Fuente, Conicet
La investigadora adjunta del CONICET e integrante del ISHIR (CONICET-UNR) Paula Sedran lleva adelante esta investigación que tiene sus raíces en el análisis de otra problemática que abordó durante su formación de grado y doctorado, vinculada al orden social. “Encontré que a fines del siglo XIX, las élites políticas usaban el alcohol para atacarse entre sí. Se acusaban mutuamente de movilizar a ‘borrachos’ y los asociaban con la barbarie, mientras cada sector se presentaba a sí mismo como el defensor de la civilización” indica la investigadora.
Paula Sedran se propuso indagar cuál era la relación histórica a partir de finales del siglo XIX entre ciertos discursos y el riesgo social efectivo que presentaban. En este sentido se valió de un enfoque sociocultural para pensar la relación entre los sentidos que la sociedad crea, sostiene y reproduce y las relaciones sociales de poder efectivas que se construyen.
Para el estudio se consultaron fuentes policiales y se constató lo que las denuncias indicaban: “Por un lado, a partir de las acusaciones se podía concluir que la gente ebria era el desastre de la sociedad, pero comparativamente, a nivel cuantitativo, los arrestos por motivos de ebriedad y alguna forma de violencia, no eran significativos”. En este sentido, se pregunta Sedran “¿Por qué tanta importancia, tanto énfasis en la ebriedad? ¿Cómo participa lo que nosotros pensamos del mundo, de las relaciones sociales que producimos y reproducimos y que estructuran la sociedad? Conforme iba leyendo fuentes sobre el consumo de alcohol, más aparecía el hecho de que había un hiato entre discursos muy estereotipados y alarmistas pero unas prácticas que no iban de la mano con eso”.
Los consumidores “buenos”
Hay una parte de ese consumo de alcohol que las fuentes no muestran, lo que los antropólogos llaman integrativo, que es la ingesta de alcohol aceptada, religiosa, festiva, doméstica o nutritiva. “De ahí se derivaron dos cosas: un fuerte sesgo en la producción historiográfica ya que solamente se toma el alcohol como un problema y se lo analiza, es decir: decidimos previamente que esto es un problema y ahí vamos a buscar las fuentes que lo validen, lo cual implica a-historizarlo. Porque efectivamente, es un problema en determinados momentos, en determinados grupos, en determinadas formas, pero ¿desde cuándo? ¿para quién? ¿De dónde sale eso? ¿Siempre fue un problema? ¿Todas las bebidas son un problema en todos los momentos?” señala Sedran.
“Tanto en publicidades, poemas y noticias, el alcohol aparecía de modo chistoso, pintoresco, es decir, ahí cambia rotundamente el discurso. Retomando el planteo del antropólogo argentino Eduardo Menendez ¿Cuáles son los usos, entre comillas, normales y aceptados, de una práctica que se suele visibilizar socialmente sólo como un problema? Esto se vincula a otra gran pregunta: en el proceso de medicalización social, del campo de la Salud en el siglo XX, ¿Qué pasó que la medicina perdió con el alcohol? El alcohol se sigue consumiendo ampliamente, el alcohol sigue siendo disputado socialmente en su sentido y la medicina no logró establecer el significado principal y hegemónico de lo que es beber alcohol” explica la investigadora.
A la distancia se ve distinto
La mirada social sobre el consumo de alcohol cambió con el tiempo. Hasta al menos los años ´60 era común darles alcohol diluido a niños y niñas en el ámbito familiar, como parte de prácticas ligadas a la comensalidad, la nutrición y los roles familiares. Esto estaba naturalizado y no generaba escándalo, como muestran la prensa, la literatura y los manuales de cocina de la época, que incluían recetas con alcohol y promovían prácticas como el vermú. “El rechazo actual surge retrospectivamente, lo que muestra cómo se transforman las sensibilidades y los sentidos sociales atribuidos al consumo” indica Sedran.
En Santa Fe, durante la primera mitad del siglo XX, el mercado tuvo un rol central en la resignificación del consumo de alcohol. Desde los años de entreguerras la cerveza, que era una bebida ya muy consumida, fue objeto de una campaña por instalarla como la primera bebida hogareña, no nociva y nutritiva, en detrimento del vino. Con el tiempo, y ante la creciente preocupación por el alcoholismo, esta imagen se transformó y la cerveza pasó a resignificarse como patrimonio cultural. “Esto muestra cómo las percepciones sobre las bebidas alcohólicas cambian y cómo el mercado influye en la construcción de esos sentidos” señala Sedran.
