Podría haber sido de otra manera, pero ella quiso que fuera así. Como fueron los años de vida política del ex presidente: sin respiros, al pie del cañón día y noche. Podría haber sido de otra manera, pero ella quiso mirar rostro por rostro a los miles de militantes que se acercaron al Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada para darle el último adiós agradeciendo a Néstor Kirchner. Junto a sus hijos, Máximo y Florencia, se emocionó con cada emoción ajena y sus labios temblaron ante cada grito de “¡fuerza Cristina!” y “¡viva Kirchner!”
Podría haber sido de otra manera, pero sus grandes lentos negros impidieron que mostrara en público las lágrimas que seguramente derramó, y derramará, en privado. Podría haber sido de otra manera, pero ella decidió que fuera sin concesiones, y apenas se permitió que le acercaran una silla para seguir con las manos aferradas al ataúd durante toda una larga jornada cargada de un dolor insoportable. Podría haber sido de otra manera, pero ésa fue la que ella eligió, con la fortaleza de una presidenta que conoce su misión y el dolor de una mujer que perdió a su compañero de la vida y de la política.
Vestida de color negro, con un ligero maquillaje en el rostro, Cristina se mostró públicamente por primera vez tras la muerte de su esposo a las 11.20 de ayer, hora en la que ingresó a la capilla ardiente instalada en la Casa Rosada, donde el velatorio se desarrollaba con el féretro cerrado y cubierto con la bandera argentina.
Sobre el ataúd de encastres dorados reposaban también los atributos presidenciales, el bastón y la banda que usó Kirchner durante su mandato, que se extendió desde el 25 de mayo de 2003 al 10 de diciembre de 2007.
La esperaban allí todos los integrantes del Gabinete, y los gobernadores de San Juan, Chaco, La Rioja, Buenos Aires, Tucumán y Formosa, entre otros, muchos de ellos con lágrimas en los ojos.
Inicialmente, la presidenta estuvo de pie, durante dos horas y media, frente al féretro, donde colocó tres pañuelos blancos de Madres de Plaza de Mayo, uno de ellos obsequiado por la titular de Abuelas, Estela de Carlotto, con quien Cristina se fundió en un fuerte abrazo.
Mientras tanto, se sucedía en el salón la intensa y permanente peregrinación de quienes se agolparon desde temprano en la Plaza de Mayo para rendir homenaje al ex mandatario y darle su último adiós.
Y cada uno lo hizo a su modo: en llanto, en prudente silencio, o con gritos de apoyo a la mandataria y a su familia, que eran seguidos por largos aplausos a los dos lados del vallado que separó el ataúd del público.
Por momentos la mandataria quebró en llanto como a quien le viene alguna imagen a la mente y, por otros, esbozó alguna tenue sonrisa en agradecimiento a quienes llegaron al lugar, tocándose el pecho del lado del corazón con la mano derecha ante las palabras de apoyo y tirando un beso muy de tanto en tanto.
Sin perder contacto con la gente, la presidenta se acercó en varias oportunidades a quienes transitaban por el frente del féretro de su esposo y así fue que recibió una rosa, un rosario y una bandera argentina tejida, que también colocó sobre el ataúd.
Luego de permanecer casi dos horas y media en la capilla ardiente, donde también recibió las condolencias de los presidentes de Ecuador, Rafael Correa; Chile, José Mujica y su esposa Lucía Topolansky; el chileno Sebastián Piñera; y el boliviano Evo Morales, la mandataria se trasladó hacia el Salón Colón para tomarse un más que breve descanso.
Regresó un rato más tarde para sentarse esta vez junto al féretro, el que siguió acariciando con gestos de angustia, en compañía de su madre Ofelia Wilhelm y de sus dos hijos.
A su lado, la ministra de Desarrollo Social y hermana del ex presidente, Alicia Kirchner, también lucía visiblemente acongojada, acompañada por sus hijas, Natalia y Romina Mercado.