Miguel Passarini
Un rincón que encierra detalles de muchos otros rincones y un texto que repite esa fórmula, que es todo y nada al mismo tiempo, es la clave que encierra la icónica obra Rojos globos rojos, de Eduardo Tato Pavlovsky, estrenada originalmente en 1994, que propone la disección de un absurdo, la caída de un actor que brilló en otros tiempos y hoy es apenas un maestro de ceremonias, el derrumbe de una especie de varieté sagrado que, entre muchas otras cosas, esconde la trastienda del teatro independiente donde se apilan vestuarios, zapatos, maquillajes, fotos y recuerdos, que duelen y divierten en partes iguales.

Un teatro está a punto de cerrar, las cuentas no dan y nada parece tener sentido frente al vacío y la desazón que provoca la ausencia de un público que alguna vez habitó la platea y aplaudió cada gesto.
“Esta obra es una multiplicación, una reescritura que incluye escenas y fragmentos de otras obras fundamentales del propio autor. La Muerte de Marguerite Duras, Pablo, Cámara lenta, Paso de dos, Cerca, Potestad, profundizan el mundo pavlovskyano y nos muestran a través de El Cardenal (también una relectura del protagonista de la obra homónima) y Las Popis la desesperación por mantenerse en el escenario, ante el posible cierre de su teatrito”, escribe Fran Alonso, joven, creativo, arriesgado y talentoso teatrista local, aquí en el rol de director, con las actuaciones de Diego Bollero como El Cardenal, y Laura Fuster y Estela Argüello como Las Popis.

En principio, qué saludables (y tristemente infrecuentes) son siempre los cruces generacionales, poéticos y de formaciones, fuera de todo “ghetto” en el teatro rosarino. Una prueba de eso es esta versión local (muy rosarina y muy atinada) de Rojos globos rojos, una comedia absurda acerca de los límites de la resistencia cultural que desnuda todo aquello que se presume del teatro de arte, entre la ternura y la zozobra, lo que además se vuelve una enorme paradoja y una fuerte metáfora donde aquella denuncia poética de Tato Pavlovsky, de los años 90, traza un puente que llega hasta el aciago presente.
Esta versión local trasunta lo teatral, pasa por detrás de un cortinado de ficción y se mete en un barroco camarín en el que abundan viejas fotos de otros héroes más o menos anónimos de la escena, dejando en el espectador el gusto amargo de lo que a simple vista parecen derrotados pero que, sin embargo, se inscriben en la lógica de los más hermosos perdedores del teatro rioplatense de todos los tiempos.
Pero además, esta mirada acerca de la obra original redunda en rosarinidad y más allá de que evoca algunos nombres reales de históricos de la escena local, pareciera rendir tributo a todos aquellos que alguna vez resistieron desde la escena con lo que había, con lo que se podía (con lo que hay y se puede), y algo adentro de la propuesta sigue el rastro de un dramaturgo y maestro del teatro argentino que sostenía que si no se iba a fondo la cosa no funcionaba porque por poco que le quede al teatro independiente, le queda el riesgo de lo vivo que es algo irremplazable.
Notables en todos los casos, las actuaciones habitan ese mundo y lo hacen propio, sin duda, con una de las mejores performances de Diego Bollero, un actor de largo aliento que encuentra aquí un personaje muy a su medida logrando entablar, también junto a sus compañeras, un diálogo con aquél absurdo de antaño al que, sin embargo, traen con una bella frescura hasta el presente, haciendo de los tres pilares del teatro de Pavlovsky, la violencia, la memoria y el cuerpo muy presente, desde el concepto de multiplicación dramática, un juego que habilita grandes momentos que van del humor a la nostalgia con apasionada organicidad.

Pero además, hay una decisión política de todo el equipo a la hora de revisitar a un maestro muy necesario en estos tiempos oscuros, el inolvidable Tato, médico psiquiatra, actor (de los mejores), dramaturgo, director y maestro argentino, especialista en psicodrama, que entendió de oscuridades, dolores y pesares antes que nadie en el teatro argentino, y puso a dialogar a lo largo de todo su recorrido la poética con la política con notables resultados.
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Así, todo funciona correctamente en escena: desde el entrenamiento coreográfico de Estafanía Salvucci que pareciera romper con cierta prolijidad del movimiento en los pasajes musicales, a las luces y escenografía de Niche Almeyda, todo resuelto con mucho más ingenio que presupuesto, hasta el punto destacado en el vestuario y maquillaje de Lorena Salvaggio, que logra desde el cocoliche y el rejunte, muy bien entendidos, sumarle mucho a la construcción de cada personaje, además de la música original de Claudio Lo Giudice, la fotografía de Daniel Carballido y la gráfica de Fernando Galassi, con prensa y comunicación de Conectarte (Andrea López Mediza y Leandro Gambetta).

Esta versión de Rojos globos rojos tiene mucho del Universo Pavlovsky en su revisión del texto para que resuene acá, en su afán inconformista, delirante y sin medias tintas; también en sus formas de navegar en la locura y la creatividad y en una idea de un teatro que desaparece como un globo rojo que se desinfla en el aire debajo de una luz.
Respecto de ese tránsito, el autor planteó alguna vez con notable lucidez: “No se puede jugar a medias. Si se juega, se juega a fondo. Para jugar hay que apasionarse. Para apasionarse hay que salir del mundo de lo concreto. Salir del mundo de lo concreto es incursionar en el mundo de la locura. Del mundo de la locura hay que aprender a entrar y salir. Sin meterse en la locura no hay creatividad. Sin creatividad uno se burocratiza, se torna hombre concreto, repite palabras de otro”.
Para agendar

Rojos globos rojos, de Eduardo Pavlovsky, bajo la dirección de Fran Alonso, se presenta los viernes, a las 21, en la sala La Orilla Infinita. Entradas anticipadas: ACÁ.