“Corría el mes de octubre de 1945. El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente desde sus fábricas y talleres. (…) Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de resto de brea, de grasas y de aceites. Llegaban cantando y vociferando unidos en una sola fe (…) Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad (…) Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto”, describe Raúl Scalabrini Ortiz, en Tierra sin nada, tierra de profetas. Y continúa: “Éramos briznas de multitud y el alma de todos nos redimía. Presentía que la historia estaba pasando junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río. Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años, estaba allí, presente, corpóreo, tenso, multifacetado, pero único en el espíritu conjunto. Eran los hombres que están solos y esperan que iniciaban sus tareas de reivindicación. El espíritu de la tierra estaba presente como nunca creí verlo”-
El 17 de octubre de 1945 marcó la irrupción definitiva en el escena pública argentina de los sectores populares; en eso coinciden tanto apologistas del peronismo como sus más recalcitrantes críticos, los que hablaron del “aluvión zoológico”, en un claro sesgo de resentimiento y racismo. Hasta algunos estudiosos que vinieron desde Europa y Estados Unidos a investigar el fenómeno del peronismo como una especie de facismo latinoamericano, terminaron subyugados por la génesis de un movimiento popular que rompió todos los esquemas previstos y dejó vetustos a los manuales revolucionarios y desbordó a la clase política de la época.
Para el historiador Félix Luna (1925-2009), brillante intelectual de reconocida militancia radical y antiperonista, dijo sobre el 17 de octubre de 1945: “Fue, sin duda alguna, el día más importante de nuestra historia contemporánea porque señaló la falencia de los partidos tradicionales y de los factores de poder vigentes hasta entonces, para exaltar un elemento que todos habían invocado siempre, pero que no existía como hecho físico concreto: la masa, el puro pueblo, el hombre común que rompió los esquemas de sus dirigentes, aun de los más respetables, para imponer su voluntad”
El 9 de octubre de 1945, Perón fue destituido de los cargos de vicepresidente, secretario de Trabajo y Previsión y ministro de Guerra. En las primeras horas del 13 de octubre fue arrestado en su domicilio y luego trasladado a la prisión de la isla Martín García. El 17 de octubre miles de obreros se volcaron a las calles para exigir su libertad.
Un amplio abanico de analistas captaron que no se trataba de una simple reivindicación política: la manifestación estaba constituida como un espontáneo carnaval en donde además de una clara identidad popular confluían años de postergaciones y discriminaciones que se hacían evidentes en los ataques a sitios simbólicos de las oligarquías en las grandes ciudades, en donde apedrearon medios de prensa y locales del jockey club, entre otros.
El historiador británico Daniel James, quien realizó una investigación con los obreros partícipes de los acontecimientos de octubre destaca el “comportamiento festivo y carnavalesco”. “Es dable suponer que al transgredir esas instituciones, blasfemar contra esos símbolos y escarnecer las normas del decoro y la buena conducta, las multitudes de octubre estaban poniendo en evidencia la impotencia de dichas instituciones y negándoles autoridad y poder simbólico”.
Rosario no estuvo exenta a estas manifestaciones y el propio James destaca: “En Rosario, el cronista de La Capital comentaba acerca de los numerosos hombres y mujeres y niños, exóticamente vestidos que bailaban por la calle”.
Y no solo las oligarquías estaba espantadas sino la izquierda autóctona: Los comunistas menospreciaron como “clanes con aspecto de murga” conducidos por elementos del “hampa”, y el diario de los socialistas, La Vanguardia, señalaba que aquellos manifestantes no eran obreros sino “una horda”.
La columna central de manifestantes en Rosario estaba encabezada por un burro sobre el cual se había fijado un letrero con la leyenda: “ofensiva para los profesores universitarios y cierto vespertino”. También “bailaban en torno de una efigie de Perón al par que proferían cánticos burlescos contra la prensa, las universidades y la democracia”.
Alguien se encargó de recopilar algunos de los cánticos de la gente: “¡Queremos a Perón!”; “los que están con Perón, que se vengan al montón”; “piantate de la esquina oligarca loco/ el pueblo no te quiere y Perón tampoco”; “Perón no es comunista/ Perón no es dictador/ Perón es hijo del pueblo/ y el pueblo está con Perón”; “aunque caiga el chaparrón/ todos, todos con Perón” (cuando amenazaba con llover); “nos quitaron a Perón,/ pa´ robarse la nación”; “para robar al peón/ lo encerraron a Perón”;”como garras de león / son los puños de Perón”; “aquí están, estos son/ los muchachos de Perón”.
El escritor Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), quien consideraba a Perón con “un tirano” admitía de todas manear en un capitulo de su libro ¿Qué ese esto? Catilinaria: “Habíamos hablado mucho de nuestro pueblo (…) pero no lo conocíamos. Perón nos reveló no al pueblo, sino a una zona del pueblo que, efectivamente, nos parecía extraño y extranjero. El 17 de Octubre volcó a las calles céntricas de Buenos Aires un sedimento social que nadie había reconocido. Parecía una invasión de gentes de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos y, sin embargo, eran nuestros hermanos harapientos, nuestros hermanos miserables…”
Vengo de la turbulencia de la zanja/ Donde nacen el yuyal y las flores/ Encrespado de pájaros y cigarras./Traigo el eco/ De cada explotado/Envuelto en el rocío del pastizal/Y la llovizna furiosa de mi niñez./ Vengo del campo,/ La confluencia de langostas y mariposas/ La distancia plena de encontrar el horizonte./ Detrás de la mansedumbre,/ Detrás de mi silencio/ Todo arde y guay del que me enfrente./ Soy Octubre, hoy es 17./ Y he venido a la plaza para el incendio./ Nadie en el balcón, solamente el coronel,/Hemos venido a rescatarlo/Y si no, habrá un espectáculo de colores/ Estruendo y estampidos./ Aquí, Señora,/Queremos en la plaza al Coronel, aquí y ahora./ O han de saber/Lo que es un pueblo/Cuando siente.
Alfedo Carlino. “Evita del 17 de octubre a la caída”
