Quince años bajo el terror: naturalización y violencia extrema
Joana conoció a José Mauricio Maturano a los 17 años. Él estaba privado de la libertad; una condición que atravesó la mayor parte de la relación de más de quince años. Desde sus comienzos, el vínculo estuvo signado por la violencia física, psicológica y económica. Sin embargo, la exposición prolongada al maltrato derivó en una profunda naturalización del peligro: dinámicas de empujones o agresiones verbales no eran registradas como violencia, al tiempo que los episodios escalaban a niveles de extrema gravedad, con amenazas de arma de fuego gatilladas en su cabeza, golpizas que le costaron la pérdida de piezas dentales y fracturas, y múltiples intentos de suicidio.
Documentos e informes profesionales e historias clínicas —que incluyen atenciones por heridas cortantes en antebrazos tras las fiestas de fin de año o asistencia médica por traumatismos graves en el rostro— constatan que las agresiones eran parte de una rutina sistemática. Cada intento de alejamiento o separación era neutralizado bajo la misma premisa: la amenaza directa contra su vida y la de su entorno familiar.
La extorsión como única regla: «Iba a cagar a tiros la casa»
El alcance de la coacción no se limitaba a Joana. Maturano ejerció un control asfixiante amenazando de manera directa a la hija adolescente de ambos y a la familia de origen de Joana, condicionada además por la presencia de hermanos con discapacidad. «Si no lo hacés, voy a cagar a tiros tu casa sin importar quién esté adentro».
Denuncias policiales e intervenciones previas del Fuero de Familia derivaron en órdenes de prohibición de acercamiento y en una condena a prisión por violencia de género contra el agresor que el sistema penal resolvió con penas menores que no detuvieron el hostigamiento.
En las dinámicas de dominación que ejercía el agresor, Johana funcionaba bajo el mandato del miedo. Quienes la rodeaban coinciden en el mismo diagnóstico: hacía todo lo que él le exigía porque no tenía otra alternativa para garantizar la supervivencia de su hija y de su familia.
El hecho imputado y la falta de perspectiva de género
El hecho por el cual hoy Joana enfrenta un pedido de prisión perpetua refleja el estándar con el que operan las redes de criminalidad utilizando a mujeres vulnerables. Según se desprende del propio legajo judicial, en medio de maniobras dirigidas a distancia por personas privadas de la libertad, Joana fue forzada a trasladar un paquete bajo la exigencia y el control extorsivo de su expareja. Sino lo hacía, sus hermanos corrían riesgo de vida y además no estaba informada de qué trasladaba y para qué.
Pese a que existen antecedentes judiciales que reconocen que Joana formaba parte de un «mermado ciclo de violencia» y a que los equipos interdisciplinarios han documentado de forma exhaustiva el sometimiento y la anulación de su voluntad, la acusación fiscal ha equiparado su responsabilidad a la de los ejecutores directos de los delitos, solicitando la pena máxima del código penal.
El sistema judicial ante una encrucijada
A dos años de su presentación espontánea ante las autoridades y en el marco de la revisión de su medida cautelar, la causa de Joana expone una grave falencia en los procesos penales: la falta de aplicación efectiva de las normativas internacionales de protección a las mujeres.
Juzgar a una víctima de violencia de género prescindiendo de la perspectiva de género implica ignorar el contexto de sometimiento, manipulación y terror sobre el cual se montaron los hechos. Johana no solo fue víctima de la violencia machista dentro del ámbito privado; hoy corre el riesgo de convertirse en una víctima del propio sistema penal si este decide juzgarla ignorando la historia de sometimiento que la trajo hasta acá.
Los cuatro ataques fatales
En marzo de 2024, cuatro crímenes al azar de trabajadores paralizaron la ciudad. Según la investigación, estos ataques fueron organizados para presionar al gobierno provincial tras el endurecimiento de los controles en los pabellones de presos de alto perfil en las cárceles santafesinas. Nunca se estableció quién fue el ideólogo, aunque los imputados están vinculados con células que en algún momento respondieron al narco Esteban Alvarado o a su lugarteniente Claudio “Morocho” Mansilla, quienes no están acusados formalmente.
Catorce imputados irán a juicio oral tras la acusación en la que los fiscales Franco Carbone, Patricio Saldutti y Adrián Spelta, junto a la fiscal Romina Cocomazzi de la Unidad de Responsabilidad Adolescente, pidieron perpetua para todos. Para el MPA, los cuatro hechos “están prácticamente esclarecidos”.
El primero de los asesinatos fue el del taxista Héctor Figueroa (43) y lo cometieron el martes 5 de marzo de 2024 a las 22.30 en Flammarión al 5100, en zona sur. La víctima fue acribillada de nueve balazos dentro de su taxi tras realizar un viaje desde Uriburu y Oroño. Están imputados: Alejandro Isaías «Chuky Monedita» Núñez (instigador); Brenda Pared, Gustavo Márquez, Macarena Muñoz y Johana Albornoz (coautores).
El segundo fue el del otro taxista, Diego Celentano (33). Le pidieron un viaje a la radio el miércoles 6 de marzo de ese año y a las 23 lo mataron de un disparo en Alvear y Garmendia, cerca de las piletas del Saladillo. La ejecución fue idéntica a la anterior, realizada con la misma arma y balas pertenecientes a la Policía de Santa Fe. Los imputados son los mismos que en el caso de Figueroa.
El chofer de la línea K, Marcos Daloia (39), fue la tercera víctima fatal. El crimen fue en la tarde del jueves 7 de marzo en Mendoza y Guatemala. Un solitario gatillero se subió en la parada y abrió fuego contra el chofer, quien falleció a los tres días en el Heca. Por este hecho fueron imputados: Maximiliano «Menor» González (instigador); José Mauricio Maturano (conductor de la moto) y Axel Rodríguez (coautor).
El cuarto asesinato fue el del playero Bruno Bussanich (25) a las 23.30 del sábado 9 de marzo de 2024 en la estación de servicio Puma de Mendoza al 7600. El adolescente (D. G., de 15 años) ingresó a la oficina de la estación y disparó contra el playero. Los imputados son: Menor González (instigador); Alejandro Cantero (logística y traslado), Axel Rodríguez, Axel Herrera, Gustavo Márquez, Macarena Muñoz, Brenda Pared y Joana García (coautores).
El caso Bussanich
El propio autor del ataque a Bussanich, un chico de 15 años que por su edad no era punible, fue quien sindicó a Joana García en el Juzgado de Menores. Aseguró que perpetró la balacera al playero porque había sido “obligado” por Márquez y su pareja Muñoz para cancelar una deuda: al escapar de la Policía dejó una moto que le obligaron a pagar.
“La mujer de los que mataron al colectivero de la K se llevaron el arma”, indicó el adolescente en referencia a Maturano y su ex pareja Joana, luego de señalar que fue ella también quien se la había entregado en su domicilio de Misiones al 2200, en el barrio Santa Lucía.
“No tiene domicilio. Ni lo sabe. Inicialmente, estaba en Misiones al 2200. Después de participar en esto se fue con Maturano no sabemos adónde, pero no en el lugar en el que dice vivir hoy, que ni siquiera sabe el nombre del pasaje. Que ahora se presente voluntariamente no es un atenuante. Pasaron cuatro meses. Conocía claramente las circunstancias. Se enteró de que había una recompensa en su contra y se presentó”, dijo el fiscal Spelta sobre Joana.
Por testimonios en diferentes causas, se desprende que Joana fue obligada por Maturano, con quien mantuvo un vínculo asimétrico dominado por el terror por más de dos décadas, a llevarle el arma al gatillero.