medios, fue arrestado y acusado de siete cargos gravísimos: obstrucción de la justicia, mendacidad en las declaraciones ante legisladores federales, manipulación de testigos en la causa Wikileaks. El exasesor hizo varias declaraciones falsas sobre sus contactos con Wikileaks al comité de inteligencia de la Cámara de Representantes y trabajó para obstruir otras investigaciones, al tratar de persuadir a un testigo para que mintiera y retuviera información relevante, de acuerdo con la acusación.
De todos modos, la vida entre rejas no era lo suyo y su amigo se compadeció: Donald Trump lo indultó y Roger Stone volvió a su casa.
Desde que está en libertad es, como antes, un asiduo invitado a las redes de noticias más importantes. Sin embargo, en los últimos meses, fue expulsado de CNN y de MSNBC, medios que ya no lo quieren en su grilla de invitados por sus tuiteos ofensivos y racistas contra figuras de esas empresas, a los que suele tildar de “negros estúpidos” o “diva mugrienta”. Llegó incluso a sugerir que uno de los periodistas debería suicidarse, en esa línea tan mileísta de “no se odia lo suficiente a los periodistas”.
También escribe libros. Las críticas literarias lo han calificado a sus obras como “basura” o “manuales de destrato”, pues allí sostiene teorías conspirativas indemostrables. En su libro titulado The Man Who Killed Kennedy: The Case Against LBJ, publicado en 2013, Stone sostiene la teoría de que Lyndon B. Johnson estuvo detrás de una conspiración para asesinar a Kennedy. Además de esta acusación, Stone afirma en su obra que Johnson fue cómplice en al menos otros seis asesinatos; o que Bill Clinton es un violador en serie y Hillary su encubridora. Como parte de este at aque a la familia, el libro también incluye la afirmación sin pruebas de que el padre biológico de Chelsea Clinton es en realidad Webster Hubbell.
En el documental “Get Me Roger Stone” que se pude ver en la plataforma Netflix, el propio protagonista se presenta como una “agente provocador” y hace gala de haber sido el primero en usar campañas de publicidad negativa en campañas políticas y destaca sus mandamientos como por ejemplo “es mejor ser infame que ser desconocido” o “para ganar hay que hacer lo que sea”.
MIAMI ICON
Desde entonces es un asiduo visitante de Mar A Lago, a donde suele ir como disertante pago de algunos eventos y en otras ocasiones como invitado de honor. La noche del 10 de febrero será el orador principal en la Gala de la Hispanidad que organizó el narcotraficante Tony Delgado y que cuenta con Javier Negre, el español dueño de La Derecha Diario como presentador.
No será la primera vez que Stone esté con Javier Milei, ya compartieron una de esas galas de Palm Beach en febrero de 2025. Tampoco es novedad que Stone esté vinculado con La Libertad Avanza y a extrema derecha mileísta argentina. Desde 2024 se dice que asesoró a la corte presidencial en algunos temas puntuales, y tuvo encuentros con algunos líderes de “Las Fuerzas del Cielo”, como Agustín Romo. Tan es así que Juan Pablo Carreira, funcionario de prensa del gobierno y conocido en redes como Juan Doe, lo entrevistó para su canal de instagram.
¿La gala en Palm Beach es el 10, pero una semana antes ya llegaron allí el diputado provincial Agustín Romo, secundado por el provocador influencer de “Carajo” Daniel Parisini, más conocido como “Gordo Dan”. Los dos tuvieron lo que aparenta ser un encuentro fortuito y callejero con Stone, con quien se tomaron fotos que divulgaron tanto en sus redes personales como en el órgano de difusión mileísta “La Derecha Diario”, de Javier Negre.
La pregunta vuelve a imponerse: ¿Quién paga los costos de estos viajes que nada tienen que ver con alguna agenda oficial, son para un evento privado por el que se pagan entradas que trepan hasta los 200mil dólares, y que derivan de sus funciones y agenda durante días al presidente de una Nación?
Fuente: dataclave.com.ar