Rosario, martes 28 de abril de 2026
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Rosario, martes 28 de abril de 2026

A 50 años de «Ramones», el disco fundador del punk-rock y el que eternizó el “Hey Ho! Let’s Go”, el grito de guerra que resiste el tiempo

Ese primer disco de Ramones fue una apertura definitiva a otra dimensión del rock y a la banda puede vérsela como fundadora y arquitecta del subgénero. Un álbum debut que constituiría una bisagra y que a pura vertiginosidad y aspereza establecería otro paradigma en la escucha rockera, construyendo verdaderos himnos con tres acordes
A 50 años de "Ramones", el disco fundador del punk-rock y el que eternizó el “Hey Ho! Let's Go”, el grito de guerra que resiste el tiempo

Jeffrey Hyman, John Cummings, Douglas Colvin y Thomas Erdelyi tenían entre 24 y 25 años en 1974, y vivían en Forest Hills, un barrio de clase media neoyorkino en el distrito de Queens. A la New York de esa época la asolaban las drogas duras, los traficantes y el gran bajón que significó la derrota estadounidense en Vietnam; un Gerald Ford a quien cada vez le costaba más sostener un republicanismo herido luego de la renuncia de Nixon por el Watergate y una pila de desquiciados vueltos del infierno del sudeste asiático que pululaban por las calles sin saber si haber sobrevivido valía la pena. Esos cuatro jóvenes se juntaban en bares de fauna variopinta, cuando no de yonquis, a beber cerveza y ver cómo conseguían dinero para comprar algunos instrumentos que les faltaban para salir al ruedo como banda.

Vestían camperas de cuero negras, camisetas con notables agujeros, zapatillas raídas y lo único que parecían cuidar era sus melenas, que aunque podían verse algo desaliñadas, también parecían ser peinadas con meticulosidad de coiffeur. No tenían nombre todavía y por las tardes aturdían a los vecinos de un edificio haciendo literalmente “ruido” desde el subsuelo que el bueno de un portero –al que “compraban” con una botella de whisky barato– les prestaba. La historia dice que fue a Jeffrey y a Thomas a quienes se les ocurrió ponerse lo que podría sonar como un apellido, Ramone, una idea fraterna que los hermanaba y que al mismo tiempo les dio otros nombres de pila: Jeffrey fue Joey y era quien cantaba; John fue Johnny y era el violero; Douglas fue Dee Dee y calzó el bajo, y Thomas quedó como Tommy mientras aporreaba los palillos de su batería. Esa nueva identidad los hacía sentirse más cerca del lumpenaje y los perdedores con que se cruzaban a diario, y así salieron a recorrer bares que comenzaban a recostarse en la subcultura musical y social, que poco después se conocería como punk, con el estandarte de lo rápido y ruidoso con que enarbolaban esas bandas su concepto rítmico.

Los Ramones llegaron a tocar 74 veces en la legendaria sala –y cuna del punk– CBGB, con conciertos de duración media que a veces no llegaban a los 20 minutos, pero fue allí que construyeron fidelidad entre el público que iba a poguear enfervorecido y apareció su primer manager, Danny Fields, que acababa de dejar de serlo de Iggy Pop y los Stooges, que confió en que había encontrado un filón musical y les consiguió el primer contrato que firmaba una banda punk. Los cronistas de la época coinciden en que la banda parecía conformada por tipos que parecían estar ahí porque no podían estar en ningún otro lado; no importaba demasiado cómo hacían las cosas, sino, simplemente, se dedicaban a hacerlas. Algo de absurdo e improvisado caracterizaba sus movimientos afuera y arriba del escenario, pero no lo ocultaban y entonces todo sonaba más auténtico.

En una entrevista de los 90, Richard Hell, que fue miembro de algunas bandas punk de peso específico como Television y The Heartbreakers describió muy claramente la respiración que hacía mover a los Ramones: “Sonaban realmente destartalados. Solo tenían cinco o seis canciones y eran tan pobres que tenían que llevar sus guitarras en bolsas de lavandería, y se confundían con lo que hacían y empezaban a gritarse. Eran como los tres chiflados: siempre enfadados, pero de una forma divertida. Tiraban sus guitarras al piso por la frustración que les daba olvidarse qué canción se suponía que debían estar tocando. Tenías que adorarlos. Las canciones eran irresistibles, incluso si trataban de aspirar pegamento. Todo estaba calculado, pero al mismo tiempo eran unos completos payasos”. En 1976, esos cuatro tipos que quedarían inmortalizados en un callejón del Bowery, detrás de un bar de borrachos perdidos, grabarían Ramones, su primer disco, y utilizarían esa foto para la portada de ese registro, que por estos días cumple 50 años.

