En tiempos donde la información y las imágenes viajan a la velocidad de la luz, donde el mundo fue reducido a una aldea global, permítanme ir a los orígenes de nuestra infancia. En particular a un lugar mágico, el cual en su infraestructura no había luz artificial, donde sus elementos eran tierra, algo de pasto y un par de palos que formaban arcos.
Este lugar tenía otra particularidad: no se alquilaba. ¡Era gratuito! Sí señores, era gratuito. Sólo era cuestión de una improvisada organización, de códigos, donde jugaban todos. Talentosos y menos hábiles, pero una cosa era segura. Jugaban los amigos y, obvio, el dueño de la pelota.
Los únicos perjudicados eran algunos que otros vecinos donde a su patio volaba algún pelotazo. Generalmente las señoras eran las que quejaban por alguna planta rota.
Estimados lectores, les hablo del famoso y bien recordado potrero. ¿Quién no jugó en uno de ellos? Algunos la llamaban canchita. Otros, el campito. Pero en síntesis, venía a representar ese espacio de diversión. Donde el fútbol era el juego por excelencia.
Los picados se armaban por orden, la selección de los jugadores estaban a cargo de dos líderes, los cuales elegían de acuerdo a sus preferencias y amistades.
Los primeros seleccionados enseguida se ponían detrás de su capitán, y así hasta la última incorporación. El conflicto podía darse a la hora de seleccionar al arquero. Esta decisión era tomada dentro de la intimidad del grupo. Entonces comenzaba la negociación. ¡Un gol cada uno ataja!
Por último quedaba ponerse de acuerdo qué arco elegir, o algún reglamento interno del potrero, como no se vale chumbar. La duración del partido podía estar dada por la cantidad de goles, o cuando el sol se iba y la pelota no se veía más. A veces el partido era interrumpido porque algunos jugadores eran llamados por sus padres, ya sea para merendar o para que vayan hacer algún mandado. Este jugador una vez que regresaba al potrero se incorporaba de forma inmediata al partido.
El potrero venía a representar también un lugar significativo de identidad para el niño del barrio. Un lugar de reunión. Esto era cuando no se llegaba para un picadito, o no había pelotas que patear. Solo había una condición: jugar, divertirse y encontrarse.
La inseguridad de estos tiempos, priorizar los resultados en el fútbol infantil, sumado a que los niños se sumergen muchas horas a navegar por Internet, vinieron a atentar contra estos hermosos momentos que nuestros hijos puedan experimentar.
Estos lugares mágicos de apoco se fueron transformando en edificios y estacionamientos. O simplemente, se van extinguiendo. Sin embargo, el espíritu de la infancia seguirá buscando esos lugares donde “liberarse”, expresando las sanas emociones y habilidades motrices, formando la esencia del fútbol argentino.
(*) Lic. Pablo Sucarrat
Psicólogo deportivo
Mat. 5925
