
En vísperas de celebrar el Bicentenario de la Revolución de Mayo es bueno revisar conceptos dentro de la estructura de la historia para analizar si en realidad el proceso que desembocó en la ruptura económica y política con España merece ser llamado de tal manera. En aquello que a los historiadores interesa, variadas posturas analizarán las circunstancias que llevaron a un grupo de intereses focalmente localizados organizar e implementar una diametral oposición al caduco sistema económico político y económico establecido por España en sus colonias americanas, constituyendo tangencialmente un modelo de inserción conforme al poderoso desarrollo británico. La lógica de las definiciones dependerá específicamente de ellos.
Desde la percepción interesada del positivismo hasta la malformación radicalizada del revisionismo la Revolución de Mayo pasará a ser un hecho históricamente comprometido con las circunstancias ideológicas de la Ilustración francesa por un lado enraizado en lo precarios sentimientos de independencia y nacionalismo por el otro, cuando en realidad las circunstancias de los hechos de mayo de 1810 se focalizaron en un contexto dinámico y en formación donde nuevos grupos económicos acomodaron sus intereses merced a la evolución del capitalismo británico.
Si bien los hechos que identifican a la llamada Revolución de Mayo no le quitan el vigor con la cual sus protagonistas defendieron una variada y contradictoria gama de razones, el “proceso revolucionario” no consolida su verdadera intensidad de protagonismo y transformación estructural radicalizada cuando los intereses conformados ponen en juego el fin ganancial efectivo instrumentando, de manera lógica y acorde, una reacción drásticamente militarizada. En contraposición a esto, muchas veces las arcas de recaudación aduanera porteña se vieron vacías para hacer frente a la estrategia defensiva contra el español poco organizada.
El concepto de revolución como forma de instrumentar un cambio radical de las estructuras económicas, sociales y políticas realmente no existió, sino más bien hagamos mella en entender al proceso de Mayo como un reacomodamiento parcial de la ex colonia del Virreinato del Río de la Plata con el fin de insertarse en la dinámica financiera británica generadora de un estilo particular de dependencia. Dos invasiones inglesas habían fracasado en un contexto coyunturalmente distinto en donde Napoleón Bonaparte articulaba sus contradicciones contra el imperio británico, virtual y clandestinamente asociado al absolutismo monárquico.
Es por eso que los hechos de Mayo abren en sí el juego a la contraposición de intereses propios diagnosticados en el sentido de prevalencia o descarte, como el establecido por Alvear en 1815 que intentó consolidar el precario patrimonio económico frente al circuito subyugante del hasta entonces conocido monopolio británico. Y también al defecto que en cinco años de haber “cambiado de manos bajo la máscara de Fernando” la aparente precariedad política del interior del país se contrapuso al primitivo y poco conocido modelo de tenazas de la burguesía comercial porteña, establecido con el fin de ahogar el desconocido desarrollo de las economías regionales.
El proceso de Mayo, antes que la llamada Revolución de Mayo transformista, abrió las puertas al girondinamiento político de intereses localizados que establecieron nuevas reglas de juego en la perspectiva de cómo establecer un equilibrio productivamente comercial frente a la incursión y estructuración del capitalismo británico de comienzos del siglo XIX.