Rosario, lunes 26 de octubre de 2026
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Rosario, lunes 26 de octubre de 2026

Del 30 al 100, los números malditos siempre presentes



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Por Raúl Koffman.- Las cifras y porcentajes son parte central en la evaluación de las personas: por ejemplo, el caso de “la chica 10”.

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numerosdentro

Los números siempre jugaron y estuvieron presentes (y más aún los porcentajes) en la evaluación de las personas. Hay momentos y actividades en las que, sí o sí, una buena evaluación cuantitativa es necesaria. Por ejemplo, los porcentajes de desarrollo de determinada habilidad para desempeñar determinada función. Y otros momentos en los que, no parece tan necesaria, pero las numeraciones se presentan igual. La chica 10, por ejemplo. O si alguien cumple con el 50, 60 o 70 por ciento de las expectativas para la elección de una pareja para que no sea tan despareja. O el ¿cuánto me querés?

Se sabe que, como producto de la reflexión, el 100 por ciento de expectativas cumplidas es un imposible. Pero, cosa muy humana, se sigue pretendiéndola igual. Por suerte sólo por momentos. Y estos momentos de pretensión del 100 por ciento son particularmente peligrosos para cualquier relación (pareja, padres-hijos, empleador-empleado, etcétera). Pero, ¿cuál es la peligrosidad? Es que, cuando el 100 por ciento empieza a funcionar en las expectativas, el 30 por ciento de diferencias (lo desparejo) se convierten en 100 por ciento de abismos infranqueables. Y, aquí, la película de amor se convierte en una de terror.

El salto sin paracaídas

Y el salto del 30 al 100 puede ser casi instantáneo y hasta imperceptible e incontrolable, según cada uno lo sienta. Es como Un día de furia: no hay freno ni mediaciones posibles. Es como una caída libre: “Si seguimos así, nos estrellamos”, dicen algunos.

Y aquí lo que cuenta es lo experiencial: cómo cada uno lo siente, lo valora y el significado que le da. Hasta ese momento ciertos rasgos “negativos” de la otra persona se podían minimizar, pero desde ese momento ya es imposible seguir haciéndolo. La maximización manda. Hasta ese momento la tolerancia gobierna, pero desde ese momento ya lo mínimo negativo se convierte en intolerable. Hasta ese momento ciertos encantos de la otra persona podían minimizar lo negativo, pero desde ese momento la totalidad de su ser y sus actitudes son imperdonables. Y estas variables, solamente en los casos más simples: no incluimos descontroles emocionales ni luchas por el poder ni problemas con la autovaloración que complejizan la situación más aún.

El salto del 30 al 100 es el responsable de separaciones y divorcios. Momento casi mágico y de total claridad. Y aparece todo tan claro, tan claro, que se afirma: “Al fin veo las cosas como son”. O “siempre lo vi, lo supe, pero ahora me doy cuenta que siempre fue así y que nada cambiará”. Momento decisivo en el que, el tiempo se detiene: los siempres y los nuncas se apoderan de la escena acompañados del Todo y la Nada.

“Nunca pude lograr que…”, “nada de lo que pedí o quise…”, “siempre la misma respuesta”, “todo fue inútil”. Es obvio, el 100 por ciento es totalizador, no deja lugar a dudas. Como el enamoramiento: es totalizador y no deja lugar a dudas.

Este salto es particularmente temido. Este luminoso agujero negro devora lo construido, la pasión, la paciencia, las ganas y, sobre todo, las expectativas. Es el final, el colapso. La antesala del infierno y de la oscuridad. De sus efectos negativos sólo se salva quien tiene la convicción de su necesidad. Sólo cuando el salto es visto como necesario para sobrevivir salva del infierno porque se huye del infierno vivido. Es el salto en el que se abandona el agujero negro. Pero este salto es de otra calidad porque es un autorrescate.

Los opuestos, ¿se atraen?

Para evitar el salto (¿o la caída?) al 100 las soluciones se presentan muy variadas. Una de ellas es “los opuestos se atraen”. Muchas relaciones de pareja funcionan “establemente” hasta que deja de suceder. El ejemplo mas común: “Nos complementamos bien porque él/ella me ayuda a reflexionar y a parar a tiempo y él/ella me ayuda a emprender”. Pero cuando ni la reflexión ni el emprender se dan fluidamente comienzan los desacuerdos y los desencuentros. Es el famoso: “¿Que hago yo con alguien así, tan distinta/o a mí?”. Momento de salto del 30 al 100.

Pero las opiniones están divididas. Otros opinan lo contrario: que los opuestos, por ser opuestos, se rechazan. Por este mismo motivo quienes defienden la teoría contraria afirman con convencimiento que “lo que une son las similitudes, no las diferencias”. La misma música, el mismo poeta, los mismos libros, hasta la misma filosofía de vida. Porque las diferencias son imprevisibles en el tiempo. ¿Se liman las asperezas o se agravan con el tiempo?, preguntan. Las diferencias básicas se agigantan siempre y el salto se producirá inevitablemente, sostienen. Pero la garantía nunca aparece. Es que “la vitta e mobile”

Los antídotos al salto son ya conocidos. La paciencia, madre de todas las virtudes y de las ciencias, es una opción muy recomendada. La paciencia y su inseparable hermana, la tolerancia. Otros afirman que el verdadero antídoto es el amor verdadero: si no resiste, no era verdadero amor. Otros, menos simples, plantean “hacé terapia”. Otros más folclóricos plantean “hacé tu juego y callate”. Intentos; a veces vanos, a veces exitosos.

Si para entender las relaciones humanas son útiles los conceptos de la astrofísica, quizás es porque las personas en sus relaciones (sobre todo las mas estrechas) crean universos en las que las partes se atraen o rechazan; en donde se presentan situaciones sin salidas que devoran todos los esfuerzos; o momentos en que las fuerzas se agotan y la posibilidad de persistir colapsa. Finalmente, sólo imágenes de las dificultades de la cotidianeidad relacional.