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Aquiles, Maradona y los cuerpos insepultos: tres tesis para tiempos apocalípticos

El autor recuerda la Guerra de Troya y el fundante rito de la muerte, junto a la larga y trágica tradición nacional de cuerpos insepultos, como punto de vista para el velorio de Diego, "trunco porque quisieron, otra vez, al pueblo de espectador"

Mariano Dubin (*)

1. Es la historia de Aquiles y Héctor. Es el origen de toda cultura: darle un rito a la muerte. Inclusive al enemigo. Al más odiado. Al muerto en venganza. Aquiles pierde la gracia divina por ultrajar el cuerpo de Héctor y arrastrarlo por los alrededores de Troya, como perro, en venganza personal, durante días. Héctor había matado a su amigo más amado y Aquiles, ganado por su ira, fuera de todo control, luego de asesinarlo, lo ultraja públicamente. Los dioses están indignados por la ausencia de respeto a los muertos. Zeus exige la restitución del cuerpo y, finalmente, Aquiles lo devuelve a su padre, Príamo. El poema de Homero comienza con una guerra y termina en un mandato fúnebre. Una guerra, que no es otra cosa que la aventura imperialista de Agamenón, tiene un orden superior: el rito de los muertos.

No es que en las antigüedades no hubiera expolio (las tesis aristotélicas sobre la esclavitud como hecho natural o la sumisión de los pueblos bárbaros al Incario según el Inca Garcilaso nos dicen lo contrario) sino que en el triunfo global del imperialismo –ese corazón de las tinieblas que sólo no para de crecer– se cifra una verdad (científica y universal): los cuerpos son sólo cuerpos y los muertos son sólo muertos. Ningún orden superior va a detener el saqueo imperial. O dicho de otro modo: el saqueo imperial no sólo exigió matar a Dios sino, principalmente, la humanidad de los humanos. Y el cuerpo de Héctor no vuelve al padre. Y el cuerpo del negro no es esperado por Fierro para ser enterrado. Y el cuerpo tuyo, hermano, si hay que tirarlo a campo abierto se tirará. Ya los caranchos harán su trabajo. Porque ya lo dijo Kilgore: “I love the smell of napalm in the morning” (Amo el olor del napalm en la mañana).

2. αορνος en griego significa “sin pájaros”. Los antiguos griegos encontraron esa imagen para definir al infierno. El Averno. Hace algunos meses fui a visitar a un amigo que tenía un ranchito y unos animales en un campo montaraz, pero ahora vive a las orillas de Concordia en la peor pobreza. Regresamos a donde vivía. Donde hubo monte hay hoy un charco interminable de soja. No había animal alguno. Cuando volvíamos, mientras la tarde caía como quemando la soja insondable, mi amigo dijo: “¿Viste che? Ni un pájaro. Con los químicos que tiran hasta los pájaros rajaron”.

Otra vez, el desierto.

La muerte de Maradona da otra seña en este infierno y (tal vez) en este apocalipsis. No mirar este signo cosmológico es ciego: en un año de muerte y encierro murió la persona que más amamos en las últimas décadas. Quien más nos prestó su cuero para llorar, para abrazar, para reir. En un mundo que se está agotando muere la épica y la lírica. Muere el héroe. Los signos no son etéreos ni azarosos: son históricos. Ese signo, sin duda, es muy pesado para una dirigencia política a la altura del rosqueo mediático y poco del averno de la soja, el calentamiento mundial, la pérdida de recursos, la devastación de selvas y mares, la multiplicación del hambre y la desocupación.

Maradona hizo una última gambeta mágica pero nadie quiso estar a la altura de ese movimiento.

Miento: el pueblo sí. Y por eso salió a despedirlo con su épica y su lírica.

La dirigencia mezquina y oportunista no pudo más que repetir sus movimientos mecánicos y abúlicos.

3. El velorio trunco de Maradona repite la historia del cuerpo insepulto en la historia argentina. De sus líderes: Eva Perón, Juan Calfucurá, Mariano Moreno, Juan Domingo Perón, el Chacho Peñaloza, el Che Guevara. Hay dos claves. Una, política: el poder sabe que el duelo es un momento de conciencia popular. De afirmación de la memoria histórica donde una generación se abriga en el ropaje de siglos de ponchos de hambres y rebeliones. Sin ese poncho, el cuerpo de uno queda en el desierto a picotazos limpios de las aves de rapiña. Esa energía no se pierde, sin embargo. Vuelve a proliferar en el cotidiano popular pero sin síntesis políticas. En diálogos de esquina, en altanerías criollas contra la fuerza policial, en el consejo clasista, en la lucha sectorial. Pero se acaba de perder un momento de emergencia de la memoria histórica, de síntesis de luchas plebeyas, de cueros indios y criollos otra vez arrojados al margen de la historia.

El velorio es trunco porque quisieron, otra vez, al pueblo de espectador. Y en los velorios, los deudos son los actores. Y el deudo, como siempre con los héroes nacionales, es el pueblo.

(*) Universidad Pedagógica Nacional. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata

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