Rosario, martes 04 de agosto de 2026
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Rosario, martes 04 de agosto de 2026

Misa ricotera: La kermesse redonda en La Segunda seguros arena

A dos meses de la muerte de Carlos Solari, el proyecto integrado por exmúsicos de Los Redondos volvió a llenar La Segunda Seguros Arena y confirmó que el repertorio ricotero ya forma parte de un patrimonio compartido entre sus autores y una multitud que lo mantiene vivo
Misa ricotera: La kermesse redonda en La Segunda seguros arena

FOTOS: Ligia Majul (@ligiamajul) – L2ARENA (@l2arena)

Santino Stefano Bugatti y Lola Cattaneo – Especial para El Ciudadano

Él y ella caminan por Córdoba. Córdoba y Crespo. Córdoba y Cafferata es su destino. Quedan dos cuadras. Huelen pirotecnia, ven fuegos artificiales, escuchan bombas de estruendo, gritos: «Yo soy redondo hasta que me muera».

La Kermesse redonda se presenta en la Segunda Seguros Arena. Dos meses pasaron desde el fallecimiento de Carlos Alberto Solari, quien pasó a ser una leyenda, ¿Un santo? ¿Un mito? Hace dos meses que el rock suena diferente. Hace un año este mismo recital sucedía en este mismo lugar pero esta vez toma otro sentido.

Ella nunca fue ricotera. Siempre entendió el movimiento (porque es un movimiento, prácticamente un ismo), lo respetó y, sobre todo, lo admiró desde la envidia. Escuchó todos los discos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Esa semana, de lunes a sábado, se encargó de repasarlos para llegar al recital de La Kermesse Redonda instruida. La diferencia entre ella y él se nota. La vida de él siempre estuvo atravesada por Los Redondos. Tiene su colección de CDs y su remera desteñida que guarda como un tesoro. A él, esa noche, lo invaden las emociones.

La liturgia ricotera ocupa todo el Patio de la Madera. Para entrar al recital, mucha fila y poco margen de movimiento. Ya adentro, ella y él sienten cuerpos transpirados antes de empezar. Hay una especie de hall, antesala de la sala de conciertos, ocupada por personas que gritan y lloran una marcha redonda, oración ricotera. Empujones y abrazos.

La Kermesse Redonda lleva diez años girando por el país con una formación integrada por músicos que integraron y compartieron estudio con Los Redondos: Sergio Dawi, Semilla Bucciarelli, Tito Fargo y Hernán Aramberri. En Rosario, la convocatoria vuelve a crecer. La edición del año pasado ya había mostrado el peso del fenómeno, pero esta vez los autoconvocados prácticamente duplican aquella asistencia y agotan las localidades varios días antes del show demostrando que, contrario a desaparecer tras su muerte, el Indio está más presente que nunca.

Él y ella escuchan algo. El show empieza media hora después de lo estipulado. «Luzbelito y las sirenas», «Tarea fina», «Me matan limón», «Superlógico», «Cruz Diablo». Atrás, al fondo, se juntan generaciones. Ahí adentro todos tienen la misma edad. Lágrimas en todos los ojos. Congoja en todos los cuerpos. Las remeras negras de algodón ya vienen con su olor propio de usos anteriores pero ese aroma se expande y se hace uno con el del humo de los cigarrillos y el alcohol.

Frente a la crueldad y soledad propias del hoy; un presente en el que prima el individualismo y mueren las personas amadas, el hoy «Es tiempo de banderas», como dice Sergio Dawi mientras sostiene un trapo que dice «Las Malvinas son argentinas», el mismo que levantó la Selección después del partido contra Inglaterra y el que se alza en cada cancha y recital desde entonces.

En el escenario, los cantantes rotan según la canción. Leticia Lee es quien deslumbró más de una vez con su voz y su talante rockero. Sin embargo, el protagonismo termina desplazándose al público, como en cada misa ricotera. Las letras aparecen completas desde abajo del escenario. 

«Estoy seguro de que desde allá arriba el Indio está muy contento de que estemos todos hoy acá», dice Dawi después de tocar «Preso en mi ciudad», la sexta canción de la noche. «Canción para naufragios» es un abrazo para los devotos de una banda que fue y es refugio. «La hija del Fletero» y «Juguetes perdidos» llegan antes del receso. Lejos está de ser un descanso. 

Ella y él se separan para ir al baño. «Los Redondos es un sentimiento, no se explica, se lleva bien adentro«, escuchan en unísono desde diferentes lugares. Ahora de nuevo camino al encuentro (pactado al lado del puesto de pochoclos, en la rampa con barandas plateadas) ella choca con flequillos transpirados, remeras recortadas y camperas perdidas. Él con lentes rotos, ojos rojos de llorar y delineados corridos. Se divisan a lo lejos, y una guitarra con distorsión da la señal de volver a entrar.

Logran agarrarse las manos entre el tumulto de gente y llegar adelante. Ahora están el pogo, la cerveza es ducha y los codazos son bienvenidos. Suena «Alien Duce». Quedan catorce canciones. Si fueran veinticuatro estaría bien igual. Esa noche todos están dispuestos a escuchar la discografía completa de una banda que «salvó vidas», como él le dice a ella.

Las guitarras y el saxo perdieron el rumbo sin una voz que cante los mantras que motivaron a todo un país. Aquellas frases esenciales que ayudan a entender un poco más la vida. Las que un padre le canta a su hijo antes de dormir. Las que hacen que las parejas se besen y que los amigos, él y ella, se encuentren después de perderse entre la gente.

Cuando termina el recital, salen con la marea de gente por Cafferata. La calle ya no es la misma que una hora y media antes. Quedan vasos de plástico, botellas cortadas a medio tomar, papel picado, olor a pólvora y grupos que siguen cantando mientras se alejan. Él vuelve con la garganta rota. Ella sale entendiendo por qué la gente vive la vida a través de estas canciones. Mucho antes de que se vaya el Indio, su música dejó de ser de él y pasó a pertenecer a la gente. La kermesse redonda entendió eso y hace 10 años que enciende el espíritu ricotero del país en una gira que hoy cobra sentido más que nunca. Esto fue un agradecimiento. Rosario despide y le dice “gracias” al Indio Solari, por la poesía, por la escuela, por la música.