«Tocá desde el corazón y seguí tu instinto»

En Ramones son patentes las limitaciones compositivas e instrumentales de la banda; sin embargo tenían una energía arrolladora, sintetizada en canciones veloces y sucias de tres minutos promedio, que provocaría un quiebre en la historia del rock, primero planteando la novedad del punk-rock –paralelamente a los Sex Pistols en Gran Bretaña, pero ese es todavía un debate no saldado– y luego desdeñando los contratos puramente comerciales que proponían los sellos, tales como vestirse como quisieran sin ningún tipo de condicionamiento  y hacer de la poca habilidad instrumental, una marca de identidad. El propio Joey Ramone selló ese credo con la frase “tocá desde el corazón y seguí tu instinto”.

El lugar que ocupó Ramones y su música tuvo un tono de revuelta: abominaron del virtuosismo y la pretenciosidad con que parecía vestirse buena parte del rock de la época y retomaron la senda de un rock más primitivo; en todo caso, aquel que sonaba en los 40 y 50. En las letras de sus canciones hay un rescate de cierto consumo basura, como la tevé, las pizzas –que ostenta el primer lugar en las preferencias de los punks–, las hamburguesas; los films documentales sobre la Segunda Guerra, el terror de los films clase B, los comics, las máquinas expendedoras de gaseosas, pero también algunas cuestiones relacionadas con el espíritu lumpen, sobre todo la delincuencia ocasional para proveerse de drogas y la prostitución masculina.

El tema “53rd & 3rd”, se supo después, se basaba en la experiencia de Dee Dee como taxi-boy en esa esquina del título ubicada en Manhattan y las últimas estrofas describían al protagonista asesinando al cliente. La de “Now I Wanna Sniff Some Glue” menciona la afición a aspirar pegamento y la de “Beat On The Brat” describe a una madrastra persiguiendo a un niño con un bate de béisbol con ferocidad para aplastarle la cabeza, luego de que el pequeño orinara sobre su comida. Los Ramones resultaron controvertidos y hasta estuvieron a punto de ser enjuiciados por apología cuando introdujeron iconografía nazi mientras sonaba “Blitzkrieg Bop” y “Today Your Love, Tomorrow The World”, pero todo apunta a que esa provocación no era demasiado consciente, sino surgida de una forma de estar en el mundo sin medir las consecuencias.

Con el tiempo aquel disco se convirtió en un clásico, y si se piensa en su producción, parece una broma del destino. Fue grabado en apenas siete días en un estudio sobre el icónico teatro neoyorkino Radio City Music Hall y tuvo un costo de 6400 dólares. Su fidelidad no era la que podía escucharse en los discos de las grandes bandas, pero la ingeniería de sonido utilizada sería toda una novedad para el sonido crudo y vertiginoso desplegado, y a partir de allí generó un nuevo modo de grabar para ciertas formaciones similares, es decir, toda una declaración de principios estética que contenía la iracunda guitarra de Johnny, el musculoso bajo de Dee Dee y el anclaje furibundo de la bata de Tommy, un basamento ideal para que planearan sobre ellos la voz nasal y los abrasivos gruñidos de Joey. No pocos señalaron que los conciertos de los Ramones eran la perfecta instancia para cuando el flash anfetamínico estaba en plena escalada.

Los tracks endiablados

Los temas del disco fueron 14, seleccionados entre una pila de demos que Ramones había grabado en diferentes instancias; nueve de ellos serían regrabados, de los cuales siete no tendrían cambio alguno en títulos y letra. Estos eran: “I Don’t Wanna Go Down To The Basement”; “53rd & 3rd”; “I Wanna be your Boyfriend”; “Judy Is A Punk”; “Now I Wanna Sniff Some Glue”; “Loudmouth” y “I Don’t Wanna Walk Around With You”; hubo dos que sufrirían  cambios, “Sitting Here With Nothing To Do”, que pasó a llamarse “Chain Saw”, y “I’m A Nazi Baby”, que mutaría en “Today Your Love, Tomorrow The World”.

