Rosario, jueves 08 de octubre de 2026
Search
Rosario, jueves 08 de octubre de 2026

«Mis muertos tristes»: un realismo exasperante envuelto en una historia de fantasmas y espíritus

En "A Puro Click", el streaming de este medio, se comentó la exitosa miniserie "Mis muertos tristes", dirigida por Pablo Larraín y basada en varios relatos de la reconocida escritora Mariana Enríquez
"Mis muertos tristes": un realismo exasperante envuelto en una historia de fantasmas y espíritus

Basada en los relatos de Mariana Enríquez “Un lugar soleado para gente sombría”, “Julie”, “Cuando hablábamos con los muertos” y el que le da el título, “Mis muertos tristes”, el realizador chileno Pablo Larraín (Tony Manero, No, Neruda, El club y Spencer, entre otras) creó para Netflix una miniserie dramática donde conjuga elementos sobrenaturales con acentuados comentarios sociales en una historia ambientada en una zona devastada por la violencia, la precariedad, la injusticia y una tensión palpable generada por esa guerra de pobres contra pobres, resultado de la despiadada aplicación de las políticas neoliberales que se ciernen sobre la mayoría de las orbes latinoamericanas.

Acá se cuenta la historia de Ema, una mujer que habla con los muertos, pero no con cualquier muerto, sino con aquellos que se le manifiestan confesándole el modo y motivo de sus muertes, la mayoría violentas y producto de la ruptura del lazo social, el miedo al otro y la indiferencia. En Mis muertos tristes esos espíritus afligidos interactúan no solo con la protagonista sino con los otros personajes que componen el elenco principal, como Dolores Fonzi, quien encarna a Caro, hija de Ema y fotógrafa que intentará capturar a esos fantasmas con su cámara; Lidia, hermana de Ema, jugada por Alejandra Flechner, que vive en Estados Unidos y que junto a su marido (Carlos Portaluppi) vienen a internar a su hija Julie (Carolina Álvarez), una chica con graves problemas de sobrepeso, que se ha fugado de institutos en Portland, donde vive la familia, y ya no hay lugar público donde quieran atenderla, además de lo que implica el costo; y finalmente Luz Giménez, una actriz chilena que compone a la madre de Ema, cuyo fantasma será el motor esencial para el desarrollo de la historia.

Dotada de virtuosos planos secuencia, con una coloración marcadamente opaca y lejos de la saturación habitual de las propuestas de la plataforma de la “N”, Mis muertos tristes  tiene un fuerte subrayado político hacia los acontecimientos, sin ningún sesgo panfletario, sino que indaga –o muestra, sería mejor– los intersticios del infierno de los barrios –dejados de la mano de Dios, como dicen los mismos vecinos– abandonados por las gestiones oficiales de turno; pero también campea la fraternidad entre mujeres –sororidad, dirían algunos–, y las dificultades emanadas de los duelos, las reconciliaciones y las culpas.

Enormes monoblocks de arquitectura brutalista conforman un escenario casi siniestro donde la degradación de las relaciones entre sus moradores son el caldo de cultivo para que pululen las víctimas de los linchamientos y el gatillo fácil, que de inmediato se le aparecerán a Ema para contarle sus angustias y penas, y a través de los cuales, esa médica jubilada de prepo y con una resiliencia portentosa para enfrentar ese caos cotidiano, irá construyendo un mapa de pesares y existencias malogradas surgidas del resentimiento, los falsos mitos y la inestabilidad social. Además, claro, Ema, con su vehemencia arrasadora y su decir puteador se plantará ante cualquiera cuando algún tipo de injusticia tenga lugar.

Mis muertos tristes despliega un tono irónico permanente y cierto humor ácido, sobre todo en la figura de Ema, pero también en su sobrina Julie –increíble personaje, hay que decirlo– quien será la que detone el devenir sustancial e ingrato de la historia, víctima ella misma, pero al mismo tiempo casi una conciencia del goce y el placer negado a los diferentes, a aquellos que no responden a los cánones de una sociedad enferma de tan normatizada.

De este modo, Mis muertos tristes abona a lo que podría denominarse un realismo exasperante envuelto en una historia de fantasmas y espíritus, lo que suele denominarse ficción paranormal en literatura, porque de algún modo define una estética que parte de elementos reales y reconocibles de un estamento degradado de la sociedad argentina, y que este relato audiovisual multiplica en su intensidad e incomodidad que conmueven al espectador.

Y lo que lo hace atractivo –formalmente ya es un producto muy logrado– reside en esa microresistencia que ejerce el personaje principal, Ema, enfrentándose tanto a las calamidades de las políticas de una empresa de servicios públicos como a una patota armada en esa tierra de nadie y constituyendo una suerte de refugio ético frente a la degradación social. Tan es así que hasta algunos fantasmas se lo agradecen.