Opinión

Baja histórica de la vacunación: un problema complejo que exige respuestas complejas

El doctor Leonardo Caruana señala que es necesario atender a las dimensiones técnicas, sociales, políticas y culturales que hoy convergen para erosionar uno de los pilares más sólidos de la salud pública: la vacunación. La salud pública es, dice, un proyecto colectivo por definición. Y nadie se salva solo

Opinión. Por el doctor Leonardo Caruana

La caída histórica en las tasas de vacunación y la reaparición de enfermedades que creíamos erradicadas no son hechos aislados ni fenómenos simples. Forman parte de una problemática multicausal que no puede analizarse de manera lineal. Exigen, por el contrario, comprender diversas dimensiones técnicas, sociales, políticas y culturales que hoy convergen para erosionar uno de los pilares más sólidos de la salud pública: la vacunación.

La pandemia fue un fenómeno profundamente disruptivo. No sólo tensó sistemas sanitarios ya debilitados, sino que acentuó las dificultades en el acceso a los servicios de salud. Las interrupciones en los controles, las postergaciones de consultas y el colapso de los circuitos habituales dejaron huellas que aún hoy no logramos reparar del todo.

A esto se suma un escenario político en el que el Estado nacional aparece desdibujado, especialmente en lo que refiere a cuidado y salud pública. Gobiernos que desacreditan, desfinancian o directamente desmantelan campañas de prevención no hacen más que profundizar un retroceso que será difícil revertir si no se asume su gravedad.

Paradójicamente, la vacunación es víctima de su propio éxito. Cuando una enfermedad deja de circular, la sociedad tiende a minimizar su peligrosidad. Ese relajamiento en la percepción del riesgo lleva a muchos a postergar o descartar la vacunación, sin advertir que es precisamente esa actitud la que abre la puerta a rebrotes que años atrás eran impensables.

En los últimos años proliferaron mensajes anti ciencia, anti Estado y antipolítica —amplificados por redes sociales y medios masivos— que se combinan con la falta de información clara y con decisiones sanitarias subordinadas a criterios puramente económicos. Es un caldo de cultivo perfecto para la incertidumbre y la desconfianza.

La caída progresiva de la vacunación en la última década no puede desligarse de este clima de época que desjerarquiza lo público y lo científico. Y el resultado está a la vista: enfermedades que estaban controladas o erradicadas vuelven a circular.

Desde una mirada sanitaria, también debemos repensar nuestras intervenciones. Cada contacto del sistema de salud con una familia —sea una consulta pediátrica, una urgencia menor o un control clínico— es una oportunidad para promover prevención y cuidados colectivos. Reducir la atención únicamente al motivo específico de consulta es perder chances valiosas de proteger a la población.

Vacunarse es un derecho y una responsabilidad colectiva

Las vacunas son uno de los instrumentos tecnológicos más importantes en la historia de la salud pública. Han salvado millones de vidas, especialmente en la infancia, evitando muertes evitables y mejorando de manera decisiva la calidad de vida.

En nuestro país, la vacunación es un derecho: todas las vacunas del Calendario Nacional son gratuitas y se aplican en vacunatorios, centros de salud y hospitales públicos. Sin embargo, garantizar el acceso no alcanza si no reconstruimos la confianza social en los procesos de cuidado.

Así como discutimos la crisis de representación democrática y la distancia creciente entre instituciones y ciudadanía, necesitamos hacer una autocrítica profunda en torno al proceso de vacunación. Por qué disminuyen las coberturas, qué dejamos de escuchar, cuáles son las nuevas formas en que circula la desinformación y cómo se reorganiza el vínculo social con la ciencia y la salud.

Las estrategias tradicionales —campañas masivas, mensajes unidireccionales, presencia estatal fuerte— hoy ya no son suficientes. Los discursos que circulan se insertan en un ecosistema comunicacional complejo, que requiere nuevas herramientas, nuevos lenguajes y más cercanía.

Si algo aprendimos —o deberíamos haber aprendido— es que las salidas individuales son insuficientes ante problemas colectivos. Cuando la vacunación se debilita, la comunidad entera se expone. Y lo que emerge es lo que estamos viendo hoy: el regreso de enfermedades que creíamos superadas.

En este contexto, la mirada sanitaria debe dialogar con otros campos: comunicación, tecnología, ciencia política, economía, sociología, antropología. Y sobre todo debe recuperar algo esencial: la escucha. Escuchar los miedos, las dudas, las narrativas que circulan. Sin escucha, no hay estrategia sanitaria sólida posible.

La baja de la vacunación no es solo un problema epidemiológico. Es un síntoma de un tiempo que exige reconstruir confianza, presencia estatal, cooperación entre sociedad civil, instituciones y ciudadanía. Porque la salud pública es, por definición, un proyecto colectivo. Y nadie, absolutamente nadie, se salva solo.

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