A la par de otras conquistas de género, las mujeres contemporáneas aprendieron a liberar sus instintos y se atrevieron a confesarse infieles, según la periodista María Isabel Sánchez en Las infieles, obra que presentó en la Feria del Libro porteña y que analiza cómo los cambios sociales de las últimas décadas moldearon las pulsiones femeninas.
Durante mucho tiempo fue la literatura escrita por hombres la encargada de averiguar por qué una mujer era capaz de burlar los mandatos para explorar sus arrebatos más allá del lecho conyugal. Obras como Anna Karenina de Leon Tolstoi o Madame Bovary de Gustave Flaubert lograron prestigio literario pero acaso no pudieron desentrañar los móviles de semejante transgresión.
Pero los tiempos han cambiado y hoy basta con bucear en internet o sintonizar algún medio de comunicación para descubrir toda una infinidad de testimonios de primera mano en los que “ellas” cuentan qué las empujó a ser infieles.
¿La infidelidad femenina podría considerarse una conquista de género equiparable a la conquista de espacios laborales y sociales? “No se trata de una conquista pero sí de una revancha histórica, en el sentido de que las mujeres se sienten iguales a los hombres en todos los campos, incluso en éste”, indica Sánchez.
“La revancha viene por el lado de «Ahora me animo a hablar», dado que antes no se permitía ni siquiera tocar el tema. Otra cosa que ayudó a que se cuente más es que, al haber logrado la mayoría de las mujeres su libertad económica, se sienten con más libertad para arriesgar más”.
Uno de los focos principales de Las infieles está orientado a definir la naturaleza compleja de la infidelidad femenina, que en líneas generales no se reduce al plano genital como sí traduce el mito popular acerca de los hombres infieles.
“En el caso de las mujeres el disparador es con mayor frecuencia de índole sexual, mientras que entre los hombres se origina a partir de una pulsión sexual y sólo en algunos casos deviene historia de amor”, compara la autora. “A las mujeres nos pasa al revés: si llegamos a la infidelidad es porque algo nos pegó antes desde lo emocional”, concluye.
“Por eso sostengo que a largo plazo es más peligrosa la infidelidad de la mujer, que muchas veces termina pateando el tablero. Al hombre en cambio la seguridad en el hogar le da un marco de contención y por eso prefiere tener una infidelidad casual antes que romper la contención matrimonial”, indica.
Sobre el final de su obra la autora se interroga sobre la legitimidad de la fidelidad: “Habría que plantearse si la monogamia de por vida es algo natural al ser humano en sí, mujer u hombre”, cuestiona. “Si hay tanta infidelidad y si los infieles son mayoría, habría que plantearse si está en nuestra naturaleza ser monógamos toda la vida o si lo que hacemos es un esfuerzo en pos de tener el amor del otro, porque sí es cierto que pretendemos que el otro nos sea fiel”, asegura.
“Fuimos educados históricamente bajo el pensamiento de que la fidelidad es un valor, como también lo es el amor del otro. Me parece que eso de no poder aceptar el engaño tiene que ver con el miedo a perder al otro, y después hay una cuestión cultural que eleva la fidelidad a la categoría de prueba de amor”, concluye Sánchez.
