una honda tristeza y angustia. Es la bronca y el dolor por lo que el otro ha logrado y quien envidia cree no poder alcanzar por sentirse incapaz.
La energía que emana esta emoción es muy fuerte, negativa y destructiva.
Es una debilidad de carácter, que la persona construyó a lo largo de su vida y tiene mucho que ver la influencia de los cuidadores primarios sobre esa personalidad que se piensa deficiente, pero que no lo es, porque esencialmente todos tenemos talentos y capacidades para expresar.
¿Por qué surge?
Fuimos construyendo nuestra personalidad desde la niñez. Las palabras que nos dijeron, la manera en que nos trataron nuestros padres, abuelos, en la escuela, en el entorno social más cercano, determinó los pensamientos y creencias que nos formamos.
La estima la construimos por la mirada de los demás sobre nosotros y por nuestra mirada propia.
Si en nuestro pasado, interactuamos con personas que nos resaltaban los defectos en lugar de nuestras capacidades, nuestra estima va a tender a ser baja.
La manera en la que se trataban nuestros padres y nos trataban, eso también influye en nuestro carácter.
Muchas veces los defectos físicos, intelectuales o emocionales generan un sentimiento de inferioridad que la persona intenta compensar superando esas carencias mediante el desarrollo de un complejo de superioridad.
La estima de una persona que envidia está profundamente lastimada y piensa que obteniendo lo que los demás tienen o siendo como los otros son, sería feliz.
La tarea que tenemos como adultos responsables de nuestro bienestar es reconocernos en todo nuestro potencial y comprender que podemos cambiar los mandatos estructurados que recibimos de chicos hacia lo que realmente preferimos.
Todos somos capaces de alcanzar lo que nos proponemos, con ganas, con esfuerzo, con humildad.
No somos más ni menos que nadie, somos valiosos sólo por existir.
