Muchísimas veces es improductivo buscar enemigos en el exterior porque, como se suele decir, “están adentro”. Y el llamado “enemigo interior”, en la relación de una persona consigo misma, suele describirse con los siguientes argumentos:
1. uno es el peor enemigo de uno mismo (¡vaya novedad!);
2. existen enemigos escondidos y pertrechados, esperando atacar cuando bajemos las defensas y,
3. algo de lo que se hace, de cómo se hace y de cómo se razona funciona como enemigo de uno mismo.
Estas tres explicaciones, finalmente, son una sola. La primera se presenta como la más totalizadora. La segunda como la más imaginativa. Y la tercera como la más práctica. Pero son puntos de vista, modos de entender y de abordar el mismo hecho.
De hecho, lo peor que nos puede pasar es no saber cómo somos (cómo funcionamos) y no poder hacer algo para modificar los efectos negativos de este desconocimiento. Salvo que se prefiera la ignorancia. Con el amor pasa exactamente lo mismo: nuestro modo de funcionar con él, el modo de pensarlo, sentirlo y actuarlo, lo convierte en un enemigo para nosotros mismos.
Los enemigos internos
Si lo que poetas y cantantes escriben es lo que gusta escuchar sobre el amor, seguramente será aquello que a cada una de las personas le gustaría que le sucediera o lo que quisiera sentir. Lo que emociona escuchar en la poesía es que pone en palabras esas sensaciones y sentimientos. En este caso, dicho poética, metafórica o descriptivamente.
En los textos de los poetas y cantantes que escriben sobre el amor nos encontraremos con dos ideas fuertes que se repiten en sus textos: 1) la completitud, y 2) el re-encuentro. Ideas que emocionan al escucharlas.
1. La completitud: si desarmamos esta idea nos encontraremos con que está compuesta por dos supuestos (dos implícitos): atemporalidad y cierre. Las frases de los poetas y de los amantes en estado de amor son “que dure para siempre”, “que nada lo interrumpa”, “no necesito nada fuera de esto”, “necesito esto y sólo esto para estar bien”. Sintetizando: “Quiero sentir esto y solo esto para siempre y sin interrupciones”. Observado desde otro punto de vista se parece mucho a una intoxicación crónica. Porque la atemporalidad y el cierre para siempre sólo se logran obnubilando los sentidos y la reflexión; o sea, intoxicándose sin discontinuidad.
2. La idea/sensación de re-encuentro es también fácil identificarla en frases del tipo “como si te conociese desde siempre” o “siempre te busqué y al fin te encuentro” (¿cómo lo supo si no la/lo conocía?).
Y es obvia la asociación entre las tres ideas: la búsqueda es de lo que se quiere re-encontrar (aunque quizás nunca hubo ningún encuentro real extrañable). Es entonces una búsqueda atemporal porque fue desde siempre fuera de los tres tiempos. Si la búsqueda concluye se produce un cierre. Dicho de otra manera: una vez que se encuentra el amor siempre buscado la cotidianidad se rinde y se tiene acceso directo a la “bella locura”. Un privilegio al que nadie quiere renunciar. Cualquiera se haría adicto a este combo.
Sinceramente, como se ve, explicar la combinación de estos tres componentes del amor no es tan simple de explicar porque necesitamos recurrir a la letra chica de los conocimientos psicológicos y de muchas palabras. Pero simplificando podríamos afirmar que en el amor de a dos la atemporalidad del acto de amar es tranquilizante porque nos saca del reino de Kronos y sus efectos; el cierre garantiza la futura ausencia total de necesidades, y el re-encuentro el cumplimiento de los sueños amorosos construidos desde que la niñez nos dio la conciencia de que somos seres únicos, irrepetibles y mortales. Por esta razón, se dice que el amor es una dimensión estrictamente humana.
Finalmente, el amor como método para detener el tiempo es efectivo al menos por un tiempo. Y, dado que la única forma conocida de no tener más necesidades es la muerte, encontrar una forma alternativa estando vivos es un intento valioso e interesante. Y el amor es este intento milenario más o menos exitoso que es, además, el más utilizado.
¿De qué estamos hablando?
Un problema adicional radica en que parece que con la misma palabra hablamos de lo mismo. La definición femenina y masculina de amor no es la misma. ¿Autoriza esto a afirmar que sólo uno de los grupos conoce el “amor verdadero”? Porque si no hablan de lo mismo seguramente aparecerán nuevas diferencias. La idea de “continente vacío” (relacionado con el cuidado de la imagen de ese continente) no es de los dos sexos. Los tiempos tampoco son semejantes (salvo en el enamoramiento). También varía el amor de a dos según la edad y el contexto cultural. También hay amores de a tres o de a cuatro, sean reales o imaginados: los amores imposibles o las asignaturas pendientes, por ejemplo. Disfrute: otra palabra que se utiliza indistintamente pero que tampoco significa o supone lo mismo (¿acaso hay sólo una manera única de disfrutar?). Cada una de las personas puede enumerar varias.
Los nuevos enemigos
Como el ciclo día y noche las nuevas experiencias generan nuevas dificultades y enemigos. La problemática y experiencias amorosas son hoy muy distintas: el “miedo al compromiso” parece hacer estragos. Y quizás hasta apareció como solución (aunque muchos plantean que en realidad es el viejo “miedo a sufrir por amor” que se disfraza y rediseña). A este miedo se le sumaron las nuevas modalidades de relación y nuevos roles, y el aprender a vivir en la incertidumbre. Experiencias nuevas que seguramente generarán con el tiempo nuevos enemigos. Quizás los viejos enemigos convivan con los nuevos y las batallas continúen. Aunque la pretensión siempre sea que las batallas desaparezcan para siempre.

