
Y apareció la mística nomás. Fiel a su estirpe copera y contra todos los pronósticos, Boca igualó 1-1 en cancha de Corinthians y firmó su pasaje a los cuartos de final de la Libertadores, donde de antemano ya esperaba el Newell’s del Tata Martino.
La jerarquía siempre presente de Juan Román Riquelme, un inteligente planteo táctico de Carlos Bianchi, sumado a una importante dosis de buena fortuna más algunos fallos bastantes polémicos del árbitro paraguayo Carlos Amarilla, le permitieron al Xeneize imponerse 2-1 en el global y dar el gran batacazo en San Pablo ante el último campeón de Amé-rica y del mundo.
Lo hecho por Boca en los primeros 45 minutos fue casi perfecto. Presionó con intensidad en todos los sectores de la can-cha, ahogó el circuito de juego de los brasileños en el medio-campo y mandó a guardar la única que tuvo. Ni bueno ni malo. Ni muy lindo o muy feo. Preciso, prolijo y eficaz. Y ayudado por el juez, claro está.
Es que antes del golazo del 10, el colegiado guaraní ignoró olímpicamente una mano clarísima de Marín dentro del área (si cobraba el penal ten-dría que haberse ido expulsado ya que estaba amonestado) y un ratito después anuló un gol legítimo de Romarinho a instancias de su asistente.
Encima, tras el offside mal cobrado Riquelme frotó la lámpara y clavó un bombazo impresionante desde lejos que enmudeció al Pacaembú.
Pero Corinthians no se iba a rendir tan fácil y ni bien arrancó el complemento puso las cosas 1-1 con un certero cabe-zazo de Paulinho.
Cansado por el gran desgaste hecho en la primera mitad, Boca se fue quedado cada vez más y le cedió la iniciativa al Timao, que empezó un asedio que duraría hasta el final del partido.
Así, Orión se convirtió en la figura y el sostén del gran triunfo xeneize en tierras brasileñas, que ya se sabe, a los equipos de Carlos Bianchi le sienta muy bien.
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