Momento justo para frenar la euforia, pero sin temores. Central perdió un partido después de 17 fechas con 15 triunfos, y cayó porque se dieron dos situaciones puntuales en la misma jugada. Valentini vivió una fatalidad al caerse con la pelota dominada y el Negro Chávez definió bárbaro ante Caranta. No hay mucho más para agregar desde la razón. El Central más ganador, el que jugó hasta la semana pasada, nunca lució contundente. Sí, muy seguro de sus movimientos.
Otra característica que acompaña al equipo tiene que ver con el fútbol de Javier Toledo. Al menos hasta ayer, el nueve es titular indiscutido para Miguel Russo. El delantero anotó tres goles en 41 goles convertidos. Un promedio ridículo para un delantero que juega siempre y lo hace bien de punta, casi no visita los costados. Su estadística es la de un defensor. Claro que las falencias de Toledo se notan mucho más en las derrotas.
Cuando el equipo gana, nadie le recrimina su inaguantable impericia para definir, queda como un detalle, y participa de los festejos. Pero ante la derrota, se lo mira con bronca. Ayer no fue diferente a la mayoría de los partidos jugados por Central. En el primer tiempo tuvo tres o cuatro y definió mal, se quedó afuera del segundo, otra modalidad, pero nada cambió.
La ventaja es importante, mucho más amplia de la que se pudiese haber imaginado. Debe manejarla con inteligencia, no con rebeldía. Recordar el pasado es un buen ejercicio para no repetir errores. Pero sin miedos, con la confianza que el equipo supo entregar.
