Rosario, sábado 26 de septiembre de 2026
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Rosario, sábado 26 de septiembre de 2026

Coincidencias entre Borges y Cortázar

Por: Ricardo Caronni, desde Ginebra.

Hace ya un cierto tiempo que descubrí estas coincidencias de la historia que voy a contarles. En un primer momento las consideré simplemente como algo curioso, yuxtaposiciones de fechas y lugares que no tenían mayor consistencia que la casualidad. Pero a medida que iba transcurriendo el tiempo y me aparecían las imágenes posibles de esos entrecruzamientos de presencias y épocas, los episodios fueron tomando un formato, por lo menos, original, dignos de ser compartido con los lectores interesados.

Hacia 1947, Julio Cortázar escribió “Casa tomada”, el primer cuento de Bestiario, que una amiga le envió a Jorge Luis Borges, quien lo publicó en la revista Anales de Buenos Aires comenzando así entre los dos una relación que no fue muy continuada.

No sé si ellos mismos, en aquellos poco frecuentes encuentros habrán hablado de alguna de estas coincidencias que voy a relatarles. En todo caso, no aparecen rastros de esa posible conversación, ni en el extenso y detallado reportaje que Omar Prego le hace a Cortázar, ni en algunos de los párrafos donde Borges rememora un encuentro con “ese muchacho alto y delgado cuyo cuento resultó ser muy bueno” y que publicó en la citada revista que Borges dirigía por entonces.

Borges fue 15 años mayor que Cortázar. Transcurridas las peripecias de sus vidas, el destino dispuso que ambos argentinos estén enterrados en tierras europeas. Cortázar en el cementerio de Montparnasse, en una zona central de París, relativamente cerca de los famosos bulevares de Saint-Germain y Saint-Michel, y del Quartier Latin. Todas zonas de barrios frecuentados históricamente por escritores, filósofos y poetas.

Borges, luego de desacuerdos y complicadas tramitaciones fue enterrado, según parece por su propio deseo, en Ginebra, en el cementerio de Plainpalais situado en la Rue des Rois, también en un lugar central de la legendaria ciudad suiza y bien cercana al Rémor, uno de los bares de la zona, donde parte de la fauna y flora locales de las letras y de las varias artes, suelen darse cita. En alguna de las entrevistas sostenidas por aquellas épocas previas a su muerte, aparece el interés de Borges por obtener la ciudadanía suiza. Que finalmente no le pudo ser otorgada porque la muerte se anticipó en la carrera.

De no haber sido así, hubiera resultado que uno de los escritores argentinos más trascendentes, moriría como ciudadano suizo. Y resulta, esta vez no por deseo expreso sino por mera continuada permanencia en Francia, que Cortázar, otro de los más famosos escritores argentinos, obtuvo su nacionalidad francesa y como tal fue sepultado en París junto a su última esposa, Carol Dunlop.

Es menester aclarar que ninguno de los dos países, ni Suiza ni Francia, exige que el ciudadano que recibe su nueva nacionalidad, anule la de su origen. Por lo tanto, Cortázar, aun nacido en Bruselas de padres argentinos, y presumiblemente también con documentos belgas, conservó su nacionalidad argentina, lo mismo que Borges, claro que por circunstancias diferentes.

Pero las coincidencias a las que me quiero referir no son las de los espacios geográficos que sus despojos ocupan hoy, con sus tan diferentes “estilos” de tumbas y de homenajes. Es cierto que sí hay coincidencia en que ambos están enterrados fuera de su territorio lingüístico y fuera de su país de mayor pertenencia emocional y que ambos nacen en agosto –Borges el 24, Cortázar el 26– con la diferencia de edades señalada.

Pero una de las coincidencias a la que sí me quiero referir y que motivan esta nota, es que Borges y Cortázar vivieron en Suiza en la misma época, allá por los principios del siglo XX, entre 1914 y 1918.

Borges había viajado con su familia porque el mismo mal que lo aquejó a él desde sus 50 años, provenía hereditariamente de su padre, quien viajó a Suiza con su familia para intentar un tratamiento para su incipiente ceguera. Se declara la Primera Guerra Mundial y deben permanecer durante cuatro años en Ginebra, en el actual número 7 de la actual Rue Ferdinand Hodler (antes Route de Malagnou), período en el que Jorge Luis Borges concurre al histórico Collège Calvin, situado a escasos 400 metros de su casa. Allí concluye, a los casi 19 años, su bachillerato o su “maturité” como se la denomina actualmente. Si la fecha de nacimiento de Borges fue el 24 de agosto de 1899, y su cursado terminó en junio-julio de 1918, festejó su 19 cumpleaños apenas aprobados sus exámenes de “maturité” que le otorgaban el pase a los estudios universitarios.

