Cada 7 de julio se conmemora el Día Mundial del Cacao y del Chocolate. La efeméride se estableció en 2010, con el objetivo de reconocer la relevancia del cacao y sus derivados, y se convirtió en una jornada de difusión sobre su recorrido histórico, su presencia en distintas culturas y su papel en la cadena productiva.
Ese origen se asocia a una proclamación impulsada por dos actores del sector: la Organización Internacional de Productores de Cacao y la Academia Francesa de los Maestros Chocolateros y Confiteros.
El 7 de julio se planteó como una oportunidad para destacar el valor del cacao en distintos planos. La conmemoración busca reconocer su importancia histórica y cultural, y también su peso económico, al poner el foco en la producción y en el consumo.
El cacao aparece presentado como una semilla con trayectoria milenaria, ligada a civilizaciones mesoamericanas durante siglos. En ese recorrido, el producto se asocia a usos y significados que exceden la alimentación, con referencias a prácticas sociales, simbólicas y rituales.
Con el paso del tiempo, la fecha también se conectó con conversaciones sobre prácticas agrícolas responsables y criterios de consumo con mayor información. El día se utiliza como marco para instalar mensajes vinculados a sostenibilidad y a condiciones de producción.
El origen del cacao
El origen del chocolate se sitúa en las selvas del Amazonas, en el sur de Ecuador, hace más de 5000 años. Los olmecas, en Mesoamérica, fueron los primeros en incorporarlo en su dieta y en darle un nombre: cacahuatl. Aunque no sabemos exactamente cómo llegó la semilla a Centroamérica y México, su importancia fue inmensa.
El cacao fue considerado alimento de dioses, moneda de intercambio y bebida milagrosa. Pero, ¿cuál fue el origen del chocolate en Europa? En 1519, Hernán Cortés, conocido como el conquistador de México y a quien los aztecas consideraron el enviado del dios Quetzalcóatl, lo llevó a las cortes españolas, donde rápidamente se convirtió en un manjar para la realeza y comenzó su expansión.
Según la mitología, Quetzalcóatl, el dios serpiente fundador de la humanidad, les robó a los dioses el cacao y se lo entregó a los hombres.
Durante el período clásico (150-900 d.C.), los mayas valoraron el cacao como un producto sagrado, presente en rituales por su forma y color como símbolo de protección y vinculado a la sangre y al sacrificio.
Por otro lado, los aztecas creían que era la personificación del dios de la sabiduría. Reconocieron su valor como moneda y comenzaron a consumirlo en forma de bebida hecha con cacao molido, agua y miel. Para ellos, calmaba el hambre y la sed, proporcionaba sabiduría universal y curaba enfermedades.
Este alimento divino no solo conquistó los paladares del mundo, sino que se integró en ceremonias y culturas modernas como aceite esencial para cosmética, superalimento para la nutrición y bebida mágica que une a comunidades.
Según la leyenda, el árbol del cacao era el más hermoso del paraíso azteca, y se le atribuían propiedades curativas y de sabiduría. Incluso se cree que el emperador Moctezuma consumía grandes cantidades de esta bebida en copas de oro.
Los mayas destacan como los primeros cultivadores del cacao, utilizándolo principalmente en una bebida amarga conocida como “chocolha”, reservada para nobles y reyes. Su origen se remonta a más de 3,000 años.
Expansión al viejo continente
Cristóbal Colón y su expedición arribaron a América en 1502. Al llegar, fueron recibidos con diversos bienes, incluyendo armas, telas y cacao. No obstante, fue Hernán Cortés quien en 1524 envió el primer cargamento de este fruto a España. Este producto se transformó en lo que actualmente conocemos como chocolate, según historiadores.
Su llegada a Europa data a inicios del siglo XVI, después del proceso de conquista y colonización de América. Durante este periodo, se introdujo la receta del xocóatl, una bebida de chocolate. Fue en el reino español el primer lugar donde se elaboró chocolate, específicamente en el Monasterio de Piedra, ubicado en el municipio de Nuévalos en Zaragoza.
El cacao, al ser mezclado con azúcar, rápidamente ganó popularidad en las cortes europeas convirtiéndose en un símbolo de lujo y estatus. Esta mezcla no solo cambió la cultura gastronómica de la época, sino que también promovió el cultivo de cacao en otras regiones del mundo, incluyendo Asia y África.