Los protagonistas hundieron lo charlado en el secretismo, clave de los movimientos subterráneos en momentos decisivos, pero los ex presidentes Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero dominaron la reunión del patronato del Real Instituto Elcano, la última actividad del príncipe de Asturias antes del inicio de su reinado, que rige desde ayer. La cita a solas con esos dinosaurios de la primera transición y jefes de lo que queda del bipartidismo puede verse como un round de un pacto que avanza para una reforma de la Constitución destinada a salvar la monarquía.
El rey había pedido que le mantuviesen en la agenda esta cita prevista desde hace meses. Lo auspician los jefes de las empresa más importantes de España –ayer presentes– y conviven allí hombres del socialismo como Rafael Estrella (ex embajador en Buenos Aires) y el politólogo Carlos Malamud, opinólogo que echó fama como martillo de terceristas (chavistas, correístas, evomoralistas y kirchneristas), a quienes castiga en sus escritos.
Esta reunión de Felipe con los ex presidentes del gobierno, a horas de su jura, se mira con lupa porque consta que antes de anunciar la abdicación Juan Carlos consultó con ellos la decisión. Los tres, además, son clave para el período, que lleva, según consenso de todos los sectores, a una reforma constitucional que incluirá el debate sobre la institución monárquica. Los tres conservan padrinazgo sobre uno de los pilares del proceso que se inició en 1975, el bipartidismo, que hoy está en crisis como los otros dos, la monarquía y el consenso comunicacional de que la familia real era intocable.
Una reforma constitucional que renueve la legitimidad de la monarquía es posible hoy, cuando el PP y el PSOE conservan, con dificultad creciente, la mayoría en el Congreso.
Los dos respaldan la monarquía y podrían arriesgarse a un referendum sobre la institución para ganarlo, digamos, 60 a 40. Después del resultado devastador para esos dos partidos en el test de las elecciones europeas del 25 de mayo, ese resultado, posible hoy, no puede asegurarse para dentro de un año.
El diseño de la reforma que ya discuten los dos partidos busca darle a la monarquía una legitimidad que hoy discute la opinión pública y a la que faltan papeles, como que nació de una transición pactada en 1975–1978 a la que falta una ratificación para los españoles de hoy. Cuando se aprobó la última Constitución, no parecía haber discusión sobre que la monarquía era la mejor bisagra para la transición de la dictadura franquista a un sistema democrático, en la fórmula de una monarquía parlamentaria. La prueba fue el “tejerazo” de 1981. Pero han pasado 30 años.
Como el pacto de Olivos
La forma de meter una ratificación de la monarquía en una reforma constitucional controlada, frente a los proyectos de un cambio hacia la república, es encapsular la consulta en un núcleo de coincidencias básicas parecido al que imaginaron los firmantes del Pacto de Olivos en la Argentina en 1993, en el cual la sola aprobación de la necesidad de la reforma contenía la de las principales iniciativas, como la reelección presidencial.
Entre quienes proponen esta reforma que ratifique la monarquía prima el criterio de poner como tema la igualdad de mujeres y varones en la sucesión monárquica. La propuesta de despejar ese impedimento y su aprobación, algo adjetivo, conllevará ratificación de lo sustantivo: la monarquía.
Hasta los más conservadores de los dos partidos se arriesgan hoy a proponer algo así, pero temen que, si se demora, las condiciones pueden cambiar y ponerse en riesgo a la monarquía, ese pilar del “invento” de 1978, como llama Felipe González a la tríada de rey, bipartidismo y protección de la prensa para la casa real.
Se asume que una monarquía que no reciba ratificación popular es difícil que dure mucho en un mundo horizontalizado y con la muchedumbre como protagonista, y menos en una crisis política y económica. Una sucesión como la de anteayer, antes de la crisis económica habría pasado inadvertida. Pero la exasperación hirió a una monarquía que además mostró a un rey con vida privada perforada por el destape, junto con un elefante muerto, y a quien parece serle más práctico una silla de ruedas que un trono.
Su heredero es, según Juan Carlos, el sucesor a rey mejor preparado de la historia. Es además leído y curioso. Agrega a eso un conocimiento de la mayoría de los presidentes latinoamericanos, a cuyas asunciones asistió durante años y con quienes debatió. Fue a las dos asunciones de Cristina de Kirchner y con ella mantuvo en 2011 un tenso diálogo cuando le pidió que la Argentina fuera previsible y ella lo cortó con la frase de que el país es predecible pero lo que reclamaba Antonio Brufau, titular de Repsol, no correspondía. El nuevo rey no olvidó ese cruce.
La abdicación, en el balance provisorio que se hace sobre caliente, parece, después de anunciada, tan imprescindible que habría sido un riesgo demorarla. Hay mil especulaciones, pero todos prefieren conformarse con el argumento de la mala salud del rey saliente. Es un hombre joven (76) para los parámetros actuales, pero desde el accidente en la cadera tuvo seis operaciones y su discapacidad le impidió pleno despliegue.
Los partidos mayoritarios en el Congreso también apuestan a que una reforma salve el otro pilar del “invento”, que es el bipartidismo. Las elecciones europeas perforaron al PSOE, que se desangró corrido por izquierda por propuestas radicales que le reprochan que en el segundo mandato de Zapatero se plegase, para evitar el rescate europeo, a las medidas de ajuste. Llegó a promover una reforma de la Constitución para ponerle un tope del 3 por ciento al déficit fiscal, algo que sepultó su gobierno. Fue parecido a lo que ocurrió en 1988 cuando Antonio Cafiero, gobernador de Buenos Aires, se mostró junto con Raúl Alfonsín en el anuncio de medidas del languideciente gobierno radical.
Fue el final de su carrera presidencial. Lo que Zapatero hizo le mostró al público que había perdido las convicciones ideológicas y le señaló al PP como opción. Lo reemplazó el conservador Mariano Rajoy. Hoy el PSOE no tiene directiva y se reparten sus trozos los representantes de una nueva generación a la que el público no identifica con una fuerza que mantiene a González y a Zapatero como emblemas. En una reforma, el socialismo introducirá cambios en el régimen electoral que le permitan sobrevivir a la disipación, como imitar el sistema anglosajón de elegir legisladores por circunscripción o ir a primarias obligatorias.
El PP, ese otro invento de Aznar de juntar a todo lo que está a la derecha de la izquierda, parece menos preocupado por un nuevo sistema. Más le inquieta que la pérdida de votos sufrida en las elecciones vaya a la abstención como castigo a la corrupción, como se reveló en el encierro de esa fuerza que hizo Rajoy el último fin de semana para lamer heridas.
El mismo consenso partidario en torno de la reforma apura la sanción de una ley de fueros para el rey saliente. Surge del hecho de que se haya jubilado, con lo cual perdió los fueros que tiene un rey en ejercicio, que no puede ser llevado a la Justicia. Pero Juan Carlos no tiene ya esa protección, algo que lo expone a demandas por hechos que se le atribuyen y que no han tenido ingreso a la Justicia, como manejo de fondos, reclamos de paternidad o hasta acusaciones políticas por responsabilidad en actos contra el terrorismo. O sea, toda la gama del denuncismo en que es tan fecundo el ingenio político.
