Por Susana Pozzi/ Especial para El Ciudadano
Hay imágenes que duran apenas unos segundos, pero que después siguen trabajando dentro de uno.
Este sábado pasado veía por televisión la apertura de los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026, hubo una escena que me quedó dando vueltas. En el cierre, Juan Carlos Baglietto se quita un morral que llevaba colgado y se lo entrega a una niña -Julia Mancilla-. Ella lo abre, saca un viejo álbum de fotos y ambos lo miran. La niña lo guarda y se cuelga el morral en su hombro. Se aleja corriendo. La escena es parte de un cierre envuelto por las notas de “Inconsciente colectivo”, la icónica canción de Charly García que ambos entonan.
Me pareció una imagen de enorme belleza y, también, de un profundo significado. Allí estaba el encuentro entre generaciones: alguien que entrega algo que lleva consigo, alguien que lo recibe y una memoria que vuelve a hacerse presente a través de las fotografías y de una canción que forma parte de nuestra identidad cultural.
Pero la escena no hablaba solamente del pasado. También parecía decirnos que aquello que recibimos debe ser llevado hacia adelante. Que la memoria no es un museo inmóvil, sino una herencia que cada generación tiene la responsabilidad de interpretar, cuidar y transmitir.
Y entonces pensé: ¿cuál es el VIN de una sociedad?
VIN son las siglas en inglés de Vehicle Identification Number, el número de identificación de un vehículo. Para decirlo de una manera más familiar, su número de chasis.
No es la patente. La patente es lo que vemos, lo que permite reconocer un auto cuando circula. El VIN, en cambio, remite a su identificación de origen, a sus características y a una historia que queda inscripta en él.
Pensé que una sociedad también tiene algo parecido. No un código de 17 caracteres, por supuesto, sino un conjunto de elementos que permiten reconocerla más allá de sus símbolos, sus discursos o sus gobiernos de turno: su historia de formación, sus instituciones, la manera en que distribuye el poder y las oportunidades, las desigualdades que arrastra, las conquistas que construyó y los conflictos que todavía no termina de resolver.
Ese podría ser su ADN colectivo: aquello que la constituye, que explica buena parte de lo que es y que, aun cuando no siempre se vea, sigue actuando en su presente.
Porque no todo lo importante está a la vista.
Podemos cambiar la carrocería, renovar la pintura o modificar la patente. En una sociedad, podemos cambiar gobiernos, discursos, nombres y símbolos. Pero esos cambios no necesariamente transforman las condiciones profundas que organizan la vida colectiva.
A veces, incluso, una sociedad puede presentarse renovada mientras conserva intactas algunas de sus viejas estructuras.
Claro que una sociedad no es una máquina. No está condenada a repetir su diseño. Sus integrantes pueden discutirlo, reformarlo y transformarlo. Allí reside, precisamente, la posibilidad de la política, de la democracia y de la construcción colectiva.
Por eso, preguntarnos por el VIN de una sociedad no debería llevarnos a buscar una supuesta esencia nacional ni un destino inevitable. Debería ayudarnos a reconocer qué recibimos, qué seguimos reproduciendo y qué estamos en condiciones de cambiar.
Porque una herencia no se honra únicamente conservándola. También se la honra cuando somos capaces de revisarla, de reconocer sus luces y sus sombras, y de decidir qué merece seguir formando parte de nuestro camino.
Tal vez conocer el VIN de una sociedad no sea descubrir quién está destinada a ser.
Tal vez sea comprender qué llevamos en nuestro morral colectivo: qué historias nos acompañan, qué valores nos sostienen y qué marcas todavía debemos reparar.
Y, sobre todo, qué queremos entregar a quienes vienen después.