Bélgica, al comienzo de la Primera Guerra y luego de una breve pero heroica resistencia, fue vencida y ocupada por los alemanes que, desde el famoso bosque de las Ardenas, en el límite entre Bélgica y Francia, lanzarían su invasión a Francia.

Siempre se afirmó, cierta relación del padre de Cortázar con el cuerpo diplomático argentino en Bruselas. ¿Cuál era esa “cierta relación”? Trabajo pendiente para investigadores y biógrafos. El hecho fue que sus padres, María Herminia Descotte y Julio José Cortázar, ambos argentinos, hacia fines de la Primera Guerra Mundial, lograron pasar a Suiza gracias a la condición alemana de la abuela materna de Julio. Con lo que resulta que Cortázar, futuro gran cronopio y experto en rayuelas y modelos para armar, estaba en Suiza cuando tuvo entre tres y cuatro años. ¿En qué ciudad y durante cuánto tiempo? Modelo para armar también para investigadores y biógrafos.

El caso es que dos de nuestras mayores glorias literarias contemporáneas, Borges, a los 18, 19 años, en Ginebra, y Cortázar, entre los tres y los cuatro años, en algún cantón (¿sería también Ginebra?) estaban compartiendo, en vida, los mismos límites geográficos fuera del suelo que les dio identidad nacional y literaria a ambos. Y este rabo de frase, “identidad nacional”, está buscado expresamente, porque si bien Cortázar no nació en la Argentina y además de la argentina también adoptó la nacionalidad francesa, jamás escribió ninguna de sus obras trascendentes en otro idioma que el español argentino y su mirada y sus voces son el claro producto de un argentino que observa el mundo en argentino, y, como él mismo diría, “en eso no hay tu tía”.

Pretender que Borges, aun en sus sagas más islandesas o en sus poemas más confederados, no destila lo más profundo del alma y la mirada argentina es inimaginable.

Pero hay más de estas curiosidades del destino y de las vidas de Borges y Cortázar. La Gran Guerra termina el 11 de noviembre de 1918. Pocos después ya se puede circular casi libremente por Europa. “Después de la Primera Guerra Mundial, la familia Borges pasó tres años en Lugano, –ciudad del cantón de habla italiana de Suiza y patria chica de Alfonsina Storni– y de allí pasaron a Barcelona, Mallorca, Sevilla y Madrid”. Cortázar, “poco después de su estadía en Suiza, fue con su familia a Barcelona, donde vivieron año y medio. Jugó con frecuencia en el Parque Güell con otros niños. A los cuatro años volvieron a Argentina y pasó el resto de su infancia en Banfield, junto a su madre, una tía y Ofelia, su única hermana, un año menor que él”.

¿Cuánto tiempo de esos cuatro años, y dónde, permaneció Cortázar en Suiza ya que un año y medio, permaneció en Barcelona? A develar. Pero parece ser un tiempo breve si vemos que “pasó a Suiza hacia fines de la guerra”. Eso habrá sido entre 1917 y 1918. Cortázar nació en 1914 y según sus biógrafos, a los cuatro años, después de un año y medio pasado en Barcelona, ya estaba en Banfield.

Cotejada la información y con una simple operación aritmética podríamos afirmar que es posible que no hayan coexistido durante las permanencias de ambos en Barcelona. Que se hayan “desencontrado”, pero sólo por poco tiempo comparativamente a los lapsos en que los dos estuvieron allí. Pero que coexistieron en Suiza, uno adolescente y el otro en su primera infancia, parece indiscutible.

Insisto en que hay tarea para los investigadores y biógrafos. El tema bien lo vale. Eso sí, yo me reservo el argumento para la narración que los haga encontrarse en la ficción. Ya les dije que de tanto en tanto me disfrazo de devoto de la literatura y como tal, hago mi peregrinaje para conversar un rato con uno y con otro, por allí, en los lugares adonde ahora yacen. Y hoy, entre tantas de sus idas y vueltas de hace tantos años, imagino la figura de un Borges adolescente que mira a un niño pequeño que entre tanta matanza, tuvo la inmensa suerte de no ser un bebé Rocamadour. En la imagen aparece un Georgie juvenil que le susurra –¿o simplemente conjetura para sí?– a un infante de ojos gatunos muy separados, allá por 1916, 1917, 1918, que ya se van a encontrar algún día en Buenos Aires, a doce mil kilómetros de distancia. Pero es solamente ahora, y quizás para siempre, que están más cerca de lo que estuvieron durante todas sus vidas. Excepto en aquellos momentos tan lejanos en que quizás pasearon uno al lado del otro sin saberlo.

Después, en el gran tablero, ambos movieron sus piezas. Para que uno fuera Borges y el otro Cortázar.

¿O ambos fueron movidos por ellas?