Varios temas, como se dijo más arriba, fueron objetados por instituciones religiosas y educativas, que presionaron a la compañía productora para que los sacaran de circulación o grabándolo nuevamente sin esos tracks, a los que tildaron de «endiablados». Sobre todo “Beat On The Brat” –el de la madrastra que persigue al niño–; “Loudmouth” –donde el narrador se dirigía a una joven diciéndole que hablaba boludeces y que mejor hiciera en callarse la boca porque de otro modo la golpearía–, y la mencionada “Now I Wanna Sniff Some Glue”, por apología del uso de drogas –donde  podía escucharse el pegadizo estribillo “todos los chicos quieren aspirar pegamento, todos quieren hacer eso”.

Johnny Thunders, violero de New York Dolls y de Heartbreakers, y quien insistió ante el sello para que se grabara Ramones, la consideraba su preferida. Así, el 23 de abril de 1976, Ramones estuvo en las bateas y pasaría a ser uno de los LP de menos extensión, con sus solo 28 minutos y 52 segundos de duración, y un minimalismo rítmico –los después míticos tres acordes– que celebraba la esencia del rock and roll primitivo.

La bienvenida inglesa

La crítica especializada halagó el disco pero las ventas no fueron nada buenas. En mayo de ese año telonearon a Dr. Feelgood, en el Bottom Line de Nueva York –otra cuna del rock de la época–, concierto al que asistió la llamada factoría de Andy Warhol en pleno con el jefe a la cabeza, Lou Reed y Nico. Luego giraron por otras ciudades del condado y más allá, y comenzaron a patentar una forma inédita hasta entonces de encarar y tocar el rock, lo que haría surgir una buena cantidad de bandas intentando imitar esa fórmula.

De este modo, pronto cruzaron el charco, anoticiados de que en Inglaterra crecía el interés por la banda apenas después de que el disco fuese editado en la isla y llegase a los oídos de un público receptivo a ese rock de factura tan artesanal como furiosa. Un crítico de la revista rockera top del momento en Gran Bretaña los definió de este modo: “Son tan divertidos, como una versión de dibujos animados del rock & roll, y tan genuinamente ajustados y poderosos que cualquiera que ame el rock & roll por las verdaderas razones, tiene que caer en su hechizo”.

Tras esa ponderación, el disco trepó al primer puesto de los venidos de Estados Unidos y en su debut en el Roundhouse de Londres lo llegaron a tocar dos veces seguidas. Entre el público se encontraban figuras de las que apenas un poco después serían también bandas señeras, tales como Johnny Rotten y Joe Strummer, de Sex Pistols y The Clash, respectivamente.

De regreso a casa, volvieron a tocar en clubes más pequeños, pero la banda comenzó a tener más predicamento, las notas periodísticas se multiplicaron y una muy elogiosa, aparecida en la revista Rolling Stone, fue el trampolín que permitió despegar a Ramones en su aldea, los fans aparecían como racimos y en los shows no cabía un alfiler.

En noviembre de 1994, los Ramones tocaron en el estadio cubierto de Newell’s Old Boys. Fue  en el marco de la gira Acid Eaters, y una oportunidad para experimentar en vivo esa asonada rítmica que dio tanto que hablar en el universo del rock. Los fans locales vivieron un éxtasis de hora y media escuchando los temas de ese disco iniciático y corearon y poguearon hasta que se apagó el último riff.

​A 50 años de Ramones, se pone en evidencia que ese primer disco fue una apertura definitiva a otra dimensión del rock  y que a la banda puede vérsela como fundadora y arquitecta del subgénero. Un álbum debut que constituiría una bisagra y que a pura vertiginosidad y aspereza establecería otro paradigma en la escucha rockera. De ahí en más Ramones, el disco, es el definitivo sello del punk-rock, eternizado en el “Hey Ho! Let’s Go”, el grito de guerra que resiste el tiempo y seduce nuevas generaciones.