Por Luciano Vigoni/ Especial para El Ciudadano
Lo ocurrido hoy en San Cristóbal, en el norte de la provincia de Santa Fe, es un hecho que debería no solo entristecernos como país, en todos sus territorios, sino obligarnos a frenar por unos días otras discusiones. Dejar de hablar del dólar, de las tasas, de los números de la economía o de los relatos sobre la reducción de la pobreza de un gobierno que parece mirar casi exclusivamente esas variables, y meternos de lleno en una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué hace una nación, una provincia, una comunidad frente a algo así?
Porque lo que pasó no es un hecho más. No es un episodio que se pueda archivar rápidamente en la sección policiales. Tiene una carga simbólica enorme. Lo premeditado del hecho estremece: llevar una escopeta en un estuche de guitarra, sacarla y disparar a mansalva en pleno saludo a la bandera. Hay algo que se rompe ahí, algo que desarma sentidos muy básicos sobre lo que creíamos que era la escuela.
Durante años vimos escenas así como algo lejano, ajeno, casi cinematográfico. Dallas, Houston, tantas escuelas en Estados Unidos, la sociedad más armada del planeta. Eran imágenes que nos impactaban, pero que sentíamos distantes, propias de otra cultura, de otra lógica social. Se veía lejos, tan lejos como los kilómetros que nos separaban.
Sin embargo, desde ayer, con tristeza y angustia, intentando entender sin caer en el morbo, aparece algo que inquieta todavía más: nadie parece realmente sorprendido. Incluso docentes, gente que está todos los días en las aulas, repiten una frase que duele: “era cuestión de tiempo”. Que algo así deje de ser impensable es, en sí mismo, un problema enorme.
Y además, esto no pasó en una gran ciudad. No fue en CABA, ni en Rosario, ni en Córdoba o Mendoza. Pasó a 170 kilómetros al norte de Santa Fe capital. Eso también dice algo. Habla del nivel de penetración que tienen hoy las redes, los dispositivos, ese mundo virtual que atraviesa todo. Un mundo que no solo entretiene, sino que produce formas de ver, de sentir, de desear. Que instala modelos de vida, de éxito, de felicidad —muchas veces inalcanzables— pero que igual operan, igual marcan, igual dejan huella en la vida de niños, niñas y jóvenes.
Seguramente, por la lógica de la agenda y la necesidad constante de información que tape a la anterior, en unas semanas este caso va a desaparecer de los medios. Va a ser reemplazado por otro tema, otra urgencia. Pero no debería. Debería ser, lamentablemente, un punto de inflexión. Un llamado de atención para empezar a discutir en serio qué estamos haciendo como sociedad si no queremos naturalizar niveles cada vez mayores de violencia.
Hace tiempo que en cualquier charla aparece el tema. Entre padres, docentes, amigos. La tecnología y los pibes. La crianza atravesada por pantallas. Los límites cada vez más difíciles de poner. Hay mucho escrito, muchas recomendaciones, especialistas que hablan del tema. Pero la sensación general es otra: el celular nos pasó por encima. Y sobre todo en algo clave, que es la producción de subjetividad.
Videojuegos, YouTube, Instagram, TikTok, Netflix. Horas y horas. No es lo mismo ver una novela una hora por día que mirar tres o cuatro capítulos seguidos de series donde predominan la violencia, las lógicas mafiosas, la muerte como algo cotidiano. A eso se suma un flujo constante de contenidos: chistes, bullying, exposición, sexualización cada vez más temprana, dietas, cuerpos ideales, vidas perfectas.
La imagen –y casi solo la imagen– empieza a ser la referencia principal. Lo visual define quién está adentro y quién queda afuera. Qué vale y qué no. Qué se muestra y qué se oculta.
La virtualidad hoy impone modelos, desafíos, ideas de riqueza y de poder en cuestión de minutos. Instala una lógica de deseo permanente, de insatisfacción constante, de necesidad de tener más, de ser más, de no quedarse atrás nunca.
Y eso no es abstracto. Tiene efectos concretos. En la autoestima, en los vínculos, en la forma de habitar la escuela, en la manera de tramitar la frustración, el enojo, la soledad.
Hoy mismo circula un video de los jugadores campeones del mundo llegando al predio de la AFA. Es gracioso, liviano, compartible. Pero también deja ver algo más profundo: dónde está puesta hoy la producción del deseo. El juego online, el “casinito”, la lógica de la apuesta, del ganar rápido, del todo o nada. Todo eso viene impactando fuerte en la salud mental en los últimos años. El bullying, las cargadas, la exposición permanente, el juicio constante.
Frente a esto, la política –y las dirigencias en general– no pueden seguir corriendo de atrás. No alcanza con diagnósticos aislados ni con discursos de ocasión. Alguien tiene que empezar a hacerse cargo de regular, de ordenar, de intervenir. Sabemos que estas plataformas son hoy grandes generadoras de dinero, piezas centrales de un capitalismo global cada vez más concentrado. Pero también son actores que están moldeando la vida cotidiana de nuestros pibes.
Y hay otro elemento que se suma y que agrava el escenario: la expansión de los discursos de odio. Muchos vienen de afuera, de conflictos globales, pero en nuestro país encontraron terreno fértil. Y la política, muchas veces por cálculo o por conveniencia, en lugar de frenarlos, los amplifica. Se sube a esa lógica de dividir entre buenos y malos, de endurecer posiciones, de naturalizar la violencia, de mostrar armas, de instalar que la dureza es el único camino posible.
Todo esto en una sociedad que ya viene golpeada. Atravesada por problemas económicos, por incertidumbre, por un malestar psicosocial que no deja de crecer. Los datos lo muestran: aumentan los problemas de salud mental en niños y jóvenes. La violencia aparece cada vez más. Los suicidios empiezan a ocupar un lugar que antes no tenían en la agenda pública.
Entonces la pregunta vuelve: ¿qué hacemos con esto?
Porque no alcanza con señalar a un responsable individual ni con buscar una explicación rápida que nos deje tranquilos. Hay algo más profundo que está en juego. Tiene que ver con cómo estamos construyendo los vínculos, con qué lugar le damos a la escuela, a los clubes, a los espacios comunitarios, a los adultos en la vida de los chicos.
Bajar el nivel de violencia no es ingenuidad. Salir de los discursos de odio tampoco lo es. Es, en todo caso, una necesidad urgente.
Volver a poner en el centro la idea de comunidad, de lazo, de cuidado, de responsabilidad compartida. Entender que nadie se salva solo, que lo que le pasa a un pibe en una escuela a 170 kilómetros no es ajeno.
Porque si algo está en juego es la posibilidad misma de vivir con otros.
Y vivir con otros –con más escucha, con más presencia, con más solidaridad– sigue siendo, quizás, lo único que puede hacer un poco más habitable una realidad que, para muchos, se volvió demasiado angustiante