Ni un solo senador propio y apenas 11 diputados. Con ese capital político Mauricio Macri deberá construir su campaña 2011 y apostar a la gobernabilidad en caso de acceder a la presidencia. Más allá de su instalación mediática, el camino del jefe de Gobierno porteño al poder es casi una utopía. El raquitismo de PRO en el Congreso es un dato clave para analizar las ambiciones presidenciales de Macri. Si el Frente para la Victoria, con medio Senado a su favor y casi 90 diputados propios, denuncia un boicot a la gobernabilidad de Cristina de Kirchner ante la nueva composición del Congreso con una incipiente mayoría opositora, ¿qué queda entonces para Macri, quien ni siquiera cuenta con un solo senador propio y poco más de una decena de diputados?
La aprobación del Presupuesto, prórrogas de impuestos o cualquier otro proyecto de ley vinculado con la gestión se tornarían misiones imposibles para el macrismo en el Congreso, sin posibilidad de alcanzar el quórum y con el agravante de tener a Néstor Kirchner, la CGT y los piqueteros como jefes de la oposición.
El PRO podría alegar a su favor que una política de coalición con el PJ disidente podría facilitar la gobernabilidad. Pero por ahora el trípode que Macri armó con Felipe Solá y Francisco De Narváez está desactivado.
El ex gobernador de Buenos Aires abandonó Unión-PRO y formó su propio bloque de 30 diputados, que triplica en número al macrista. Además Solá también quiere ser presidente y su operación política en el Congreso consiste justamente en evitar la diáspora del peronismo opositor hacia Macri.
De Narváez, quien también quiere ser presidente y ya no reconoce a Macri como su jefe político, se muestra cada vez más cerca de Julio Cobos. La ausencia de un candidato peronista en la provincia de Buenos Aires podría ser el último espasmo antes de la defunción del proyecto 2011 del jefe de gobierno porteño. Y en la UCR identifican a Macri como el límite infranqueable de cualquier megaacuerdo opositor.
El armado del partido a nivel nacional también desvela a los principales operadores macristas. El PRO no logra hacer pie más allá de Capital Federal y provincia de Buenos Aires. Santa Fe es un caso testigo: Marcelo Muniagurria renunció a la conducción de la filial macrista tras un cortocircuito con el jefe de gobierno porteño por intentar adherir a la lista de senadores de Carlos Reutemann en las elecciones legislativas del 28 de junio pasado.
En ese contexto, y tras el escándalo del espionaje en la nueva policía metropolitana, Macri se vio obligado a ceder ante Eduardo Duhalde y designó al peronista Abel Posse como nuevo ministro de Educación de la Capital Federal. Producto electoral de la “nueva política”, el ex presidente de Boca debió recluirse en el duhaldismo para pilotear su crisis política.
El cuadro macrista terminó de complicarse con el apoyo del alcalde porteño al matrimonio gay, rechazado no sólo dentro de su partido sino también por uno de los principales pilares de su gestión, la Conferencia Episcopal de Jorge Bergoglio. El cortocircuito público con la Iglesia católica alejó además a Macri de su principal figura electoral, Gabriela Michetti, quien ahora carga con el karma de la traición de Cobos a su compañera de fórmula, Cristina de Kirchner.