Rosario, viernes 23 de octubre de 2026
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Rosario, viernes 23 de octubre de 2026

Paloma de Paz, un faro que sigue iluminando el extremo oeste

Se formó en 1999 para pelearle en barrio Godoy a la desocupación y la deserción escolar. Ahora allí hasta se fabrican muebles.

La camioneta de Gendarmería pasa lento por la avenida Rivarola al 7700. Va recorriendo barrio Godoy, y algún vecino le regala un saludo. Pasando la mitad de la cuadra, el portón de la ONG Paloma de Paz está abierto, como siempre, y en la cocina Silvia Tratzi, su responsable, intercambia unos mates con Jorge Farini y Zulma Medina.

Están pensando cómo hacer para que los números cierren y se pueda finalizar la planta alta, donde funcionarán consultorios de salud. Jorge necesita para la carpintería un par de máquinas, se puso en contacto con el Rotary y logró una promesa. No es poco para la organización, que atravesó ya su década y media de existencia sin dejar de crecer: aunque desde sus orígenes muchas cosas cambiaron en el país, en el extremo oeste de Rosario los problemas siguen siendo los mismos.

Desde 1999, cuando el desempleo en los adultos y el abandono de la escuela en jóvenes era una dura realidad que presagiaba el estallido que llegaría después, Silvia junto a otros referentes pusieron manos a la obra para comenzar primero con la copa de leche y clases de apoyo. “Se sale con educación y trabajo, no con asistencialismo. Eso no sirve, apuntamos a que los chicos, el día de mañana, se puedan valer por sí solos y no que dependan «de»”, afirma –sin dejar de recordar que “nada es posible sin la presencia del Estado”– Silvia Tratzi o, como la llaman los chicos, Paloma. Se ríe y dice que su identidad cobró la forma del nombre de la institución que encabeza, y que los fines de semana funciona como comedor municipal, 240 raciones que los vecinos pasan a buscar con sus fuentes o tupper: “No queremos que coman aquí, sino en sus casas, que la reunión familiar en derredor de la mesa no se pierda. Sí, los días viernes, a los más chiquitos le damos la copa de leche”, agrega la mujer. La provincia también asiste con la copa de leche y en la compra de máquinas para la carpintería.

También se hacen compras al Banco de Alimentos Rosario y Jorge sorprende: “Cuando los pibitos venían, les ofrecíamos los alfajores de chocolate Terrabusi o Bagley, que son riquísimos, pero no los querían, nos pedían pan y mate cocido. Desconfiaban de la chocolatada. Ahora no, disfrutan cuando podemos traer este tipo de alimentos”.

Hace 15 años, la ONG surgió como necesidad de una realidad: “Gente que había perdido su trabajo, chicos que no estaban escolarizados, gente que no podía reclamar por derechos que no conocía. Ahí comenzamos a cubrir necesidades básicas como alimentos y vestimenta. Hoy buscamos un salto de calidad, por ejemplo en nuestra carpintería. Los chicos ya no sólo hacen banquitos o bandejas, ahora ya pueden hacer muebles a medida”, dice Jorge, a cargo de 17 jóvenes que manejan máquinas más complejas, como una garlopa con sierra circular y cepilladora; también un torno, una sinfín, una clavadora y una engrampadora.

“Además de fondos provinciales hacemos rifas, polladas, incluso estuvimos en la Fiesta de la Torta Asada (el pasado 25 de mayo) vendiendo lo nuestro. Todo suma para poder contar con los elementos”, explica Jorge.

Además de carpintería, en Paloma de Paz los adolescentes pueden aprender confección de indumentaria, panificación y pastelería. “Pero siempre apostando a la contención, a la charla, a tomar un mate, a escuchar qué le pasa al otro. Uno ve que quieren salir y no encuentran el lugar. «Yo quiero salir de la esquina», te dicen; pibes que tienen voluntad para aprender y trabajar. A ningún chico le gusta estar mal, si lo dejamos en la esquina
no estamos ayudando”, insiste.

Barrio Godoy tiene a la ONG Paloma de Paz como un faro, una referencia de contención, “de puertas abiertas”, puntualiza Silvia. “Donde, incluso, –remarca– cuando ocurrieron los saqueos hace un par de años, seguimos abiertos con los vecinos plantados en la puerta, Acá hay alimentos y a nadie se le ocurrió meterse, todos cuidan el lugar porque saben que es de ellos”.

Silvia dice estar orgullosa de lo que relata y de más: “Nos ampliamos, ahora abrimos en la esquina de Hudson y El Sauce, en Cabín 9, la idea es llegar con el alimento con entregas de bolsones una vez al mes y luego llevar los oficios, la educación, las dos cosas más importantes para poder salir”.

“Capacité a otros como lo hicieron conmigo”

Rafaela Coria llegó a Paloma de Paz en 2005 y allí se sumó a un curso de panificación, también al de carpintería. Es uno de los tantos ejemplos de chicos del barrio que aprendieron un oficio y se largaron por su cuenta. “Conozco a Silvia hace años e incluso me motivó para que enseñara a los nuevos que llegaban. Al comienzo tenía temor, pero al final durante dos años capacité a otros como lo hicieron conmigo”, dice Rafaela mientras prepara tortas y pastafrolas en su casa. Sus hijos juegan rugby en Caranchos: “Y como viajan, hago pastelería para vender en el club”, aprovecha. Rafaela dice que es muy inquieta y quiere aprender decoración de interiores. “Como no me gusta la rutina, con mi marido estamos en un miniemprendimiento: compramos una máquina para reciclar botellas. Paloma de Paz no sólo me enseñó, sino que también me sirvió para enseñar en el Barrio Toba a los pueblos originarios, transmitir mi experiencia a otros”, concluye.