No depende de la práctica, sino de su autor
A fines del siglo XVIII en Inglaterra surgieron los llamados “pánicos del gin”, cuando el consumo masivo de esta bebida entre los sectores pobres generó alarma social. Este fenómeno se debió a que el gin era extremadamente barato ya que podía elaborarse a partir del excedente de azúcar del Caribe, la producción de ron y contaba con la eliminación de impuestos y licencias por parte del Estado. Sin embargo, la campaña pública contra el gin ignoró estas causas económicas e históricas y atribuyó el problema del aumento de consumo a la supuesta inmoralidad de los pobres.
Para su investigación y el análisis de ciertos temas, la investigadora habilita darle lugar a la ambivalencia, a la convivencia de heterogéneos. “En un mismo momento -principios de siglo, Santa Fe- en un mismo lugar e inclusive pensando un mismo género de fuente, me encuentro con estas dos posturas, miradas, sentidos opuestos: el alcohol como flagelo y, al mismo tiempo, la copita elegante invitada por un embajador. Está todo junto, convive, y nadie parece hacerse demasiado drama” señala la Dra. Sedran.
“Lo más verosímil hasta ahora, para explicar esta contradicción, es pensar que antes que la sustancia, antes que pensar el objeto, lo que se está pensando socialmente es al sujeto, entonces hay determinados sujetos que son problemáticos y determinados sujetos que pueden beber distinguidamente. Es ese mismo proceso que valoriza prácticas en función de las identidades sociales que las practiquen”.
Legal e ilegal
En la coyuntura de la Primera Guerra Mundial —momento en que se redefine globalmente el estatuto de las sustancias psicoactivas— los opioides y los alcaloides fueron ilegalizados en bloque, mientras que el alcohol y el tabaco continuaron siendo legales.
La legalidad del alcohol explica en parte la menor influencia del discurso médico sobre su consumo, ya que este no tuvo un peso decisivo en ese momento. Las economías nacionales, el lobby empresarial, ciertos movimientos sociales y, sobre todo, el profundo arraigo cultural del alcohol —del que carecían otras sustancias— contribuyeron a que se mantuviera dentro del marco legal. Esto se vincula con la lógica del capitalismo y con la manera en que, durante el siglo XX, el mundo occidental comenzó a prestar mayor atención a las mayorías, resignificando determinadas commodities o mercancías y consolidando su lugar en la vida social.
Estereotipo
En el marco de la proximidad de la conmemoración de los 50 años del golpe militar de 1976, es interesante pensar cómo el propio Estado argentino consideraba el consumo de sustancias psicoactivas en ese momento histórico. El esquema dentro del cual se piensa el alcohol es el de las toxicomanías, las cuales se ligan a un determinado perfil etario, moral y político e ideológico. Entonces, los toxicómanos son, por default, subversivos, por default, jóvenes, es decir, se crea un estereotipo que termina condicionando las prácticas del Estado y las prácticas del sistema de salud del Estado.
Paula Sedran junto a Carla Reyna, investigadora del IRES (CONICET NOA SUR), investigan una publicación oficial del Ministerio de Salud Pública del período de la última dictadura militar, tratando de ver cómo definía el Estado argentino el alcoholismo como enfermedad. “La revista se encuentra en línea con lo que en los ´40 definen los estadounidenses, y que luego se hace hegemónico porque lo toma la OMS: alcoholismo es cualquier consumo de alcohol que genere un daño al individuo y a la sociedad. El axioma es: es una enfermedad, la tienen que tratar los médicos, pero los médicos no saben qué es, no saben cuáles son los síntomas y tampoco conocen las causas. Es tan amplia la definición que abarca a todo el mundo, es decir, todo aquel que tome un poquito de alcohol tiene un problema de salud” cuenta la investigadora.
Cuando esta publicación da prescripciones sobre lo que hay que hacer con un alcohólico, sigue hablando de moral y de vicio. “El alcoholismo es una enfermedad, la tienen que tratar los médicos, pero sólo la voluntad del enfermo lo puede sacar de este vicio. Otra vez, una mezcla de paradigmas y de sentidos, siendo que se trata una publicación oficial del Ministerio de Salud, con notas firmadas por psiquiatras. Desde la mirada médica se trata de una enfermedad y por lo tanto hay que curarla y no se considera qué tipo de consumo es ni qué tipo de relación tiene la persona con esa sustancia. Como no tienen elementos científicos para definir la enfermedad desde el modelo médico hegemónico, apelan a la moral y la tendencia que predomina es: algunos sujetos alcohólicos beben para evadir el desamor”.
“El Estado argentino nunca desarrolló políticas sostenidas, integrales, específicamente direccionadas al alcohol, que impliquen prevención, información, tratamiento, tema que sí se llevó a cabo con el tabaco. Esto se explica porque se ha logrado una cierta correlación de fuerzas con las grandes empresas y los intereses privados” concluye la investigadora.