Argentinos y chilenos celebraron ayer el aniversario de la batalla de Chacabuco, que dio paso a la libertad de Chile, con un acto en el paso de Valle Hermoso, a 3.500 metros de altura, por donde cruzó en 1817 la columna liderada por el general San Martín.
Tras cuatro días de cabalgata en caballos y mulas, un encuentro de camaradería bilateral reunió a argentinos y chilenos frente al hito limítrofe y los bustos de San Martín y Bernardo O’Higgins, donde se cantaron ambos Himnos y hubo intercambio de regalos, junto a canciones y bailes típicos de cada lado de la Cordillera.
Organizado por el gobierno de San Juan, el contingente argentino formado por un grupo de funcionarios, gendarmes y periodistas fue encabezado por el gobernador Luis Gioja y el intendente de la ciudad de San Juan, Marcelo Lima.
También estuvieron presentes el intendente de Calingasta, Robert Garcés, y la embajadora británica en Buenos Aires, Shan Morgan, además de un cuerpo de “guasos”, equivalentes a los gauchos argentinos.
Pese al rigor del frío y el viento, a algunas caídas y otros golpes habituales, pero sin el derrumbe de ningún jinete, el tramo de cordillera cargó de emotividad al grupo, que bailó cuecas y brindó por la hazaña con vino espumante sanjunanino y pisco chileno, a pase de botellas de mano en mano.
Presidió el acto binacional la bandera del Ejército de los Andes, con el escudo apaisado con laureles a los lados, y el celeste y blanco en vertical.
Estoico en la travesía, Gioja afirmó que hacía el viaje “no por un espíritu aventurero sino por mandato del pueblo sanjuanino y argentino, de hermandad con el pueblo chileno”, y transmitió además un saludo a la presidenta Cristina Fernández.
Fue la séptima edición del cruce, en fecha que no es caprichosa: se cumple el 194º aniversario de la batalla de Chacabuco, la primera victoria de las tropas argentinas sobre las españolas del lado chileno.
San Martín planeó un cruce con seis columnas, cada una por un camino distinto, con la idea de confundir a los realistas.
Los dos grupos principales –por cantidad de armamentos y hombres y por las misiones que debían cumplir– fueron el que atravesó la cordillera por la mendocina Uspallata y el que comandó el propio general, por el valle Los Patos Sur, en San Juan.
Marcharon entonces con él unos 5.000 hombres, más de 10 mil mulas y 1.200 caballos, además de cientos de vacas destinadas al consumo por el paso de Las Llaretas.
En esta edición, aportaron las municipalidades de San Juan capital y Calingasta, Gendarmería Nacional y el Ejército. Para la ocasión hubo que refaccionar los dos refugios en los que se guarecieron los expedicionarios, Trincheras de Soler y Sardinas.
El cruce implica pasar en horas de temperaturas de más de 30 grados a otras bajo cero, soportar la falta de aire a 4.000 metros de altura, andar a lomo de caballo o de mula unos 300 kilómetros, cruzar ríos, bordear precipicios y, claro, aguantar.
La ruta a seguir es un paso casi permanente para los gendarmes que custodian las fronteras y hay dos empresas de Barreal que las venden como excursiones a turistas (la enorme mayoría extranjeros), aunque únicamente pueden hacerse en verano.
Como para dimensionar el tamaño de la proeza, el historiador Edgardo Mendoza pone el ejemplo del cruce de los Alpes –que tienen cerca de la mitad de altura que los Andes– por parte de Napoléon Bonaparte, en 1800, con dos cuerpos de su Ejército, uno de los cuales no llegó.
Pero, además, Napoléon tuvo 45 días después del cruce antes de su primera batalla con los austríacos. “San Martín tuvo 4 días, y las tropas eran muy equivalentes, muy equilibradas. En esos casos, gana el mejor conductor. Él había calculado todo y sabía que el cruce podía darse en Chacabuco”, relató Mendoza.
