Rosario, martes 22 de septiembre de 2026
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Rosario, martes 22 de septiembre de 2026

«Un soldado siempre está solo»: las formas de una memoria que conduce la vida

En su primera novela, el guionista Nicolás Gueilburt cuenta la historia de un árbitro de fútbol que sufre un traspiés complicado y entra en un espiral de situaciones cada vez más riesgosas para su vida y la de su compañero de infortunios, un personaje inspirado en el poeta Mario Trejo. La trama, entre existencial y policial, es la de un viaje que comenzó en la Guerra de Malvinas, luego de lo que hubo que aprender a caminar sin certezas, tratando de volver a sentir el chispazo vital que dé sostén a la supervivencia
"Un soldado siempre está solo": las formas de una memoria que conduce la vida

Al protagonista de Un soldado siempre está solo (Penguin Random House Grupo Editorial, 2026) puede vérselo como héroe pero también como antihéroe, porque es alguien que arrastra un pasado y una vivencia de desarraigo y exilio interior en un mundo en que la forma de vida que entiende le sería favorable, se ve marginada por una serie de hechos que difícilmente tengan vuelta atrás. Los valores que él sostiene nunca encontrarán acomodo, porque alguna vez, allá en la Guerra de Malvinas, se oscurecieron para siempre y entonces fue condenado por una historia donde es apenas un sobreviviente, alguien para quien la lealtad, el valor, el esfuerzo y la vida en verdadero contacto con los otros son algo más que aspiraciones que parecen escapársele cada vez más a menudo.

Sin embargo, una fuerza imbatible, algo que late en los resquicios de la misma condición humana, le susurra que a ese desorden solo puede oponérsele entereza, casi como un alivio que permite soportar los dramas propios a fuerza de encontrarlos, duplicados, en los personajes que lo rodean, y que lo único con que se cuenta es la pasión –ese extraño hechizo– para exorcizar las frustraciones y los arrepentimientos.

Con un sentido del ritmo constante y la construcción de una atmósfera intrigante propia del policial, la intensidad narrativa de Nicolás Gueilburt, en Un soldado siempre está solo, su primera novela, no decae nunca, porque se apoya en escenas de inusual potencia. El protagonista, Ciro Burgos, ex combatiente y árbitro de fútbol que sufre un traspié luego de que se lo escucha cantando una parcialidad durante un partido, va cayendo en una espiral de situaciones cada vez más riesgosas, sobre todo para su propia vida, donde la violencia aparece solapada al principio para luego volverse cada vez más concreta.

Las explicaciones que la vida le retacea a Burgos parece dárselas su íntimo amigo Trejo –inspirado en el poeta Mario Trejo, uno de los dos a quienes se les dedica el libro– compañero de infortunio allá en las islas, poeta y juez de línea y en el fondo un gran personaje, que será el detonante para que el protagonista sepa de qué se trata seguir vivo sin poder proteger a aquellos a los que se ama de las crueldades cotidianas de un mundo hostil –incluso las que se ven en cada arbitraje– y disfuncional.

La pesadilla en la que poco a poco entra Burgos cuando se topa con Gamoneda, un ex policía que talla fuerte en una Rosario reconocible de espacios emblemáticos –donde ha sido enviado el árbitro a dirigir otro partido luego de su equívoco fatal– es poco menos que inexorable, sórdida, pero no exenta de fuego y ardor, porque allí mismo una forma del amor en la figura de Vera, le hace intuir un paraíso posible y que tal vez no todo esté perdido.

 

Aunque esa vía de escape, claro, tendrá también sus desgarros, la experiencia común de una imposibilidad difícil de sortear. La trama de Un soldado siempre está solo es la de un viaje que empezó en Malvinas, donde la juventud desapareció como ilusión ante las atrocidades de los propios –los oficiales a cargo de esos soldados, castigados con la colimba primero y luego con la guerra– y hubo que aprender a caminar en lo oscuro, sin certezas, tratando de volver a sentir el chispazo vital que le dé un sostén a la supervivencia, porque esa instancia, la de seguir con vida cuando otros la dejaron entre el barro y la nieve, es el motor de los desplazamientos de Burgos, lo que lo hace inevitablemente artífice de las combustiones provocadas por todas esas asociaciones inorgánicas que se le presentan en cada capítulo de su vida.

Con precisión estilística, cierto sentido irónico y una plausible economía de lenguaje, Gueilburt construyó una novela con equilibradas dosis de componentes policiales y existenciales que revela –a veces en forma patética, otras de modo dramático– las formas de una memoria que conduce la vida, la de Burgos, donde la vileza, el engaño o el plan arriesgado mueven los hilos de las acciones que inevitablemente enfrentan a personalidades atormentadas con poderosos.

Pero no se trata de un poder omnívoro, sino de otro que gravita en forma casi pegajosa en los policías corruptos, en los avivados de poca monta, en los explotadores, en los mano de obra ocupada que dejaron el uniforme en sus casas, en un oficial desquiciado y torturador allá en Malvinas, todos intentando manipular los hechos en medio de una debacle que el protagonista lleva al límite cuando el poeta fiel que lo llevó a subvertirse, a atravesar su drama sin negarlo, su “escudero”, ya no vive más.

Existe una pulsión en Burgos –intensa, pero diferente a la que experimenta Trejo por la poesía y el juego, claro– que lo hace aprender a convivir con el contexto e insistir en la posibilidad de ser feliz –en sus apuntes mentales sobre una vida lejos de todo, tal vez con Vera o con su hijo–, aunque luego eso aparezca como una letanía porque cede al peso de una huella fatalista, delineada en las escaramuzas del fatídico presente, donde deberá poner a prueba su destreza y suficiencia.

En Un soldado siempre está solo convive el presente de Burgos junto a un diario de los días terribles de 1982, donde Trejo jugó un papel fundamental en esa lucha invisible y rabiosa contra ese destino que los había depositado en el peor lugar. Y ese relato plasma perfectamente el sinsentido de esa guerra para que ahora Burgos se debata entre el deseo de algo que trastoque su existencia y su posible realización, como una inversión de lo ominoso de aquel horror.

En el eslabonamiento de esas realidades, Gueilburt amplía la transición de Ciro Burgos hacia un presente lleno de malos presagios como un efecto de resonancia –con pasajes de sutil carga poética–, atendiendo a la atmósfera de una intriga siniestra en una singular cohesión con los peligrosos acontecimientos que deberá sortear y que, como en Malvinas, no sabe si podrá contarlos. Un plus de Un soldado siempre está solo: a quienes hayan conocido al entrañable Mario Trejo, quien vivió también en Rosario, les será imposible no otorgarle al compañero de Ciro Burgos, ese rostro pícaro y siempre dispuesto a la salida irónica y elegante que definió al poeta.

LA DATA 

Nicolás Gueilburt fue guionista de los films El bonaerense (Pablo Trapero, 2002), Los paranoicos y La araña vampiro (Gabriel Medina, 2008 y 2012 respectivamente) y La fiesta silenciosa (Diego Fried, 2019). Para televisión escribió Los días de Ayotzinapa (2019); Vilas, serás lo que debas ser (2020), y Los Ladrones (2022), entre otras. Fue nominado tres veces a los premios Emmy. Como editor publicó la colección de poesía Musarisca y la colección Nave Madre, de ciencia ficción, horror, policial y fantasía. Un soldado siempre está solo es su primera novela.