Ciudad

A propósito de «El Casero» de Marcelo Britos: detritus del sistema

Por Roberto Retamoso

Marcelo Britos ha publicado, recientemente, El Casero, una novela absolutamente singular.

Una novela singular pese a que transita por un campo temático harto frecuentado por la narrativa argentina contemporánea: el de los efectos provocados, en el cuerpo social, por la dictadura genocida instalada en 1976.

Singular también porque lo hace rescatando modelos genéricos asimismo frecuentes: el relato policial, la novela de suspenso, o, como dicen los gringos del norte, el thriller.

Pero, en el modo de abordar temas y formatos comunes y reiterados, cuestión que podría suponer un verdadero límite, o más bien, limitación, El Casero adquiere su singularidad, su original manera de situarse en esas coordenadas para dibujar una historia que es tan clara como simple, al modo de las grandes fábulas de la poesía clásica.

Porque El Casero se basa en una notable particularidad narrativa: el personaje de la novela, cuyo oficio es el de casero -lo cual le confiere, a partir de esa condición, un estatuto ciertamente marginal- es alguien que parece vivir, y no por una voluntad o decisión libre, en el límite de todo. De lo social, de lo afectivo, de lo económico, mostrándose como un ser despojado de bienes y de logros en esos diversos aspectos de la vida humana.

Así, diríase que dicho personaje, cuya existencia es tan opaca como insignificante, podría ser destinatario de una representación piadosa por parte de la novela, pero ello no es así.

Por el contrario: la representación que de él se labra es absolutamente impiadosa, porque se lo calibra y juzga no en términos de lo que suele llamarse corrección política, un modo de pensar absolutamente superficial e interesado, sino en términos de una disciplina milenaria, que no se confunde con la política, pero se liga profundamente con ella, al ofrecerle su sustento y fundamentos: la ética.

Ese casero es un hombre carente de ética. Y a pesar de ser pobre, falto de todo, y plenamente marginal, no podría dejar de ser juzgado en función del sentido de los actos que realiza, ya que termina actuando desde una perspectiva que, lejos de diferir, converge con aquello que practican los poseedores de la casa, un grupo de represores que la utilizan como centro clandestino de detención y torturas.

La historia del genocidio y sus consecuencias ha instalado una figura que se transformó en un concepto dóxico, un verdadero lugar común: la figura del perejil. Y aunque esa figura se reconoce en el campo de las izquierdas o del peronismo revolucionario, podría decirse que este casero bien podría ser definido como un perejil de la derecha.

Por ello, lo que la novela viene a decir es que, de izquierda o de derecha, esa metáfora vegetal no debería obnubilar la única falta de la que no puede ser exculpado: la falta de ética, porque, de un modo si se quiere existencialista, el relato nos viene a recordar que nadie pierde la responsabilidad de lo que hace en su vida.

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