Sociedad

Aceite de coco: moda saludable o peligro disfrazado

Durante la última década, el aceite de coco ganó una mística difícil de igualar. En redes sociales y discursos vinculados a la nutrición se lo presenta como un “remedio para todo”, capaz de mejorar la salud, ayudar a bajar de peso y combatir la inflamación

En esta columna, el médico cardiólogo Ariel Kraselnik (MN nacional 149.924 / MN provincial 26.170), especialista en prevención, nutrición y medicina del estilo de vida, analiza qué hay de cierto detrás del boom del aceite de coco y por qué la evidencia científica pone en duda su fama de “alimento milagroso”.

Aceite de coco: ¿ayuda a bajar de peso?

No. Los estudios realizados tanto en animales como en humanos no muestran que el aceite de coco tenga un efecto real en la reducción del peso corporal. Por el contrario, si se lo suma a la alimentación habitual sin desplazar otros alimentos, se están agregando calorías, algo que puede favorecer el aumento de peso.

¿Aumenta el colesterol?

Sí. El aceite de coco es rico en ácidos grasos saturados de cadena larga, que elevan el colesterol LDL —conocido como “colesterol malo”— y también los niveles de ApoB, la principal proteína asociada a este tipo de colesterol, directamente relacionada con el riesgo cardiovascular.

¿Es antiinflamatorio?

No hay evidencia que lo respalde. El término “inflamación” se utiliza con mucha liviandad en redes sociales, pero en medicina tiene definiciones precisas. El consumo de aceite de coco no ha demostrado reducir marcadores objetivos de inflamación, como la Proteína C Reactiva.

En esta columna, el médico cardiólogo Ariel Kraselnik (MN nacional 149.924 / MN provincial 26.170), especialista en prevención, nutrición y medicina del estilo de vida, analiza qué hay de cierto detrás del boom del aceite de coco y por qué la evidencia científica pone en duda su fama de “alimento milagroso”.

Desde mi experiencia en prevención cardiovascular y nutrición, veo con frecuencia cómo este tipo de productos se instalan como soluciones mágicas. El aceite de coco es un claro ejemplo de cómo la popularidad no siempre va de la mano de la ciencia.

Aceite de coco: ¿ayuda a bajar de peso?

No. Los estudios realizados tanto en animales como en humanos no muestran que el aceite de coco tenga un efecto real en la reducción del peso corporal. Por el contrario, si se lo suma a la alimentación habitual sin desplazar otros alimentos, se están agregando calorías, algo que puede favorecer el aumento de peso.

¿Aumenta el colesterol?

Sí. El aceite de coco es rico en ácidos grasos saturados de cadena larga, que elevan el colesterol LDL —conocido como “colesterol malo”— y también los niveles de ApoB, la principal proteína asociada a este tipo de colesterol, directamente relacionada con el riesgo cardiovascular.

¿Es antiinflamatorio?

No hay evidencia que lo respalde. El término “inflamación” se utiliza con mucha liviandad en redes sociales, pero en medicina tiene definiciones precisas. El consumo de aceite de coco no ha demostrado reducir marcadores objetivos de inflamación, como la Proteína C Reactiva.

¿Resiste bien las altas temperaturas?

Sí. Al ser rico en grasas saturadas, se oxida menos con el calor. Sin embargo, que tolere altas temperaturas no lo convierte en una opción saludable. Otros aceites pueden utilizarse para cocinar sin problemas si no se los somete de manera frecuente a frituras ni se reutilizan. El impacto de las grasas en la salud va mucho más allá de su estabilidad térmica.

¿Es el aceite más saludable?

No. Las recomendaciones científicas son claras: el aceite de coco no debería usarse con frecuencia. Se priorizan los aceites vegetales líquidos, especialmente el aceite de oliva virgen extra, que es el que mejores resultados muestra en relación con la salud humana.

Conclusión

No dejarse llevar por las modas es fundamental. Consumir aceite de coco de manera ocasional no representa un problema, pero pensar que es un superalimento —algo que no existe— puede llevar a elecciones poco saludables. Que no sea el aceite de uso habitual y evitar prácticas sin respaldo, como agregarlo al mate o al café.

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