Por: Camila de la Cruz Gretter/Especia para El Ciudadano
Más de cuatro de cada diez personas ocupadas trabajan en la informalidad. Lejos de tratarse de un fenómeno excepcional, la falta de registro se ha convertido en una de las características más persistentes del mercado laboral argentino.
Hay expresiones que forman parte de nuestro lenguaje cotidiano. «Está en blanco», «trabaja en negro», «le pagan por día». Las repetimos con naturalidad, casi como si describieran situaciones inevitables. Sin embargo, detrás de esas frases se esconde una realidad que atraviesa a millones de personas.
Según los últimos datos publicados por el INDEC, el 44,2% de la población ocupada trabaja en la informalidad en Argentina. Dicho de otra manera: más de cuatro de cada diez trabajadores desarrollan su actividad sin un empleo registrado. La cifra resulta impactante, pero quizás lo más significativo es que dejó de sorprender.
La informalidad no es un fenómeno reciente ni una consecuencia exclusiva de una coyuntura económica particular. Desde hace décadas, investigadores y especialistas vienen señalando que constituye uno de los rasgos más persistentes del mercado de trabajo argentino. Se expresa de múltiples maneras: trabajadores asalariados no registrados, cuentapropistas de bajos ingresos, trabajadores familiares sin remuneración e incluso personas que alternan períodos de empleo formal e informal a lo largo de su vida laboral.
Mucho mas que el recibo de sueldo
Muchas veces, la discusión pública sobre la informalidad queda reducida a la ausencia de un recibo de sueldo. Pero sus implicancias son mucho más amplias, ya que trabajar en la informalidad implica hacerlo con menor acceso a mecanismos de protección social. Significa no contar con aportes jubilatorios regulares, obra social, cobertura frente a accidentes laborales o licencias contempladas por la legislación vigente. También supone atravesar la vida laboral con mayores niveles de incertidumbre frente a una enfermedad, la pérdida del empleo o la llegada a la edad jubilatoria.
Por eso, cuando hablamos de informalidad laboral no estamos hablando solamente de cómo trabaja una persona en el presente, sino también de las condiciones en las que construye su futuro.
Existe, además, una paradoja difícil de ignorar. En Argentina, el empleo continúa ocupando un lugar central en la organización de la vida social. Trabajar sigue siendo mucho más que obtener un ingreso: es una forma de construir proyectos, acceder a derechos y encontrar reconocimiento social. Sin embargo, cada vez más personas desarrollan actividades que, aunque generan valor económico, permanecen por fuera de los marcos tradicionales de protección.
La expansión del trabajo en plataformas, el crecimiento del cuentapropismo y la persistencia del empleo no registrado muestran que el problema ya no pasa únicamente por crear puestos de trabajo, sino también por preguntarnos qué tipo de empleos se están generando.
La informalidad tampoco afecta a todos por igual. Su incidencia es mayor entre jóvenes, mujeres y trabajadores de menores ingresos, lo que contribuye a profundizar desigualdades preexistentes y limita las posibilidades de movilidad social.