Fragmentos de los diarios que Alejandra Pizarnik escribió de 1954 a 1972, cuando murió por sobredosis de somníferos, son recuperados por Ana Becciu con un criterio literario que tiene por objetivo dar cuenta de la lucha de la escritora por encontrar su voz y construir su prosa, su poética, su lenguaje, uno de los más fascinantes y genuinos del siglo XX.
En la rigurosa selección de Diarios Becciu mantiene la cronología de 20 cuadernos manuscritos, media docena de legajos mecanografiados y varias hojas sueltas con correcciones a mano de Pizarnik.
En la introducción, la compiladora explica que preparó este volumen guiada por el deseo de Alejandra. “Fue expresado verbalmente en la tarde del 24 de septiembre de 1972 –a las horas muere, la noche del 25– cuando fui a visitarla a su casa de la calle Montevideo 980”, contó.
Estos diarios, recién publicados por Lumen, concluyen la edición de la obra completa que esta editorial realiza de una autora esencial en la literatura hispanoamericana del último siglo, precedida por su Poesía completa y su Prosa completa, un trabajo en el que ya había participado Becciu, poeta, amiga personal y una de las estudiosas más reconocidas de Pizarnik.
“Estuvimos conversando un buen rato y en un momento dado, refiriéndose a sus diarios, dijo que había estado pensando en que le gustaría que se hiciera una selección para publicarla un día como un «diario de escritora». Esa tarde, ni remotamente pasó por mi cabeza que 30 años después me tocaría a mí ocuparme del material para su publicación”, confiesa unas líneas más abajo.
A juzgar por los resúmenes que ya había preparado con una parte de sus diarios –Pizarnik eligió los que van del 61 al 64 cuando vivió en París, una ciudad que la vio feliz y sin dinero y que la hizo amiga de Julio Cortázar y Octavio Paz– este libro hubiera sido “alejandrino a más no poder” pero hubiera “tenido poco de diario”, rescata Becciu al explicar el objetivo de la compilación.
Al trabajo que emprendió a mediados de los 60 de regreso a Buenos Aires ya lo había publicado de manera fragmentaria en la revista literaria colombiana Mito (1962), un periodo “sumamente importante”, señala la compiladora, porque revela el método de escritura y las intensiones predominantemente literarias de Alejandra como diarista.
Todo el resto de este libro tiene el valor agregado de haber permanecido inédito hasta ahora.
Uno de esos resúmenes, el de sus relaciones amorosas, tiene poca labor de reescritura aunque está muy podado, “cambió las iniciales de los nombres y trastocó muchas veces las fechas y los lugares, como si su intención hubiera sido recomponer varias historias en una, que sería la de su experiencia interior de la pasión erótica”, aclara en las páginas de presentación del libro.
De su diario: 1962, 28 de febrero “(…) Para demostrar a algo o a alguien que eres una muchacha que no cruje ni se rompe cuando la dan vuelta, bajas las escaleras soñando con la bañadera llena de sangre./ Para sufrir me basta conmigo, dices. Y no es un simple decir sino un llorar a solas detrás de la puerta cerrada”.
Becciu priorizó las versiones extractadas por su autora pero siguió teniendo en cuenta los originales que en otros casos permanecieron intactos; y al momento de elegir optó por fragmentos que cuidaran su intimidad y de personas, aún vivas, nombradas en los diarios.
Además respetó algunas faltas ortográficas características de la juventud de la diarista y sólo corrigió las que correspondían a la prisa de su escritura y a los signos ortográficos que utilizaba al modo francés.
A diferencia de los diarios de escritores que desde muy joven devoraba –Wolf, Mansfield o el de Kafka que, “abundantemente subrayado y anotado por ella (..); fue su libro de cabecera”– Pizarnik jamás concibió los propios como un relato de vida.
“Lo mejor que se me ocurre es una especie de diario dirigido a (supongamos Andrea) –escribe en el 55–. Es decir, no serían cartas ni un diario común. Podría estar dividido en dos o tres partes. Una dedicada al amor, la otra a la angustia, la tercera a mon dieu!, acá ya sería cuestión de resolverse, de elegir: o captar el mundo o rechazarlo”.
Desde que los comienza a escribir, a los 18 años, sus diarios son un espacio de experimentación del lenguaje, un lugar de aprendizaje y de trabajo por excelencia, su propio taller literario donde creará su poética, práctica y proceso de su escritura.
“¡Al diablo! Siento un libro dentro de mí. Un libro que me atraganta. Un libro que me obstruye la respiración. Y yo no permito que salga. ¡No! Pero ¿por qué?”, escribe el martes 9 de octubre del mismo año Alejandra, todavía con restos de Flora, como la llamaron sus padres cuando nació el 29 de abril de 1936, un matrimonio ruso–judío que escapó del Holocausto de Europa del Este a una casa pequeño burguesa de Avellaneda.
La noche como realización y la luz como negación de vida, el miedo, su affair y la profecía auto cumplida de la muerte, sus fobias con el cuerpo (era asmática y de niña tartamudeaba), la desesperación de su prosa y su poesía, su psicoanálisis, la mudez de los meses de mayor angustia (internada en el Pirovano hacia el final sin poder escribir) está en sus páginas.
“Noviembre (1971)/ Escribir es darle sentido al sufrimiento./ He sufrido tanto que ya me expulsaron del otro mundo./ Escribir es querer darle algún sentido a nuestro sufrimiento”, apunta.
“Que su lectura sirva para entender que la vida de Alejandra no fue una pose, que fue una escritora, que le dolió serlo, porque casi nadie podía mirarla y comprenderla y amarla tal cual era, y cuidarla, para que pudiera seguir escribiendo esos poemas que hoy son lenguaje”, se despide Becciu en el prólogo.
