Miguel Passarini
En La omisión de la familia Coleman se muestra a una familia viviendo al límite de la disolución, “una disolución evidente pero secreta”. Juntos conviven en una casa que los contiene y, al mismo tiempo, los encierra y los limita, construyendo espacios personales dentro de los espacios compartidos o comunes, cada vez más complejos de conciliar, lo que termina degradando los vínculos hasta lo más profundo, hasta llegar a ignorar al otro. Es así como en la propuesta, el concepto de “omisión” y el de “empatía” funcionan como fuerzas opuestas pero, al mismo tiempo, complementarias; nadie piensa en el otro quizás porque no tiene el margen para hacerlo.

“La de esta familia es una convivencia imposible transitada desde el absurdo devenir de lo cotidiano, donde lo violento se instala como natural y lo patético se ignora por compartido”, dice su autor y director, Claudio Tolcachir, quien reparte su tiempo entre España y Argentina y que aquí encabeza un equipo integrado por los actores y actrices Cristina Maresca (Abuela), Miriam Odorico (Memé), Inda Lavalle (Verónica), Fernando Sala (Marito), Natalia Villar (Gabi), Gonzalo Ruiz (Hernán), Juan Zuluaga Bolivar (Damián) y Jorge Castaño (Médico), con asistencia de dirección de Macarena Trigo, diseño de luces de Ricardo Sica, fotografía de Giampaolo Samà, producción de TEATROTIMBRe4, Maxime Seugé y Jonathan Zak, con el aporte local en su arribo a Rosario de Pulpo Producciones.
La omisión de la familia Coleman, que el domingo 2 de agosto se presentará con una única función (al menos por el momento) en el Teatro Municipal La Comedia, nació en Teatro Timbre 4 del barrio porteño de Boedo, específicamente en un PH donde hizo funciones por un largo tiempo. Desde entonces, realiza funciones de forma consecutiva. Entre los 24 países que ha recorrido, China, Francia, España, Italia, Irlanda, Bosnia, Estados Unidos, Bolivia, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Portugal, Alemania, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Uruguay, Chile, Canadá, Serbia y México, se fusionaron con la obra las más diversas culturas, formas y recepciones.
La obra se presentó a la fecha en ocho idiomas, con 2220 funciones, más de 300 mil espectadores, con casi 400 funciones en el exterior, más de 50 festivales internacionales y doce premios nacionales e internacionales.
Tolcachir, quien mantuvo un contacto vía correo con El Ciudadano, destacó: “La omisión de la familia Coleman es mucho más de lo hubiéramos podido imaginar en cuanto a resultados. La cantidad de viajes, la posibilidad de vivir de nuestra vocación, conociendo el mundo y recibiendo tanto reconocimiento es una alegría que nunca se nos naturaliza y nos sigue sorprendiendo. Pero lo que más me enorgullece es haber podido, como equipo, compartir esta convivencia con alegría. Deseamos que mucha gente conozca nuestro trabajo. Lo que nunca termina es nuestro deseo de seguir juntos”.
—“La omisión…” lleva más de veinte años en cartel convertida en un clásico y con una serie de resonancias en el presente muy significativas ¿Qué otras lecturas sobre el material aparecen cuando ponés la obra en perspectiva respecto de aquellas ideas que aparecieron como disparadores?
—Seguramente, la obra nació en su momento como un emergente de algo social que tenía que ver con un funcionamiento entre los vínculos de las personas que yo siempre lo relaciono un poco con el egoísmo que genera la desesperación. Tengo la sensación que el hecho de ir insensibilizándote o naturalizando situaciones que son extremas, que son violentas, que no deberían ser normales, se van volviendo parte de la cotidianidad y vamos conviviendo con eso. Resulta tan difícil enfrentarlas o modificarlas que terminamos naturalizándolas. Eso, con el tiempo, creo que fue creciendo, pero sí encuentro que hoy, en relación con la realidad, aprecio una crueldad o un elogio de la crueldad que es nuevo, porque uno no ve en los Coleman maldad. Sí vemos desesperación, incapacidad, mezquindad, lo que fuera, hasta egoísmo, pero no crueldad o placer por la crueldad. Creo que eso es algo donde la obra funciona como un espejo de otro tipo de comportamiento social, aunque esta orfandad de los personajes sobreviviendo, negando, haciendo como que las cosas no suceden, tan frágiles, tan incapaces, sigue siendo algo muy poderoso y, aparentemente, universal.
—La obra es en sí misma un acontecimiento teatral que llegó a la cartelera para estallar aquél teatro de living que vimos en los años 90 ¿Sentís que entre una de sus posibles lecturas está rondando esta idea de que la “familia disfuncional” nunca existió porque la disfuncionalidad es inherente a toda familia?
—Sí, siempre me llamó la atención eso. Primero que para mí, el tema de la familia, no era lo más importante de los Coleman, sino que era una excusa para hablar de estos personajes y del comportamiento vincular de estas personas o de una sociedad, que podía ser una familia o podría haber sido otro tipo de entramado grupal. Pero también me llamó la atención la idea de familia disfuncional porque, claro, yo no sé… no he conocido familias funcionales. Creo que la incapacidad está en las relaciones de todas las personas; eso lo doy por hecho. De otro modo, uno tendría que pensar que hay una forma de funcionamiento de la familia y eso no existe. Entonces creo que eso yo lo doy por hecho, me parece más interesante todo lo otro, quién es cada uno, por qué es como es, cómo reaccionan ante cada situación, cómo ejecutan, cómo sobreviven y esa particularidad que los hace únicos. Coincido en que la disfuncionalidad es algo inherente a la familia y algo casi necesario, porque tenemos que aprender a convivir y a sobrevivir en la jungla. Y en estos personajes, tal vez el debate más grande, es si hay amor, si existe el amor, o si la desesperación hizo que ya los lazos sean dependientes de la supervivencia. Esa es una pregunta que nos hacemos desde siempre.
—Esta familia viviendo al límite de la disolución y el desastre, como siempre pasa con el buen teatro, anticipó la debacle social, económica, política y afectiva que transita el país en el presente ¿Qué otros aspectos de esa “omisión” que cuenta la obra se revelaron con el paso del tiempo?
—Yo creo que la obra, si bien nació como un impulso intuitivo, no encerraba el intento de reflejar una época ni mucho menos. Sí, creo que nació en el post menemismo. Ahí está mi juventud, mi adolescencia respiraba una especie de estupefacción por sentir que la gente miraba para el costado en algo que era obvio que se estaba rompiendo. Por ver la generación de mis padres, por ver la juventud sin un lugar, por ver un país desintegrándose. Entonces, tal vez, Coleman nació como un reflejo de esa de esa sociedad de hacer como que eso que pasa, no sucede. Han pasado muchas cosas en el medio y tal vez la decadencia de hoy, la desintegración de hoy es aún más poderosa que aquella, más dolorosa por conocida, por reiterada, por anunciada y, por eso mismo, más preocupante. Porque, como te digo, creo que Coleman puede hablar de la incapacidad o la desesperación, pero no de la crueldad. Y cuando uno ve ahora que hay cierto orgullo por la crueldad, una especie celebración, siento que tenemos que hablar de otra otro tipo de obra, una obra que yo no sé si me animo a escribir. Pero es una obra frente a la que el público sigue conmoviéndose y sintiéndose identificado. En algo que es muy íntimo, muy privado, que cada uno, cada espectador siente que esa historia le pertenece y la conoce y es parte de su propia historia.

