Foto: Julianite Calcagno/Incidencia Feminista
Volvimos a encontrarnos. Desde 1986, el Encuentro Nacional de Mujeres (hoy Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries) es una cita que convoca a la militancia organizada y aquellas “sueltas” que van por primera vez. Porque una amiga o una madre o una hija las invita, o por simple curiosidad. Y que vuelven siempre con alguna chispa encendida. Con algo distinto, algo que no muestran los medios de comunicación que se quedan siempre en las paredes pintadas con aerosol.
Una pared se limpia.
Una mujer asesinada no vuelve.
Una travesti asesinada no vuelve.
Estas primeras líneas parecen escritas en 2015, cuando el movimiento feminista adquirió uno de sus primeros picos de masividad (le seguiría luego la marea verde por la legalización del aborto voluntario). Pero son en cierta medida actuales porque adversarios políticos y falsos aliados de ocasión encuentran en el paraguas de la ultraderecha la aguja que desteje su lengua.
Y pasamos, en apenas 11 años, del consenso social sobre el “Ni una menos” a poner en duda las denuncias de las mujeres y de las infancias y en el blanco al sujeto político que desde hace (muchas) décadas dice que el femicidio es la expresión letal y visible de muchas otras violencias. La psicológica, la sexual, la simbólica. Y que todas vivimos esas violencias cotidianamente.
Cuando ganó este gobierno, cuando otras alternativas políticas perdieron, las miradas se dirigieron a nuestros pañuelos verdes: “se pasaron tres pueblos”. Aún me pregunto cómo hubiera sido el mundo si realmente nos hubiéramos pasado esos famosos tres pueblos, si en todo el país hubiéramos tenido presupuestos acordes, si aún con el aborto legal no hubiera habido escollos para el acceso, si se hubiera esfumado la violencia obstétrica, si se hubiera implementado la educación sexual integral sin peros, si hubiera habido salud de calidad para las mujeres que tienen una salita sanitaria a kilómetros de distancia; si no nos faltaran compañeras asesinadas por sus parejas.
El fin de semana en Córdoba fue el 39° Encuentro. Cada año, tres días condensan todas nuestras luchas. Es el escenario vivo de nuestro movimiento porque visibilizarnos es nuestra forma de denuncia y de convocatoria. Así politizamos nuestro orgullo, decimos “acá estamos, pese a todo”.
Y con ese “pese a todo” me refiero a las dificultades para vivir en un país gobernado por la ultraderecha, donde “les aliades” de ayer aprovecharon la impunidad simbólica que genera el insulto institucional para desplazarnos de nuevo. Pero dedicaré otro artículo a los paneles donde ya no parece necesario ni siquiera el cupo de lo políticamente correcto.
Hay algo que tiene el Encuentro y es que es profundamente popular. Las feministas somos trabajadoras, en la casa y fuera de ella. No es que no sobre el tiempo, es que rascamos la olla del reloj para que el día nos alcance. Y eso nos pasa por el cuerpo.
Al encuentro nadie llega fácilmente, menos aún en este contexto. O hace una rifa, o pide plata, o se agrupa con otras para que el colectivo y dónde dormir sea más económico. Funcionamos en escuelas, en plazas, en la calle. Y lo hacemos porque necesitamos la comunidad, eso que desde la dictadura en adelante buscaron disolver.
Los nuestros no son encuentros corporativos, donde deberían buscar las verdaderas razones de la ultraderecha en los gobiernos. Las periodistas feministas contamos apenas con lo básico para transmitir lo que sucede desde el lugar de los hechos. No tenemos el despliegue técnico de quienes después solo difunden las paredes pintadas y la mugre en las calles. Sí: la masividad deja mugre. Igual que una hinchada después de un clásico.
Pero ahí estamos, pese a todo o por ese “todo”. Porque la plata no alcanza, porque vemos con impotencia cómo nos siguen saqueando, porque nos duele el país. Porque la salud mental está tan rota y la atención pública es tan precaria que no por nada hay cada vez más suicidios o más consumo de drogas. No es casual la ecuación: falta de futuro, Estado violento y kioscos en cualquier esquina.
Una vez llegadas, se cocinan a fuego lento las revoluciones que no serán televisadas: las de las articulaciones que se arman porque entre marcha y taller una compañera conoce a otra que vive a kilómetros de su casa. Y en ese lugar seguro que genera el Encuentro pueden ponerse a hablar, compartir un mate, encontrar que tienen mucho en común y que pueden hacer cosas juntas.
Así sostenemos nuestra convicción visceral de resistir. Que, como enseña la lideresa indígena colombiana Aída Quilcué, no es aguantar, sino dignificar.
Y seguiremos estando, en el cuarto año de este gobierno decidido a deslegitimarnos como sujetas políticas. Nosotras no volvimos a antes de 2015, nunca declinamos. Nos preguntamos, reflexionamos sobre qué nos faltó para conquistar la dignidad soñada para todo el pueblo. Pero lo hicimos a sabiendas de que somos un movimiento social poroso, expuesto, con tensiones; y que hacemos en ese marco un esfuerzo de escucha, de seguir aprendiendo, de construir con otra aunque siempre sea más cómodo quedarse en casa.
Llegar a acuerdos homogéneos sería más fácil, claro, si fuéramos cuatro o cinco reunidas pensando en un interés sectorial muy chiquito y no en cómo seguir abarcando y creciendo.
Se habla mucho del encuentro y el año electoral, que es un factor real. Pero quiero subrayar la importancia política de ocupar el espacio público en la Capital, con un gobierno local (el de Franco Macri) que hostiga a los pobres; y con un gobierno nacional que sueña nuestro exterminio y el de todo movimiento que le haga frente.
Quiero decir que en estos cuatro años no solo no desaparecimos, como hubiera querido el presidente, sino que seguimos andando el camino. Y por eso en 2027 estaremos en Buenos Aires: para mostrarle al Gobierno que estamos de pie. Y para decir, desde el centro político del país, cuáles son nuestras discusiones, de qué modo las damos, cómo se vive lo popular sin jefaturas.
Por eso el próximo Encuentro no es uno más: es la respuesta de un movimiento popular al fascismo en su propia cancha. No es un asunto porteño, algo a lo que debamos simplemente “llegar”, sino algo que construir desde nuestros diversos territorios.
El acento en el encuentro en Buenos Aires no es un gesto porteñocéntrico. Es reconocer su peso por la matriz de distribución territorial del poder que nos legó la historia argentina. Es una cita política que convoca a todo el movimiento feminista a estar presente. Ahí sí, ante el mundo. En la Capital Federal de la Argentina que aún gobierna una de las expresiones globales de la extrema derecha.
La invitación está hecha.
