Lo dejamos acá, el reciente estreno de Hernán Goldfrid (que puede verse por Netflix), se propone principalmente como una comedia de enredos y coquetea con el thriller psicológico para una propuesta que tiene a dos de los actores más considerados de la escena argentina, Ricardo Darín y Diego Peretti, en los protagónicos, el primero como un reconocido y singular psicólogo, y el segundo como un altanero escritor de éxito, ambos envueltos en una serie de peripecias que comienzan prometedoras pero luego se tornan algo insípidas hasta que naufragan irremediablemente.
El film del director de Música en espera y Tesis sobre un homicidio, acomete un ambicioso guión perteneciente a Emanuel Diez (el mismo de las series El encargado y Cóppola) con solvencia técnica y un elogiable dinamismo para contar la historia de Ulises Verón, un psicólogo que en las primeras escenas decide no aceptar un galardón a la excelencia psicoanalítica porque duda de la efectividad de su profesión al no haber podido salvar la vida de un paciente, y la de Martín Bouchard, un escritor de éxito que sufre un duro bloqueo creativo.
También ejerce una particular terapia con sus pacientes a la que llama “de exposición”, que consiste en intervenir en el ámbito de conflicto de sus pacientes, es decir, yendo con ellos a enfrentar a familiares u otras personas o advirtiendo a quienes afligen a esos pacientes que dejen de hacerlo. Todo el relato tiene también un tono lúdico, casi juguetón, que se inicia cuando el escritor desembarca en el consultorio pidiendo ser atendido porque está estancado en su última novela –que debe terminar en un plazo perentorio por compromiso con la editorial– y porque es alguien que escribe solo cuando bebe alcohol.
Al principio, Verón rechaza a su paciente, pero luego su hija, quien también es su secretaria y admiradora del escritor, le sugerirá que no puede perderse la experiencia de atender un paciente de esas características. Narcisista como es, Verón accederá sin más y allí empieza una relación entre ambos con derivas por lo menos curiosas –el psicoanalista atenderá a su paciente en el domicilio de este– cierto misterio y algo de humor, pero que irá volviéndose cada vez más inverosímil, al punto de que nada de las intenciones de cada uno –que pasa de una camaradería de compinches a una instancia de actitudes incongruentes– quede claro y de ahí en más el relato aparece forzado, tratando de hilvanar lo que subyace a ese devaneo permanente entre ambos.
Lo que pudo transformarse en un thriller psicológico o un ensayo de misterio, hace agua en la insistencia de dar por sentado ciertas variables cuando no había en el desarrollo del relato nada que lo sugiriera de ese modo. Lo abarcativo, es decir, el hacer fluir los géneros debe tener el absoluto dominio de las posibilidades del relato, de lo contrario perderá la efectividad indispensable para hacerlo llegar a buen puerto.
Así las cosas, esa particular forma del psicoanalista para resolver los conflictos de sus pacientes y el delirio de ese escritor por encontrar una nueva senda para poder seguir escribiendo dan, en un momento determinado, un giro copernicano hacia el despropósito y hacia el modo más fastidioso del absurdo.
Una pena, puesto que la pericia de los dos protagonistas, de haber solventado Goldfrid y el guionista con mejor rienda el decurso de esta historia –es decir, no descuidar la credibilidad argumental indispensable–, seguramente hubiera alentado una disparatada o insensata comedia, a la que el tono de thriller hubiera dotado de asombro y mayor entidad.