—¿Sentís que el éxito y el reconocimiento que obtuvo la obra en todos estos años, dentro y fuera del país, confirman de algún modo una idea de fracaso de ciertos aspectos ligados a la empatía con los que la humanidad parece pelearse a diario?
—Me surge decir que para mí el teatro siempre ocupó un poco ese lugar de militancia, de sensibilizar sobre aspectos de personajes que a priori podemos sentir lejanos y que no están en nuestro contexto, no están en nuestra cercanía y, sin embargo, poder identificarnos con ellos, poder sentirnos cerca, comprenderlos, saber que existen. Creo que en esta necesidad desesperada que incluso tienen los medios de comunicación de decir “sí o no”, estoy a favor o estoy en contra, adónde pertenezco, sin grises, sin complejidades, frente a eso, es bueno recordar que la humanidad es compleja, que hacemos lo que podemos, que nos equivocamos y también, sobre todo, pensar que todas las vidas importan, que todas las vidas son importantes, que todas las historias nos representan y que uno tiene una responsabilidad para con el mundo. No hay vidas de primera y de segunda, eso por lo menos intentar recordarlo, y que esas otras vidas también existen y tienen que ver conmigo. Ahí sí el teatro tiene una misión conmovedora de romper prejuicios, de sensibilizar, de echar luz sobre un mundo que a veces no tenemos ganas de mirar porque está afuera o no tenemos ganas de mirar adentro de nosotros mismos. Ahí sí encuentro una militancia en el teatro que no de discurso ideológico. A mí no me sale poner en palabras una idea, un discurso, pero sí me parece que uno puede, como espectador, enfrentarse a una verdad o a un universo que pueda romper ciertos prejuicios.
–¿Qué pasó en el contexto de la obra y a vos como creador cuando la “omisión” de personas con discapacidad o disidentes se volvió una decisión explícita del gobierno mileista?
—Con respecto a eso, no hay ninguna decisión de este gobierno que a mí no me haya generado una angustia espantosa, una impotencia desesperante, una gran rebelión. Cada decisión que han tomado en relación con lo económico, lo social o lo cultural, lo siento como ataques directos y pensados; elegidos para romper lo que más me gusta a mí de mi país y de mí sociedad. La comunidad, la solidaridad, el sueño de evolución, de estudio, de formación, de perfeccionamiento. Para ellos, los grandes enemigos son los científicos, los maestros, los estudiantes, los artistas, obviamente. También las Pymes, las pequeñas empresas, los trabajadores. Ese supuesto conjunto de “enemigos” es el grupo social con el que yo me siento más identificado y del que me siento más orgulloso. Y, por supuesto, el extremo absoluto es la crueldad desatada para con la gente con discapacidad. Ese es un límite que la sociedad está tolerando de una manera absolutamente cómplice tanto con los jubilados como con los discapacitados, porque decretaron su desaparición y hasta su muerte. Pienso que lo más doloroso de todo esto es que sea el resultado de un proceso democrático, porque entonces eso quiere decir que nosotros lo estamos eligiendo o que no estamos pudiendo encontrar otra opción. Creo que cada persona que vota un gobierno así tiene que saber que está votando a gente que les está quitando a los discapacitados la posibilidad de subsistir y eso te hace absolutamente cómplice y hay que hacerse cargo. Es realmente un dolor muy profundo la vulgaridad, el odio, la violencia y el desprecio que esta gente, elegida por el pueblo, despliega cada vez que hace uso del poder.

Para agendar
La omisión de la familia Coleman, de Claudio Tolcachir, se presentará en Rosario, en el Teatro Municipal La Comedia (Mitre y Ricardone), el domingo 2 de agosto, a las 19.30. Las anticipadas se encuentran a la venta en la boletería del teatro en horarios habituales o bien de forma online ACÁ.